Eduardo Mendoza: “España está menos crispada que en las tertulias televisivas y en las columnas de los epígonos de Umbral”

El mejor mostacho de las letras españolas cita en un restaurante del Ensanche barcelonés. Llega pronto. Detrás de ese bigote asoma la sonrisa de Eduardo Mendoza. Es una sonrisa tímida, elegante y sobre todo irónica, como su literatura.

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 El mejor mostacho de las letras españolas cita en un restaurante del Ensanche barcelonés. Llega pronto. Detrás de ese bigote asoma la sonrisa de Eduardo Mendoza. Es una sonrisa tímida, elegante y sobre todo irónica, como su literatura. Seguir leyendo  

El mejor mostacho de las letras españolas cita en un restaurante del Ensanche barcelonés. Llega pronto. Detrás de ese bigote asoma la sonrisa de Eduardo Mendoza. Es una sonrisa tímida, elegante y sobre todo irónica, como su literatura.

“No empieces un libro si el resultado no es incierto”, le dijo una vez Juan Benet a un joven Mendoza. No empieces una entrevista si el resultado no es incierto:

—¿No está por aquí su primer colegio, las monjas del Loreto?

—Justo ahí. Qué desastre: rezar, leer y escribir desde los tres años. Al menos las monjas no pegaban. Después fui a los Maristas: allí sí que sacudían bien.

—De los maristas salió usted anarquista, trotskista y existencialista. “Llevaba el pelo revuelto y lucía un fiero bigote”, ha dicho alguna vez. “Era ignorante, inexperto y pretencioso”, se describía con el látigo de seda del autorreproche. El bigote sigue ahí.

—Un tonto. Quiero pensar que fui perdiendo la tontería y todos esos carnés por el camino, y sin embargo no he renunciado a los principios de aquella época. Hice un par de viajes por el Este para ver el comunismo. Aquello no era una novela de John Le Carré, pero había educación y sanidad, nadie pasaba hambre ni frío, tenían jardines y teatros. En fin, los ideales: yo estaba equivocado, pero no completamente equivocado. Hoy no es que vea muchos ideales en nuestro desorden. Y nunca he renunciado a cierta mirada: no soy un converso, como alguno de mi generación.

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“Desde niño siempre había querido escribir, que no es lo mismo que ser escritor. Tengo un amigo a quien le gustaba el fútbol; se hizo cronista deportivo y acabó aborreciéndolo. Eso pasa cuando lo que te encanta empieza a coger un barniz profesional, con sus deberes y obligaciones”. Mendoza habla igual que escribe: escucharle le limpia a uno la mirada.

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Después de las monjas y los maristas estudia derecho en Barcelona y sociología en Londres. Trabaja unos años en una asesoría jurídica y acaba como traductor e intérprete en Naciones Unidas.

—Los intérpretes tienen algo en común con los curas y los periodistas: saben guardar secretos.

—Pero eso fue por azar, por un anuncio en el periódico, no porque yo supiera guardar secretos; a eso aprendí después.

El sintagma “por azar” aparecerá media docena de veces en esta conversación; en su boca recuerda a un personaje de Moby Dick: “No sé muy bien lo que me espera, pero iré hacia eso riendo”.

Se instala en el número 2 de la calle Horatio, en Greenwich Village, una casa que después heredaría Oliver Sacks. No muy lejos de allí había entonces una librería que ha desaparecido, Murder Ink, con un ala dedicada a la novela negra, que asoma de una extraña manera (picaresco-policiaca) en una parte de su obra. “Me fui rebotado: yo quería ir a Ginebra. Nueva York era entonces una ciudad sórdida, oscura, sucia. El clima era horroroso. Había montañas de basura en las calles. El metro era una aventura: había navajeros, borrachos, drogadictos. Aquello me encantó”. “Ahora vuelvo y es otra cosa: más bonita, tomada por los turistas”. “Pues ya no me gusta”, remacha.

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En Manhattan termina La verdad sobre el caso Savolta, su debut literario.

—Esa novela se pasó dos años en el cajón de su editorial.

—Tenía menos de 30 años y quería meterlo todo ahí. Afortunadamente me la rechazaron una y otra vez.

—¿Por qué?

—Porque era muy imperfecta, una cosa un poco estrambótica. Con cada rechazo venían unos comentarios: mi acierto fue admitir que daban en el clavo. La reescribí. La equilibré.

—Y se la mandó a su amigo Pere Gimferrer, en Barral.

