La escritora y dibujante, invitada estrella de la feria de literatura infantil y juvenil de Bolonia, analiza su trayectoria, los seis millones de ejemplares vendidos por su obra y las críticas recibidas
Anna Llenas no está amarilla. Pero tampoco hace falta que cambie de color, como su celebérrimo personaje, para intuir la emoción que predomina en ella estos días. Le sobran razones, al fin y al cabo, para la alegría. Participa en la feria del libro infantil y juvenil de Bolonia, la más relevante del sector, como invitada estrella. Y su triunfo se resume en cifras que producen otro sentimiento que toca su libro: miedo. El monstruo de colores, que escribió y dibujó en 2012, ha vendido seis millones de copias por el mundo, entre el original y el resto de la colección. Lleva, pues, más de una década fomentando lecturas y charlas sobre cómo se sienten los niños en 40 idiomas distintos, lo que la autora identifica como el éxito real. Aunque su obra también ha generado rabia: le han acusado de simplificar en exceso o estirar el chicle. Ella responde igual que sus álbumes: aborda hasta las críticas con calma, como el monstruo cuando se tumba en la hamaca. Así que la única emoción ausente, en 45 minutos de charla en Bolonia para repasar su trayectoria, es la tristeza.
“Siempre hay mezclilla de sentimientos, pero hoy estoy feliz”, sonríe Llenas (Barcelona, 48 años). Esta misma semana El monstruo de colores ha vuelto al top 10 de libros infantiles más vendidos en Italia, donde la edita Gribaudo. Y su sello español, Flamboyant, promete nuevos lanzamientos en los próximos meses, con muñecos incluidos. En Londres, mientras, continúa hasta mayo una exposición inmersiva dedicada al libro. La catalana ha publicado más obras: Vacío, Mamá, Te quiero (casi siempre) o Topito Terremoto. Alguna vez ha dicho que no quiere ser “Anna la del monstruo”: “No quiero apegarme a una cierta idea del éxito, porque no es una identidad, no quiero verme así”. Al mismo tiempo, relata que ella y sus dos hijos suelen calificar al personaje como “uno de la familia”. Y es consciente de que supone un fenómeno global en hogares y colegios de medio planeta.

De China vino el agradecimiento de un papá que aún recuerda: volvía tan tarde de trabajar que el único momento compartido con su hijo consistía en leerle cada noche El monstruo de colores, antes de que se acostara. Y en otro lejano rincón del globo empezó a fraguarse la obra. Porque Llenas estudió publicidad y durante años trabajó de ello. “No me gustaba, desde pequeña dibujaba, recuerdo a mi padre llevándome al Museo Picasso. Habría querido elegir arte o psicología”, cuenta. Sin embargo, se dejó llevar por la apuesta en teoría con más salidas. Se dio cuenta tan rápido de que no era lo suyo que en paralelo estudió diseño gráfico. Pero continuó hasta convertirse en directora de arte. Hoy cree que le pudo venir bien: “Quizá me haya dado una idea de mercado, de cómo presentar las cosas”. Mejor aún le vino que la despidieran, justo a la vez que le echaban de su piso: “Fue uno de los días más felices de mi vida. Mi motor de fondo eran el arte y la psicología. Sentía que era un pez fuera del agua, tenía una necesidad más profunda de decir algo que no podía en ese medio y entorno. Contaba con un poco de dinero y tiempo. Y pensé en qué deseaba”. La respuesta fue un viaje de cuatro meses a Latinoamérica.
Dice que algo “sensorial, una voz interior” de cierta manera la llevó hacia el Cono Sur. “A veces necesitas irte al otro lado del mundo para encontrarte más a ti”, agrega. Finalmente, en Buenos Aires, también se reencontró con los pinceles. Desde niña, Llenas cortaba, pegaba, coloreaba y adoraba los collages. En la tienda de ropa de su abuela había encontrado un oasis para sus primeras creaciones. “Pero cuando lo retomé pintaba de manera diferente, el mundo interior, lo que me pasaba por dentro, algo nuevo”, rememora. El camino la trajo de vuelta a Barcelona, hacia un posgrado en ilustración. Y, al fin, hasta sus principales pasiones: arte y emociones. Al cabo de un tiempo, retomó un personaje que había dibujado para una cortina de baño. Y recuperó viejos recortes infantiles de periódicos y revistas salidos de las infinitas reservas de su abuela. En 2012, con todo ello puso sobre página a un extraño bicho variopinto. La primera frase rezaba: “Este es el monstruo de colores”. Su vida volvía a cambiar. Para siempre.

