Al principio fue el final de Hugo Chávez. El anuncio de su enfermedad en 2011. No dijo qué tipo de cáncer padecía ni dio datos exactos de dónde estaba localizado o si tenía metástasis, las únicas palabras que usó para definirlo en un breve discurso —él que era tan parlanchín— fueron “tumor abscesado” y “células cancerígenas”. En enero, sin embargo, se declaró curado y listo para comenzar la campaña de las elecciones presidenciales. Aunque fue reelegido por cuarta vez, la sensación de que algo terminaba era inminente. La noche del 8 de diciembre fue el principio del final, cuando admitió la reaparición del cáncer, anunció un viaje a Cuba para someterse a otra operación y advirtió de que si alguna eventualidad lo inhabilitaba para seguir al mando, los venezolanos debían elegir a Nicolás Maduro para sucederlo.
Al principio fue el final de Hugo Chávez. El anuncio de su enfermedad en 2011. No dijo qué tipo de cáncer padecía ni dio datos exactos de dónde estaba localizado o si tenía metástasis, las únicas palabras que usó para definirlo en un breve discurso —él que era tan parlanchín— fueron “tumor abscesado” y “células cancerígenas”. En enero, sin embargo, se declaró curado y listo para comenzar la campaña de las elecciones presidenciales. Aunque fue reelegido por cuarta vez, la sensación de que algo terminaba era inminente. La noche del 8 de diciembre fue el principio del final, cuando admitió la reaparición del cáncer, anunció un viaje a Cuba para someterse a otra operación y advirtió de que si alguna eventualidad lo inhabilitaba para seguir al mando, los venezolanos debían elegir a Nicolás Maduro para sucederlo. Seguir leyendo
Al principio fue el final de Hugo Chávez. El anuncio de su enfermedad en 2011. No dijo qué tipo de cáncer padecía ni dio datos exactos de dónde estaba localizado o si tenía metástasis, las únicas palabras que usó para definirlo en un breve discurso —él que era tan parlanchín— fueron “tumor abscesado” y “células cancerígenas”. En enero, sin embargo, se declaró curado y listo para comenzar la campaña de las elecciones presidenciales. Aunque fue reelegido por cuarta vez, la sensación de que algo terminaba era inminente. La noche del 8 de diciembre fue el principio del final, cuando admitió la reaparición del cáncer, anunció un viaje a Cuba para someterse a otra operación y advirtió de que si alguna eventualidad lo inhabilitaba para seguir al mando, los venezolanos debían elegir a Nicolás Maduro para sucederlo.
Desde ese momento, dentro y fuera del país comenzaron a cuestionar si el entonces vicepresidente podría continuar con el chavismo sin Chávez. En esos años muchos periodistas viajaron a Venezuela para responder esa pregunta.
William Neuman llegó a principios de 2012 como corresponsal de The New York Times para la región andina. Vivó allí hasta 2017. Luego volvió en 2018 y en 2019, cuando ya había comenzado a escribir su libro de crónicas que publicó tres años después: Things Are Never So Bad That they Can’t Get Worse: Inside the Collapse of Venezuela (St Martin’s Press, 2022), traducido al castellano como: Todo se puede poner peor (Editorial Dahbar, 2023). El título alude a unas declaraciones que dio en 2019 Elías Jagua, quien fuera vicepresidente de Chávez. Y, en efecto, lo que narra es cómo las cosas se ponen peor en Venezuela bajo el gobierno de Maduro.
Jon Lee Anderson texto ofrece una mirada descarnada a los fracasos del chavismo, meses antes de que muriera Chávez. Esa es la Venezuela que hereda Maduro y su legado será llevarla a peor
En enero de 2013, Jon Lee Anderson publicó en la revista The New Yorker la crónica ‘El señor de la miseria’, donde se refiere a la ocupación de un mastodóntico edificio de Caracas conocido como la Torre de David, un ambicioso rascacielos cuya construcción se paralizó con la crisis bancaria de 1994, cuando desapareció el grupo financiero Confinanzas al que serviría de sede. Hoy es un armatoste de concreto sin paredes lleno de “ranchos”, las casas precarias de bloques de ladrillo que cubren las laderas del valle de Caracas. Lee Anderson entrevista al malandro El Niño Daza, el líder de los invasores que vende acceso al edificio y permisos para ocuparlo. El texto ofrece una mirada descarnada a los fracasos del chavismo, meses antes de que muriera Chávez. Esa es la Venezuela que hereda Maduro y su legado será llevarla a peor.