—La aceptó y sí, se quedó un par de años en barbecho porque entonces editar un libro era una apuesta, una inversión, una expedición al horizonte. Yo era un desconocido y aquello era un mamotreto de 500 páginas que iba a contracorriente: en ese momento funcionaba la literatura experimental, el formalismo de Benet y compañía, y estábamos en pleno boom latinoamericano. Tuve una potra impresionante: ese libro vio la luz en el momento justo, en Sant Jordi de 1975. Aquel día se vendieron 19 ejemplares: mi hermana los debe tener casi todos. Fernando Savater acababa de publicar La infancia recuperada. Había ganas de cambio, de una narrativa distinta, menos envarada. García Hortelano publicó una crítica magnífica en Cambio 16: esto es lo que hay que leer este verano, decía.

—Y entonces llega el éxito.

—Por casualidad. Y por sorpresa. Yo estaba muy lejos, en Nueva York. Un día fui al banco porque quería a invitar a comer a unos amigos con el dinero de ese libro. En la ventanilla me dijeron que para transportar el dinero necesitaría una carretilla. Qué disparate.

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“Eran días de irresponsable plenitud, de felicidad imperceptible”, arranca esa novela. Cincuenta y un años después, el escritor acaba de publicar La intriga del funeral inconveniente. Termina así: “Y de este modo acabó la ceremonia. Y yo el recuento de este sorprendente caso”. Parece un punto y final, pero Mendoza ya anunció su adiós hace un par de libros, y sigue en la brecha. Como Serrat y Sabina, pero con su mostacho.

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El taquillazo de Savolta le bloquea. Mendoza está esbozando La ciudad de los prodigios, pero el éxito lo paraliza. Mete ese proyecto en el cajón y se pone a escribir un divertimento, El misterio de la cripta embrujada. Da con una veta de oro: el humor, núcleo central de su creatividad novelesca, gloriosamente turulata. El gusto por las historias con una atmósfera que carece de solemnidad. Con esa ironía distante pero nunca banal, tocada con un escepticismo risueño. Buscando la claridad, la musicalidad, la elegancia. Y con un don natural para el delirio con sentido, para la extravagancia serena. Hay una segunda veta de oro en esa novela que escribe enfebrecido, en unos días: ahí nace un detective sin nombre, mitad pícaro mitad antihéroe de novela negra, un poco loco y un poco realista, como Quijote y Sancho, incluso un poco melancólico, como un héroe kafkiano. Ese personaje reaparece en La intriga del funeral inconveniente, su nuevo libro. Es la sexta vez que lo saca a bailar.

Solo después de esa curva en el camino que es siempre un segundo libro terminará La ciudad de los prodigios, tal vez la gran novela sobre Barcelona. A partir de entonces el éxito es un cuesta abajo y sin frenos.

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Éxito equivale a vanidad: “La vanidad es el enemigo: una forma de llegar a necio dando un rodeo”, sostiene Mendoza, uno de esos raros escritores que le echan sus laureles al estofado. Javier Cercas dice que lo que más le gusta de él “es que no se da ninguna importancia”. Uno de sus biógrafos, Llàtzer Moix, coincide: “Está blindado contra las estupideces del ego”.

—¿Cómo se mantiene a raya la vanidad con ese exitazo de Savolta, y aún medio siglo después?

—Sería muy vanidoso si dijera que no tengo vanidad. Celebro mis goles literarios: me lo merezco, me digo. Me encanta que me den premios y que les pongan fajas a mis libros anunciando miles de ejemplares vendidos. Pero he sido un buen lector, y leer a los grandes me ha hecho consciente de mis limitaciones. Me ha vacunado contra la posibilidad de cometer algunos desastres. A la vez quizá me haya impedido lanzarme hacia proyectos más ambiciosos.

—La famosa Historia de la Literatura.

—Antes creía que de ninguna manera iba a tener un pie de página en la dichosa Historia de la Literatura. Ahora quiero creer que a lo mejor sí. Por mis novelas más frugales, no por otras cosas más serias. Por ciertas tonterías. No me digas que no tiene guasa.

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La crítica y la academia distinguen entre las novelas serias de Mendoza (la citada Savolta, en un español deslumbrante, la muy gamberra La ciudad de los prodigios o Mauricio o las elecciones primarias, donde confiesa sin confesar cierto desencanto con la socialdemocracia sin renunciar a ella) y lo que él llama “tonterías”, como El laberinto de las aceitunas, Sin noticias de Gurb y tantas otras, como esta última entrega que lo trae a Babelia. La paradoja es que las novelas serias contienen dosis de descacharrante humor, y las supuestas fruslerías hablan de lucha de clases, de crítica social. La mezcla de géneros es una constante: nueva narrativa, lo llamaron.