“Me motiva hacer visibles las cosas que no lo son, darles forma. Creo que todos mis libros, del primero al último, son diferentes modos de llegar al mismo lugar. Me interesa el mundo intangible, al final son las cosas que nos mueven y determinan la vida”, reflexiona la autora. ¿Y cómo gestiona la responsabilidad de tratar temas profundos para primeros lectores? “El truco fue no pensarlo. Partí de un impulso mío. Aprendí de mayor a poner nombre a las cosas, entenderlas, gestionarlas. Y es lo que quería transmitir. De hecho, no creo que fuera solamente infantil. El mercado te pone allí. Pero yo diría que hago libros para adultos que también pueden leer los niños”. Desde luego, se ha granjeado apoyos en distintas edades: El monstruo de colores se ha hecho amigo de los pequeños, aliado de muchos profesores ―también con la creación de material escolar gratuito― e inquilino de unos cuantos hogares. Y, a su mamá, el personaje le ha dado fama, reconocimiento y más estabilidad profesional.
Aunque ella insiste: “Dinero y éxito no lo son todo. No concentro mucho mi atención allí. Las relaciones o una enfermedad tienen mucha más importancia en la vida. Lo que le da sentido a esto es quien lo recibe y dice ‘a mí también me ha ayudado’. Sentí que el libro no solo explica las emociones, sino que puede ser un vehículo para comunicarlas y dialogarlas en casa, porque son súper difíciles. Tú puedes sentirlas desde tu prisma, te puede afectar mucho, y yo no ver su importancia. Y si no lo hablamos, con respeto, no podemos entendernos. Y poner las cartas para que sea posible creo que es bueno”. Primero, lo hizo la obra original, hace 14 años. Pero luego vinieron su versión coloreable, en mandalas, pop-up o komishibai (teatro de cartas), el monstro doctor o “en el cole”. Y con ellas las insinuaciones de que, más allá del color, se estaba transformando en otra criatura: una gallina de los huevos de oro. “No lo comparto. Del primero al tercero han pasado 10 años. Creo que me he limitado respecto a lo que se hubiera podido explotar: podría haber hecho mucho más y decidí que no. Por cuidar al personaje. Y también porque el tiempo es oro y no me gustaría limitarme a mí misma a no seguir creando más allá”, responde Llenas.

Su obra también ha recibido otro ataque recurrente: reducir demasiado, incluso banalizar el peso de las emociones. Y eso que la autora tiene estudios en psicoterapia del arte, otro ámbito en el que trabaja. Hasta le salió a la contra otro libro infantil, El azul no está triste, el rojo no está enfadado,cuya alusión, sin ser explícita, resultaba evidente. “Eso es una simplificación. De todos modos, si hablan mal de ti, es porque eres conocido. Y cuando una cosa cobra mucha importancia, me parece sano que no se mantenga una única voz, sino que haya critica. El libro cuenta una historia. Y una historia es una reducción. Que el monstruo adquiera un cierto color con una emoción no quiere decir que la tristeza sea azul, ¿no? Aun así, estoy de acuerdo en la esencia, porque cuando un lenguaje simbólico es tan grande que se vuelve una verdad unilateral, eso es malo”. Llenas pone como ejemplos que el arcoíris ya representa la bandera LGTBI, y el blanco se asocia a una boda, pero también pueden tener otros significados. “Mi intuición nunca fue decir que los sentimientos son como matemáticas. Si alguien me critica por eso, no me conoce”, agrega.
Medio mundo sí conoce a su criatura más célebre. Pero Llenas dice que ahora querría realizar una obra ilustrada para adultos. Y añade: “Pongo mucho interés no solamente en lanzar un proyecto, sino en cuidarlo”. Bien lo sabe el monstruo. La de alegrías que ha explicado. Y que ha dado.
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Anna Llenas no está amarilla. Pero tampoco hace falta que cambie de color, como su celebérrimo personaje, para intuir la emoción que predomina en ella estos días. Le sobran razones, al fin y al cabo, para la alegría. Participa en la feria del libro infantil y juvenil de Bolonia, la más relevante del sector, como invitada estrella. Y su triunfo se resume en cifras que producen otro sentimiento que toca su libro: miedo. El monstruo de colores, que escribió y dibujó en 2012, ha vendido seis millones de copias por el mundo, entre el original y el resto de la colección. Lleva, pues, más de una década fomentando lecturas y charlas sobre cómo se sienten los niños en 40 idiomas distintos, lo que la autora identifica como el éxito real. Aunque su obra también ha generado rabia: le han acusado de simplificar en exceso o estirar el chicle. Ella responde igual que sus álbumes: aborda hasta las críticas con calma, como el monstruo cuando se tumba en la hamaca. Así que la única emoción ausente, en 45 minutos de charla en Bolonia para repasar su trayectoria, es la tristeza.