El reportaje es uno de los cinco textos, entre crónicas, artículos de opinión y obituarios escritos entre los años 2011 y 2019 que el periodista estadounidense dedica a Venezuela en Los años de la espiral: Crónicas de América Latina (Sexto Piso, 2020). El planteamiento del libro es que en la segunda década del siglo XXI, la “marea rosa” de los gobiernos de izquierda en la región que se inició con la centuria desaparecía bajo el peso de los escándalos de corrupción, la tendencia al populismo autoritario y la militarización. En ‘La revolución acelerada de Nicolás Maduro’ ilustra el viraje a la violencia de estado del heredero de Chávez, cuando en 2016 reprimió las manifestaciones populares con gas lacrimógeno y hasta tiros. Las protestas habían comenzado como rechazo a la pretensión de dirigir la Asamblea Nacional, de mayoría opositora, que entonces expresó la Corte Suprema de Justicia, dirigida por chavistas; luego, los manifestantes fueron contra todo lo que estaba mal: la inflación, la escasez de medicinas, la falta de alimentos… Se trata de uno de los pocos perfiles sobre Maduro que existen, ahora de mucho valor porque muestra la relación “lo suficientemente cercana como para ser casi familiar” que tenía con los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez.
Las manifestaciones se extendieron durante meses y entre el 1 de abril y el 15 de agosto de 2017 se hicieron más encarnizadas. En Sangre y asfalto (Editorial Kalathos, 2020), Carol Prunhuber relata el pulso de las calles en la ciudad de Caracas durante esos 135 días, que terminaron con miles heridos o encarcelados y más de 150 muertos, la gran mayoría estudiantes. La periodista venezolana residenciada en Francia es especialista en el problema kurdo y observó muchos paralelismos entre el gobierno de Maduro y la represión del ayatolá Jomeini. Desde los ochenta, cuando comenzó a trabajar en el tema comprendió que el hambre y la pobreza de los kurdos era una estrategia de sus opresores: el objetivo era reducirlos a “una población acosada, reprimida y sometida a la penuria económica, que es una manera de controlar a la población y obligarla a emigrar”. Lo mismo vio en su país, por eso su libro presenta numerosos testimonios de quienes participaron en esas manifestaciones, con el ánimo de dar voz a quienes quizá ya no tengan.
La situación política de este país en el contexto de la región es también la preocupación que llevó al argentino José Natanson a escribir Venezuela: Ensayo sobre la descomposición (Debate, 2025), donde rehúye de la crónica por parecerle que no capta la densidad de la tragedia. En 2007, Natanson publicó un libro que puede verse como antecedente a este: La nueva izquierda, en donde hace perfiles de los presidentes Chávez, Lula da Silva, Evo Morales, Néstor Kirchner y Rafael Correa. En el nuevo libro analiza la descomposición desde tres variables. La primera es la crisis económica que se profundizó con la caída de los precios del petróleo; sin embargo, acepta que antes, la ola de estatizaciones de 2006 había llevado a la caída de la producción en casi todos los rubros. La segunda es política: el fracaso de la democratización. Para Natanson, Venezuela deja de ser una democracia cuando Maduro suprimió de facto el resultado de las elecciones legislativas de 2015.
La tercera variable describe el paso del chavismo de considerarse faro de la izquierda a su vergüenza. “Es fácil comprobar que a la ilusión inicial que despertó Chávez en la izquierda regional le siguió una etapa de desconcierto y, finalmente, cierto vacío, como si todos intuyeran que en Venezuela pasan cosas, pero nadie sabe exactamente qué”, escribe: “Punto ciego del progresismo latinoamericano, que se acostumbró a lidiar con Cuba, pero no con esta criatura indescifrable que es el chavismo, tengo la sensación de que hoy la izquierda no sabe bien qué hacer con Venezuela, en qué lugar de la góndola ubicarla”. El análisis de la debacle es más doloroso cuando se articula desde la desilusión.
El océano sin nostalgia
Una imagen golpea al lector de Todo se puede poner peor en la crónica que sirve de prólogo. Aunque se titula ‘Mene Grande’ no trata precisamente del pozo petrolero, el primero en perforado en Venezuela. Neuman lo visita en 2014, cuando se cumple un siglo de que comenzara su actividad. Le interesa, sin embargo, el barrio paupérrimo que está justo detrás del pozo, donde el petróleo está tan cerca de la superficie que en sus caminos de tierra se hacen charcos negros. Una mujer muy flaca y avejentada llama su atención. Aunque vive en un rancho de metal corrugado, declara estar de maravilla y, cuando Neuman le pregunta sobre Chávez, contesta que es su comandante y que Maduro es el hijo de Chávez.
La escena habla con elocuencia sobre la tragedia de Venezuela.