—¿Literatura de verbena?

—Literatura de la casualidad. De la generación previa a la mía, los escritores que más me interesan se van al exilio. Se quedan los experimentales, a quienes admiro a pesar de que, ya lo siento, no me gustan. Yo no puedo escribir dos páginas sin puntos ni comas: a las cuatro palabras se me cae de la pluma un signo de puntuación. En ese ambiente cargado de nietos de Galdós e imitadores de Valle-Inclán aparecimos varios autores con propuestas refrescantes. Había que vaciar la piscina y volverla a llenar con agua limpia, supongo.

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En toda su obra hay, además de mucho humor y de crítica social, una sentimentalidad mate, casi avergonzada. Vamos a pincharle por ahí.

—En este último libro dice que enamorarse es una decisión no exenta de peligros. “Los audaces se enamoran dos o tres veces. Los prudentes se enamoran una vez. Los timoratos, ninguna”. ¿Mendoza es audaz, prudente o timorato?

—Hay una cuarta categoría: los tontos nos enamoramos más de tres veces, en ocasiones el mismo día.

—¿Esconde en su obra los sentimientos entre el desparpajo de la comicidad?

—Tal vez por pudor. Soy tímido. No me importa serlo. Lo que me preocuparía es ser un reprimido, eso nunca.

Dice Javier Pérez Andújar que Mendoza es un tipo serio; cuando se ríe te está dando la razón. En estas dos respuestas, y en alguna otra, asoma una sonrisa fresca.

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Cuando le dieron el Cervantes empezó el discurso con un suspiro: los nervios. Cuando el Princesa Sofía se le veía muy tranquilo. No hay manera de encontrar un vídeo de la entrega del Planeta.

—¿No son demasiados premios para ser tan tímido?

—Sin duda. A los jurados españoles les falta imaginación: me llaman porque no se les ocurre nadie más. Pero en este premio de un millón de euros tan polémico [de Aena] ni siquiera fui preseleccionado, y los candidatos eran excelentes.

—Cuando recoge el Cervantes describe al Quijote como su modelo: recorrer mundo, tener amores imposibles y desfacer entuertos. ¿Ese es también usted?

—Modestamente, tal vez en lo de recorrer mundo. Y un poco en lo de los amores imposibles. Pero me he metido en muchos más líos de los que he solucionado.

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Cercas no parece muy de acuerdo. “Tiende a ponerse de perfil cuando vienen curvas. Por eso le quiere todo el mundo”, incluido el propio Cercas. El periodista propone una especie de prueba del algodón:

—Recomienda usted el último libro de David Uclés: la crítica no ha sido precisamente amable con él.

—No, no. Le escribí un mensaje cordial, nada más.

—Se ha liado un buen tantarantán entre Uclés y Pérez-Reverte. Roberto Bolaño comparaba a Pérez-Reverte con Isabel Allende y decía que era increíble que él ingresara en la Academia y usted no.

—Reverte no es un estilista, pero es un gran narrador.

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“Esa forma de dejar caer las réplicas como si las empujara levemente con el dedo”, anota el periodista en su cuaderno. La sensación de que sus libros salen de esa misma manera.

En la obra de Mendoza hay un puñado de vigas maestras. Una de ellas es el humor, la utilización de la ironía templada como rasgo de elegancia. Otra es Barcelona, por supuesto. Hay una cierta dimensión civil: hay una política (o casi mejor incorrección política) mendocina. Y mucho periodismo: hay un joven periodista, algo patoso, en su última entrega.

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Escribir es tirar tabiques, sembrar la duda, afilar el cuchillo. Pero escribir es también un truco de magia cascabelero. Tragedia y comedia, como un Jano bifronte: Mendoza le ha dado lustre al humor en un país que tiende a la tragedia.

—¿De dónde procede ese humor?

—De la novela picaresca y los franceses del XVIII. Todo nace en Cervantes, pero después en España la novela se empachó de dramatismo. El humor se refugió en el teatro. Yo iba mucho al teatro: mi padre me llevaba a ver aquellos mihuras tan ingeniosos. Ahí hay historias luminosas, diálogos descacharrantes. La alta literatura tiene más graduación alcohólica: Dostoievski, Proust, Joyce, Kafka. Pero el humor atrae a los lectores. Como en el cine mudo: los críticos aman El nacimiento de una nación, pero el público adora La quimera del oro, El maquinista de la general. Mucho arte y ensayo, pero nos acordamos de Chaplin, de Harold Lloyd colgado del reloj. ¡De Buster Keaton!

