Un lector que no existía

Escribió Chesterton que por cada niño que llega al mundo nacen de nuevo la Luna y el Sol, porque hay un nuevo par de ojos dispuestos a mirarlos. Con los libros pasa igual: con cada niño que aprende a leer, Odiseo vuelve a salir de Ítaca, Quijote y Sancho vuelan de nuevo a lomos del caballo Clavileño y la pobre Alicia cae otra vez por la madriguera. Me di cuenta ayer, mientras silabeabas la-ma-má-o-sa. No sé si me sorprendió más verte leer por primera vez o el vértigo que sentí.

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 Escribió Chesterton que por cada niño que llega al mundo nacen de nuevo la Luna y el Sol, porque hay un nuevo par de ojos dispuestos a mirarlos. Con los libros pasa igual: con cada niño que aprende a leer, Odiseo vuelve a salir de Ítaca, Quijote y Sancho vuelan de nuevo a lomos del caballo Clavileño y la pobre Alicia cae otra vez por la madriguera. Me di cuenta ayer, mientras silabeabas la-ma-má-o-sa. No sé si me sorprendió más verte leer por primera vez o el vértigo que sentí. Seguir leyendo  

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No sé si me sorprendió más verte leer por primera vez o el vértigo que sentí

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Un alumno lee un libro en el colegio El Espinillo, en Madrid, en septiembre de 2025. Quim Llenas (Cover/Getty Images)
Ana Iris Simón

Escribió Chesterton que por cada niño que llega al mundo nacen de nuevo la Luna y el Sol, porque hay un nuevo par de ojos dispuestos a mirarlos. Con los libros pasa igual: con cada niño que aprende a leer, Odiseo vuelve a salir de Ítaca, Quijote y Sancho vuelan de nuevo a lomos del caballo Clavileño y la pobre Alicia cae otra vez por la madriguera. Me di cuenta ayer, mientras silabeabas la-ma-má-o-sa. No sé si me sorprendió más verte leer por primera vez o el vértigo que sentí.

La-pa-lo-ma-po-ne-un-hue-vo, decías, y alzabas la mirada orgulloso y corrías a contárselo a papá con la cartilla entre las manos mientras tu hermano arrastraba el pobre los 15 meses que le sacas. Primero se sentó a pintar como si eso no fuera con él, pero como tiene un corazón puro y alegre en seguida corrió hacia ti para decirte que ahora podías leerle tú los cuentos por las noches. Fue como verte nacer de nuevo: había un lector que no existía, y ahora existe. Tú estabas emocionado por hacerte mayor, por empezar a hacer algo nuevo e importante, algo que hasta hoy estaba reservado para los grandes. Papá y yo, por saber que el que se agranda ante ti es el mundo.

Hace cinco años, cuando naciste, estaba muy impaciente por saber qué hijo me había tocado en suerte. Tenía muchas ganas de conocerte, de saber si eras un tío risueño o serio, vergonzoso o abierto, tranquilo o inquieto. Ayer me ocurrió lo mismo con el tipo de lector que serás: ¿te entrenarás en la vida en tu primera juventud con la Gredos Clásica como hizo tu padre, te decantarás por la inversión del bien, la verdad y la belleza que proclamaba la generación beat, como hice yo, o pasarás olímpicamente de nosotros y te dedicarás a leer novelas de detectives? Desde muy pequeño te obsesiona el Mahabharata en 12 tomos que compró papá ocultándome su precio. ¿Será eso un sino? ¿Te dará por estudiar el hinduismo? ¿Subrayarás a lo loco, con rotulador fosforito o con boli, o serás de esos lectores cuidadosos que solo toman notas a lápiz, como papá? ¿Comprarás obsesivamente libros antiguos, ejemplares sin reeditar e incluso volúmenes intonsos? ¿Serás un experto en negociar en plataformas de segunda mano como él?

Unas horas después de escucharte leer por primera vez, se puso a ordenar la biblioteca de casa, en la que desde que nos mudamos hace un año reina el caos. Supongo que a él también le entró el vértigo: ahora tiene alguien a quien legársela. Ahora nuestros libros no son solo nuestros, ahora podrás conocernos y escrutarnos, admirarnos y reprocharnos también desde ahí. Desde los títulos que llenan nuestras estanterías, pero también desde los que no están. Ojalá algún día compartas, al abrir algunos de ellos, la emoción que tu padre y yo sentimos ahora preguntándonos qué te gustará y qué no, si serás de novelas o de ensayos, de clásicos o de novedades. Qué libros dejarás a medias y cuáles regalarás en cada ocasión especial, en qué autores intentarás reflejarte y cuáles rebatirás. Incluso con cuáles nos rebatirás a nosotros.

Pero de entre todas las cosas que podrás hacer ahora que sabes leer, tu hermano, que todavía no sabe, ha entendido la más importante: devolverle al mundo lo que recibas. Ser consciente de tu privilegio —como hermano mayor, como niño que va a heredar una biblioteca— y compartir tu libertad. Recuérdalo siempre, como recordarás siempre el nombre de quien te enseñó, la seño Nerea: ayer aprendiste a leer y hoy ya hay alguien en casa esperando que leas para él.

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