Porque esa imagen es una paradoja. Y es cierta. El periodista venezolano Rafael Osío Cabrices utiliza un recurso similar para dar contexto a Venezuela: Memorias de un futuro perdido (Catarata, 2024) donde se pregunta por qué el país con las mayores reservas de petróleo del mundo sufre una emergencia humanitaria.
Según la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), las reservas probadas de Venezuela son unos 300.000 barriles y, sin embargo, uno de cada cuatro nacidos allí ha decidido irse en los últimos 13 años; cifra que asciende a unos 7,7 millones de venezolanos —alrededor de 600.000 viven en España—. La diáspora es una de las imágenes terribles de cómo en tiempos de Maduro las cosas se pusieron peor, pero no es la única: más difícil la tienen quienes viven allá, pues son víctimas directas de la peligrosa combinación de tres variables: por un lado, la escasez y carestía de alimentos, de medicinas y de insumos esenciales; por el otro, el colapso de todos los servicios públicos y, finalmente, la violencia generalizada en un contexto autoritario. Según los expertos de Human Rights Watch y de la Universidad Johns Hopkins se trata de una ”emergencia humanitaria compleja». Para Osío Cabrices son “las plagas bíblicas, pero con mosquitos transmisores de paludismo en vez de langostas y redes sociales en lugar de la voz retumbante de Yahvé”.
Memorias de un futuro perdido está escrito para quienes saben poco de Venezuela y quieren comprender las razones del colapso. Su autor habla como si se dirigiera a un amigo, incluso se preocupa por tomar referencias de la cultura popular —en especial del cine, las series y los videojuegos—. Su perspectiva es doblemente interesante. Por un lado, tiene acceso a datos actualizados pues es editor de Caracas Chronicles, un medio digital independiente de noticias sobre Venezuela, publicado en inglés; por el otro, pertenece a la última generación que se crio en un país que todavía se consideraba una democracia moderna. Su mirada, sin embargo, no es nostálgica. Define a Venezuela como “una república que se había abandonado en parte a sí misma, que nunca había logrado ser transparente, equitativa ni honrada, [razón por la cual] fue colonizada, desarmada desde adentro, vaciada de sentido y finalmente desplazada por un populismo armado que al final la mató”.
La diáspora es una de las imágenes terribles de cómo en tiempos de Maduro las cosas se pusieron peor, pero no es la única: más difícil la tienen quienes viven allá
Comparte la perspectiva pesimista con su compatriota, el investigador Carlos Lizarralde, para quien Venezuela durante gran parte de su historia fue pobre en recursos, sufrió profundas divisiones raciales y continúa enferma de violencia latente. Solo durante una “burbuja de prosperidad” en la segunda mitad de siglo pasado ese país problemático se creyó el espejismo de ser una democracia moderna. “El país que conocí de niño se autodestruyó”, afirma en Venezuela’s Collapse: The Long Story of How Things Fell Apart (Codex Novellus, 2024). La tachadura en el título de su traducción al castellano, La gran Venezuela: La larga historia de cómo se desmoronó todo (Editorial Dahbar, 2025), señala la paradoja venezolana, el proyecto hasta ahora fallido de lograr una sociedad próspera y equitativa que, además, dure en el tiempo. Se trata de la misma estrategia que usa Gayatri Spivak en el prefacio a su traducción al inglés de De la grammatologie, de Jacques Derrida: escribe una palabra y tacha. La palabra se tacha porque es inexacta; pero como es necesaria, permanece bajo la tachadura.
