¿Cómo pudo ocurrir? La cuestión fundamental que sigue obsesionando a Alemania

Veteranos historiadores como Winkler, Aly o Longerich abordan en sus nuevos libros “la pregunta de todas las preguntas, acerca del carácter evitable de la dictadura nacionalsocialista”  

Es la pregunta. ¿Cómo pudo ocurrir? Los historiadores alemanes, como el capitán Ahab con la ballena blanca, siguen persiguiéndola obsesivamente. Más de 80 años después del fin del nazismo, no acaban de dar con la respuesta definitiva ni completa.

“Cualquier respuesta a la pregunta sobre por qué sucedió así está sometida al examen de las fuentes”, responde con escrúpulo científico Heinrich August Winkler, patriarca de la historiografía alemana. “Si aparecen nuevas fuentes y conocimientos que conduzcan a nuevos resultados, entonces la respuesta deberá completarse y, si es necesario, corregirse”.

Winkler ha publicado recientemente unas memorias tituladas, precisamente, Warum es so gekommen ist (Por qué sucedió así), donde aborda su trayectoria como intelectual, y también la cuestión fundamental, “la pregunta de todas las preguntas desde mis años de estudiante”. “Es la pregunta”, aclara, “acerca del carácter evitable de la mayor catástrofe de la historia alemana, la dictadura del nacionalsocialismo”.

Otro veterano historiador, Götz Aly, ha publicado otro volumen de título similar, Wie konnte das geschehen (¿Cómo pudo ocurrir?), cuya traducción española la editorial Taurus prevé publicar en la primavera de 2027. Ambas novedades coinciden en las librerías con otro extenso estudio de Peter Longerich, biógrafo de Himmler, Goebbels y Hitler, titulado Unwillige Volksgenossen (Compatriotas reticentes). Longerich se formula la misma pregunta, pero halla una respuesta opuesta: los alemanes fueron ampliamente escépticos ante el régimen hitleriano y su ideología, y solo la represión, la propaganda y el oportunismo explicarían la masiva adhesión.

“Sin democracia no habría habido Hitler”, señala Götz Aly en su oficina en Berlín, y la afirmación, en un primer momento, descoloca al interlocutor. Un ventanal da al edificio de arquitectura fascista que albergó el ministerio de Propaganda de Joseph Goebbels; hoy es la sede del ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales. En la época imperial, anterior a la República de Weimar, o en un sistema autoritario, según este argumento, difícilmente un emprendedor de la política como Hitler, venido de abajo y sin conexiones, habría podido fundar con éxito un movimiento como el Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (NSDAP). Difícilmente habría podido conquistar el poder. ”Con el káiser, no habría habido Hitler”, dice. “La democracia fue la condición previa”.

Aly menciona otras “condiciones previas” que explican el ascenso del nazismo. Una el baby boom entre 1900 y 1915, “el mayor crecimiento de población en la historia de Alemania”, gracias a los progresos de la higiene y la medicina. En 1933, cuando los nazis toman el poder, Joseph Goebbels tiene 35 años; Reinhard Heydrich, 28; Albert Speer, 27; Adolf Eichmann, 26; Heinrich Himmler, 32. “Era un partido joven y una dictadura joven”, resume.

Por su juventud, la generación nacida entre 1900 y 1915 sale bastante indemne de la Gran Guerra, mientras que los padres mueren o quedan heridos y traumatizados. “Muchos sentían que el NSDAP les había educado”, se lee en el libro. “La mayoría de jóvenes, a izquierda y derecha, querían utopía en vez de pragmatismo, acción decidida y sin reservas en vez de compromisos tortuosos y complicados por medio de procedimientos democráticos”.

Otra “condición previa”, según Aly, es la democratización de la educación. “Todos querían ir hacia adelante”, explica, en referencia a esta juventud sobreabundante, mejor preparada que nunca otra antes y que emigra del campo a la ciudad y asciende socialmente. Pero la crisis económica del 1929 frena el ascenso, y aparece la envidia hacia el conciudadano judío, señalado por los nazis como competidor.

El historiador añade que los museos, películas y memoriales han tendido a fijarse en los perpetradores directos, como una banda de criminales en la cúpula del régimen, o bien en las víctimas, para identificarse con ellas. Pero suele soslayarse el resto, “los millones de simpatizantes activos y pasivos, de indiferentes, de seguidores intercambiables y de centenares de miles de ejecutores activos en las mesas de trabajo, en la logística, en la Administración y en los lugares del exterminio de masas”.

