Àlex Ollé, director de escena: “El público decidirá qué hacer con los maltratadores”

Su adaptación de ‘Ariadna y Barbazul’, de Paul Dukas, llega al Teatro Real en un montaje que convierte al monstruo del cuento de Charles Perrault en la herida invisible de las sociedades que normalizan la violencia  

El primer Barbazul de la historia no tenía la barba azul, sino la sangre. El mariscal Gilles de Rais luchó junto a Juana de Arco en la liberación de Orleans, pero murió sin honores en la horca acusado de violar, torturar y asesinar a decenas de niños en su castillo de Champtocé. Dos siglos y medio después, Charles Perrault adaptó las atrocidades del aristócrata francés en sus Cuentos de antaño, de los que se sirvió más tarde Maurice Maeterlinck para escribir el drama que daría origen a la ópera Ariadna y Barbazul, de Paul Dukas.

“Cuando empecé a investigar sobre los orígenes del monstruo lo primero que me llamó la atención fue que la pesadilla en clave simbolista de Maeterlinck se publicara en 1899, al mismo tiempo que La interpretación de los sueños de Freud”, cuenta el director de escena Àlex Ollé (Barcelona, 65 años) al descanso de uno de los ensayos del montaje que se estrena esta tarde en el Teatro Real de Madrid. “Esta coincidencia me animó a convertir el castillo en un espacio mental que funcionase como el subconsciente de Ariadna”.

En su adaptación, las puertas de la fortaleza no ocultan misterios, sino que nos asoman a abismos más profundos. “Ariadna se casa con Barbazul sin conocer su pasado oscuro ni el triste destino de sus otras cinco mujeres”, explica Ollé. “A partir de ahí toda la dramaturgia se divide en dos planos: el mundo real que acontece durante el banquete de bodas con los invitados y las visiones interiores que experimenta la protagonista hasta llegar a la última habitación, donde, como sucede en el mito del Minotauro, encuentra la salida del laberinto”.

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A diferencia del cuento de Perrault, y de la versión operística de Béla Bartók que se vio en este mismo escenario en noviembre, las anteriores esposas de Barbazul no aparecen muertas tras girar la última llave. “Aquí permanecen encerradas y sometidas a la crueldad de su captor: exhaustas, doloridas, mudas y paralizadas por un miedo atroz, una especie de síndrome de Estocolmo”, relata. “Ariadna les cura las heridas y trata de convencerlas para que escapen con ella, pero todas se niegan a abandonar la mazmorra y, al final, se marcha sola”.

Para Ollé este dilema ético, aparentemente contradictorio en su mensaje, no hace sino reforzar la vigencia del libreto. “Hay en la desobediencia y la valentía de Ariadna un claro componente feminista”, reflexiona. “El problema no está en ella, sino en las convenciones sociales que llevan a las otras cinco mujeres a renunciar a su libertad”. Cuestión de género, dice, pero también de número. “Barbazules hay muchos. De ahí que para mí representen más el síntoma que la enfermedad de un sistema que tolera, normaliza y silencia la violencia”.

Contra esa tiranía se acaba rebelando un coro de mujeres lideradas por Ariadna que levantan sobre el escenario una barricada de mesas y sillas. “Esa pirámide de resistencia frente a los engranajes de poder del castillo transforma el conflicto individual en una lucha colectiva”, continúa Ollé en uno de los salones del teatro. “Por eso no he querido reproducir de manera explícita el maltrato que sufren estas mujeres”, aclara. “La sangre no aporta mucho a según qué tipo de historias. En cambio, la violencia que no vemos puede llegar a perturbarnos”.

Fue Joan Matabosch, director artístico del Teatro Real, quien le propuso trabajar en una versión actualizada de Ariadna y Barbazul que fue tomando forma en una coproducción con la Ópera de Lyon. Allí se estrenó a puerta cerrada durante las restricciones de la pandemia. “En una sala vacía no queda igual, pues hay una escena muy potente en la que Barbazul queda atado y expuesto frontalmente al público”, revela a modo de spoiler. “Así que serán los espectadores de Madrid quienes decidan qué hacer con él cinco años después”.

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Hace tres que Ollé se desvinculó de la Fura dels Baus, pero su estilo se mantiene fiel al ideario de la compañía, que en su libro Ópera: manual de instrucciones, recién publicado por La Cama Sol, describe como una combinación de teatro de impacto, espectáculo total y dramaturgia de las emociones. “Mi Barbazul bebe de todas esas fuentes”, confirma. “La clave está en lo que yo llamo fricción furera, y que consiste en plantear, defender y confrontar tus ideas con las de otra mucha gente. Y para eso necesitas rodearte de los mejores”.

Entre sus colaboradores habituales figuran Alfons Flores (responsable de la escenografía), Josep Abril (vestuario) y Urs Schönebaum (iluminación). “Sin ellos nada de lo que hago tendría sentido”, admite. “De poco sirve un buen concepto si no eres capaz de llevarlo a la práctica, lo que requiere de un equipo de profesionales que hable tu mismo idioma”. Eso y muchas horas de ensayo. “Sea estreno o reposición, nosotros trabajamos desde cero con cada reparto. Lo de llegar a los teatros con diez días de margen me parece una temeridad”.

En el foso estará el maestro israelí Pinchas Steinberg, gran conocedor de la ópera de Dukas, que no se escuchaba en el Teatro Real desde 1913, seis años después de su estreno en París. “Una orquestación casi wagneriana convive en la partitura con una línea vocal más declamada, al estilo de Debussy, por lo que solo los mejores cantantes se pueden permitir los roles principales”. Se refiere a la mezzosoprano irlandesa Paula Murrihy y al bajo italiano Gianluca Buratto, que interpretarán a la pareja protagonista hasta el 20 de febrero.

A Ollé lo esperan después en Barcelona (Manon Lescaut), Valencia (Turandot), Siracusa (Los persas), Fráncfort (Bodas de sangre) y Florencia (Simon Boccanegra). “No me puedo quejar, ando siempre ocupado: ya sea con Puccini, que para mí es como los Beatles, o con las micro-óperas del Liceu que encargo a jóvenes creadores”. Ahora el cuerpo le pide una descarga parecida a la que aplicó a otro monstruo durante el estreno mundial de Frankenstein en Bruselas. “Ojalá me ofrecieran adaptar La vegetariana de Han Kang… Sería un sueño”.

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Àlex Ollé, en el escenario y patio de butacas del Teatro Real antes de la entrevista.

El primer Barbazul de la historia no tenía la barba azul, sino la sangre. El mariscal Gilles de Rais luchó junto a Juana de Arco en la liberación de Orleans, pero murió sin honores en la horca acusado de violar, torturar y asesinar a decenas de niños en su castillo de Champtocé. Dos siglos y medio después, Charles Perrault adaptó las atrocidades del aristócrata francés en sus Cuentos de antaño, de los que se sirvió más tarde Maurice Maeterlinck para escribir el drama que daría origen a la ópera Ariadna y Barbazul, de Paul Dukas.

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