Lejos de ser una concesión a la nostalgia, la cita del párrafo anterior es el fundamento metodológico de La larga historia de cómo se desmoronó todo. Para responder por qué se autodestruyó Venezuela, Lizarralde busca respuestas donde están los puntos ciegos de los demás investigadores: en las condiciones de vida de la gente a través del tiempo; las opciones y oportunidades que tuvieron unos y faltaron a otros, así como las narrativas políticas que interpretaron esas realidades y dieron forma a la vida cotidiana. El libro rastrea la influencia de las tensiones étnicas en la historia del país para demostrar que la longevidad del chavismo se debe a su capacidad de explotarlas.
En la versión en castellano, Lizarralde incluye una larga postdata en donde se refiere a la situación después de que el gobierno desconociera los resultados de las elecciones presidenciales de julio de 2024. Se pregunta allí si María Corina Machado propone una política posracial, al tiempo que analiza su ascenso de líder marginada de la oposición hasta aglutinar las simpatías de una abrumadora mayoría de la población. La clave: un mensaje simple, centrado en la familia, que aprovecha el giro religioso-católico que la sociedad ha tomado ante la tragedia e invoca el fuerte impacto de la diáspora en el imaginario: “Nuestros hijos volverán a casa”.
Los autores de estos libros viven fuera de Venezuela. Viajaron allí entre 2009 y 2018 para recabar fuentes vivas. La Ley contra el Odio, por la Convivencia Pacífica y la Tolerancia, sancionada en 2017, dificultaría un trabajo semejante ahora porque permite a las autoridades revisar los móviles y llevar preso al que critique al gobierno, bajo la acusación de instigar el odio. Entre 2018 y 2022, esta ley se usó en al menos 70 casos registrados por la Universidad Católica Andrés Bello. La pandemia de la Covid-19 sumó motivos para extender la limitación sobre la circulación de las informaciones y desde entonces es aún más difícil el trabajo de narrar tan compleja realidad, algo que saben bien los periodistas que hacen su oficio en el terreno.
De los días de la pandemia, Pedro Plaza Salvati nos trae una inesperada colección de 11 crónicas, La vida interrumpida (Catarata, 2025). Vive en España, pero la casualidad o el hado lo llevaron de visita a Venezuela poco antes de que comenzaran los confinamientos forzosos. Impedido salir de Caracas, se dedicó a recorrerla a pie. En el libro lo narra. Encuentra en sus largas caminatas a locos con serruchos que persiguen a gente entre los superbloques; atraviesa la ciudad desierta por donde solo él y militares con armas alzadas se atreven a deambular, y se topa de frente con un centro de tortura ubicado en una antigua oficina del Metro de Caracas. Aunque nadie se le acerca, lleva la mascarilla puesta. Lo hace por precaución. No se tapa la boca para conservar la salud; se tapa la boca para conservar la vida.
Michelle Roche Rodríguez, escritora venezolana, autora de la novela Malasangre (Anagrama)

Carlos Lizarralde
Dahbar, 2025
409 páginas, 11,72 euros

José Natanson
Debate, 2025
192 páginas, 17,90 euros

Pedro Plaza Salvati
Prólogo de Antonio Muñoz Molina
Libros de la Catarata, 2025
192 páginas, 18 euros

Rafael Osío Cabrices
Libros de la Catarata, 2024
192 páginas, 17 euros

William Neuman
Traducción de Sandra Caula
Dahbar, 2023
374 páginas, 22,06 euros

Carol Prunhuber
Kalathos, 2020
440 páginas, 13,50 euros
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