Federico Bianchini: “Como los cortes de pelo de moda, evito las tendencias literarias”

En 2014, el periodista y escritor Federico Bianchini (Buenos Aires, 1982) viajó a la Antártida para escribir un reportaje, pero el mal tiempo le obligó a alargar su estancia de diez a 25 días. De aquel imprevisto surgió Antártida. 25 días encerrado en el hielo (Libros del K.O.), una crónica sobre avances científicos, aventura y aislamiento radical.

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 En 2014, el periodista y escritor Federico Bianchini (Buenos Aires, 1982) viajó a la Antártida para escribir un reportaje, pero el mal tiempo le obligó a alargar su estancia de diez a 25 días. De aquel imprevisto surgió Antártida. 25 días encerrado en el hielo (Libros del K.O.), una crónica sobre avances científicos, aventura y aislamiento radical. Seguir leyendo  

En 2014, el periodista y escritor Federico Bianchini (Buenos Aires, 1982) viajó a la Antártida para escribir un reportaje, pero el mal tiempo le obligó a alargar su estancia de diez a 25 días. De aquel imprevisto surgió Antártida. 25 días encerrado en el hielo (Libros del K.O.), una crónica sobre avances científicos, aventura y aislamiento radical.

¿Qué fue lo primero que pensó cuando supo que debía prolongar su estancia en la Antártida? “Voy a tener más tiempo para entrevistar gente”. Apenas llegar me habían dicho que sólo me podría quedar 48 horas. En las primeras postergaciones me puse contento. Luego de la cuarta, la alegría se transformó en una mezcla de tedio y angustia. Cuando en el desayuno me crucé con un hombre que hacía un año y dos meses que estaba allí y todavía no conocía a su hijo de un año, relativicé mis emociones.

Sin usar los adjetivos blanco, inhóspito ni frío, ¿cómo describiría aquel lugar? Cuando yo era chico, mi abuelo me contaba la historia de un amigo suyo que había ido a la Antártida. El hombre le decía que, si bien podía contarle muchas cosas, no podía describir los paisajes; le faltaban palabras para tanta belleza. Creo que ese es el desafío: encontrarme con la imposibilidad de narrar un paisaje y ver cómo resolverlo transformaron el viaje a la Antártida en un objetivo personal y secreto. La beca que me gané, el libro que publiqué, la obra de teatro que escribí a partir de la experiencia fueron cosas que sucedieron después: ver ese lugar me hubiera bastado. Después de llegar pude confirmar lo que me contaba mi abuelo: los paisajes eran imposibles.

¿Qué tres libros han alimentado su obsesión por la Antártida? Solaris, de Stanislaw Lem (por el modo de describir paisajes indescriptibles). Los diarios de Robert Falcon Scott y Roald Amundsen (por la épica de sus acciones cotidianas en la Antártida).

¿Qué libro ha leído más veces? Glosa, de Juan José Saer.

¿Cuál le convirtió en lector? El Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas.

¿Y en escritor? Quizás, el mismo. Aunque creo que a uno no lo convierte en escritor un libro sino las sensaciones que lo van impactando durante una lectura. Pienso en la bronca que sentí cuando a Edmundo Dantés lo traicionan, lo engañan y lo encarcelan. En la satisfacción que me dio ver consumada su venganza. Descubrí, frente a esas letras, que de algún modo lejano pero real yo estaba viviendo esas peripecias. Y me pregunté cómo alguien había podido conseguir que frente a un código impreso mi cuerpo reaccionara. ¿Por qué yo no podía hacer eso? Como decía Segismundo en La vida es sueño: “Pues si los demás nacieron, / ¿qué privilegios tuvieron / que yo no gocé jamás?”.

¿El que tiene abierto en la mesilla de noche? Mi mesilla de noche está abarrotada de libros a los que vuelvo. Los abro y releo fragmentos: El oficio de vivir (Pavese), Las pequeñas virtudes (Ginzburg), La traducción del mundo (Vásquez), El barón rampante (Calvino) y otros que quedaron más abajo y no abro desde hace mucho.

¿Y cuál ha regalado con más frecuencia? Claus y Lucas, de Agota Kristof.

¿Qué libro no ha podido terminar? Todos los que no me encandilaron en las primeras 30 o 40 páginas.

¿Qué autor/a está injustamente olvidado? Autoras hay muchísimas: algunas como Elena Garro, que fue intencionalmente oculta, y otras que ni siquiera llegaremos a conocer. De los que fueron reconocidos en su momento: Vasco Pratolini, George Duhamel (el personaje de Louis Salavin es exquisito) y Pär Lagerkvist, que tiene unas novelas breves deliciosas.

¿Dónde sintoniza con las tendencias literarias? Como los cortes de pelo que se ponen de moda, prefiero evitarlas.

¿Qué película ha visto más veces? Melancholia, de Lars Von Trier.

¿Cuál es la última serie que vio del tirón? Los años nuevos (aunque parezca un poco anacrónico, se acaba de estrenar en plataformas sudamericanas).

Si tuviese que usar una canción o una pieza musical como autorretrato, ¿cuál sería? Nightswimming, de R.E.M.

¿Qué canción suena en bucle ahora mismo en su cabeza? Ésa, pero porque la acaban de invocar ustedes (estas dos preguntas no deberían ir contiguas).

¿En qué museo se quedaría a vivir? Durante un período de tiempo limitado, en uno que me contratara como obra viviente y dispusiera una instalación, confortable, para poder escribir.

¿Qué suceso histórico admira más? No suelo admirar sucesos históricos.

¿Qué encargo no aceptaría jamás? Cualquier tipo de sicariato.

¿Qué está socialmente sobrevalorado? El miedo al frío antártico. En la Antártida, el frío se disfruta. No es como en Buenos Aires o en Madrid que uno sale a pasear y en cuestión de horas la temperatura baja diez grados. Allí, uno sabe que hace frío y se viste en consecuencia.

De no dedicarse a la escritura le habría gustado ser… Actor. Aunque, entre muchas otras cosas, eso lo descubrí después de viajar a la Antártida. En pandemia, una directora de teatro me propuso hacer la adaptación del libro. La hicimos y ganamos un concurso del Complejo Teatral de Buenos Aires y de un banco: el premio era plata para montarla. “Quiero que actúes”, me dijo. “¿Por qué no contratar a alguien que sepa?”, respondí yo. “Me interesa el juego de la ficción y la no ficción”, dijo ella. Me convenció y descubrí un mundo inimaginado: la adrenalina del escenario, la dinámica con los actores y las actrices, la interacción con el público, la diferencia abismal entre función y función. Fue una experiencia que disfruté muchísimo.

 EL PAÍS

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