La sociedad alemana es el objeto de estudio de Peter Longerich en Compatriotas reticentes, donde analiza miles de documentos en los que el NSDAP y las administraciones gubernamentales tomaban el pulso de la opinión pública. Los informes recogen quejas por motivos variopintos, desde las condiciones laborales al miedo a la guerra.

“La política de exterminio racista del régimen encuentra mayoritariamente reacciones negativas entre la población”, escribe Longerich. En sus memorias, Winkler evoca su infancia en una familia conservadora pero no nazi, y recuerda que tras la guerra su abuela le contaba: “Vimos que cada vez había menos personas en la calle con la estrella judía, y sospechamos que les había ocurrido algo espantoso”. Según Longerich, “no puede hablarse de una nazificación generalizada de la sociedad alemana”.

Aly cree erróneo deducir de los informes que el desapego fue mayoritario, y dice que más bien servían al régimen para reaccionar preventivamente ante posibles focos de descontento. Pone el ejemplo del aumento de las pensiones en un 15% en 1941, año decisivo en la II Guerra Mundial. “La medida”, apunta, “no la financiaba la población activa, sino los trabajadores esclavos”. Se trataba de calmar la inquietud entre los jubilados, que habían vivido la guerra anterior y no querían más guerras. El mensaje era: Hitler se ocupaba de ellos. Funcionaba.

“La verdad es que el NSDAP tenía más de ocho millones de miembros, con una media de edad de 34 años, y 18 millones de soldados alemanes estuvieron en la Wehrmacht”, dice Aly. “Esto significa que quienes, como yo, nacimos en 1947, en un 95% de nosotros tuvimos un padre que estuvo en Rusia o en otro lugar, y vio crímenes de guerra, como mínimo, si es que no participó en ellos, o no hizo nada en contra”. Los nazis “encontraron su base en el centro de la sociedad”.

Cualquier alemán puede comprobarlo en el buscador que desde hace unos días el semanario Die Zeit ofrece en su página web. Permite averiguar si un antepasado militó en el partido nazi y para muchos ha supuesto una desagradable sorpresa. “Me siento traicionada por mi padre. Cuando hablada de los años del nazismo, siempre parecía que él hubiese sido víctima”, cuenta Margrit Braig-Kienzle, uno de los testimonios que Die Zeit ha recogido entre quienes han descubierto, gracias al buscador, que sus padres o abuelos tenían el carné del NSDAP.

A los libros de Aly, Longerich y Winkler, se suma otra novedad: Schreiben in finsteren Zeiten (Escribir en tiempos sombríos), de Helmuth Kiesel, una historia de la literatura en alemán durante los años de Hitler en el poder.

“Los 12 años que siguieron a 1933 y que estuvieron bajo el signo de la cruz gamada, representaron para los autores tal carga de exigencias políticas, presiones y penurias, que la preservación de las cualidades literarias y el desarrollo de las formas narrativas, dramáticas y líricas se vieron considerablemente dificultadas”, escribe Kiesel, profesor emérito en Heidelberg. La gran literatura de la época fue la del exilio, más la de los Thomas Mann o Bertolt Brecht. “Una dictadura no produce buena literatura. La frena y la impide”, comenta en un correo electrónico el editor y ensayista Thomas Sparr, que ha reseñado el libro de Kiesel en la revista Volltext.

Kiesel describe, al final de más de mil páginas, como en la posguerra y hasta hoy, el nazismo es recurrente. El tema. “No era posible escapar del círculo de influencia de aquello que Thomas Mann llamó el breve y sombrío episodio histórico que lleva el nombre Hitler”, afirma. “Si realmente fue una episodio, lo fue con convulsiones culturales, sociales y de la conciencia histórica de una fuerza tan estremecedora que la reflexión histórica, política y ética necesariamente regresa una y otra vez a esta ruptura de la civilización y a las condiciones que la hicieron posible”.

Es el pasado que nunca pasa y la pregunta sin respuesta final, aunque se extingan los contemporáneos, resuena una extrema derecha, y planee un olvido imposible. “Poner un punto final a la catástrofe de los años 1933 a 1945 significaría querer reprimir el capítulo más oscuro de la historia alemana. Las consecuencias serían catastróficas”, avisa Heinrich August Winkler en un correo electrónico. “La disposición a afrontar de manera autocrítica con la historia alemana forma parte de nuestra identidad. Que esto continúe siendo así es, para la República Federal de Alemania, un imperativo categórico”.

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