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“El mundo se desmorona y los barceloneses pasan de todo”, escribe Mendoza en La intriga del funeral inconveniente. “La Barcelona en la que yo crecí era una ciudad secundaria, marginal, sin atractivo: los turistas pasaban de largo hacia Sevilla. Al Palau de la Música no iba nadie. En el último piso de la Casa Batlló hacían análisis de sangre. La ciudad le daba la espalda al mar. Luego Barcelona se puso guapa, eso es un orgullo y un negocio tremendo. Pero nos han expulsado a los barceloneses. Nos han jodido bien”.

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—Se confiesa “aterrorizado y descontento de cómo funciona el mundo”. Es curioso porque sus primeros libros muestran un país que está floreciendo; después hay una especie de desencanto, y su literatura acaba teniendo un punto más amargo en su faceta más política.

—No soy de los que piensan que la Transición fue un desastre. Había unos cuantos futuros posibles, y la cosa salió razonablemente bien, a pesar de que escondimos algún que otro esqueleto en el armario y al final los esqueletos acaban apareciendo. Después llegó el arribismo, el pelotazo. Así es la naturaleza humana. ¿Pudimos hacerlo mejor? Desde luego, pero ¿comparado con quién?

—El pesimismo es lógico con la que está cayendo, pero ¿no hay un exceso de pesimismo?

—Siempre es así. En la Guerra Fría hubo momentos en los que recorrimos el filo del abismo. Y ahora quienes han atacado Irán no han leído a Procopio de Cesarea: no saben lo que es meterse con los persas.

—¿Y España?

—Hay un ruido extraño, concentrado en Madrid. Fuera de Madrid las cosas están menos tensas. Hubo brotes de chaladura con el procés, pero Sánchez e Illa han convertido Cataluña en una balsa de aceite. Y España está menos crispada que esas tertulias televisivas, tiene menos furia que las columnas que escriben los epígonos de los epígonos de Umbral. Sí hay una generación a la que se le ha hurtado un proyecto de vida con tanta crisis. El auge de la extrema derecha se explica por eso. Tenemos que agradecerle al PP que fuera de Madrid haya rebajado el ruido en Andalucía, en Aragón. Yo ahí veo más serenidad. Lo de Madrid es loco.

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“La prensa en papel está acabada”, asegura uno de los personajes del Funeral inconveniente; eso ya lo dijo Juan Luis Cebrián en 2016. “En dos, en tres, en cinco años”, vaticinó el primer director de este periódico. Van 10 y Babelia sigue imprimiéndose.

—Cuénteme su relación con los periódicos.

—Creo en esos artefactos que son los diarios para estar informado, como creadores de opinión. Y creo que los periodistas son esenciales para la salud de la democracia, más ahora que la democracia renquea.

—Para gustarle tanto, duró poco como columnista.

—Me horroriza la presión de los plazos y los espacios. Yo era muy amigo de Vázquez Montalbán: a él le pasaba lo contrario que a mí, sus novelas empezaban con furia, pero al cabo de unas páginas se cansaba, resolvía los crímenes de cualquier manera; en sus artículos sí mantenía la tensión. A mí me angustia ese esprint continuo que es el periodismo. Cuando murió Manolo dejó un gran vacío. Éramos Quijote y Sancho con los físicos cambiados. Acepté sustituirle por el punto sentimental, pero lo pasaba mal. Al cabo de tres o cuatro años me despedí. Qué alivio.

—Eso es una rareza. Nadie se va del periódico.

—Ya me había pasado con Gurb. Acepté el encargo de escribir un folletín en verano. Me puse a trabajar con antelación para ahorrarme las angustias. Calculé mal: al cabo de una semana ya estaba escribiendo de un día para otro. En un piso en la playa, con un barullo familiar increíble. Venía un motorista y se llevaba los folios a la Zona Franca, sin una mala copia. Cuando terminó agosto, respiré. De la que me he librado, pensé. Mire, he escrito libros con esfuerzo, después de investigaciones concienzudas, poniendo todo el empeño. Con Gurb era como si me escribiera encima, salía solo. Se vendieron dos millones de libros. Aún se venden hoy. No se sabe cómo ni por qué. El azar, ya le digo.

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El azar, dice, el muy tunante. Mendoza apura el café cortado, bebe un sorbo de agua y saluda al fotógrafo, Massimiliano Minocri, camino del jardín. “Ese nombre vale un personaje”, bromea este escritor tocado con un mostacho bajo el que asoma una sonrisa tímida, elegante e irónica. Sí, como su literatura.

La intriga del funeral inconveniente

Eduardo Mendoza
Seix Barral, 2026
256 páginas
20,90 euros

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