Casi una carta de amor a Mariano Rajoy

No es solo una tradición española, pero es una tradición muy española no concederle nada al adversario político. El refrán “Al enemigo, ni agua” no se inventó en Canadá. Un punto de desencuentro muy visible ha sido siempre el del callejero, tantas veces usado con el propósito de honrar a los tuyos y, mucho más interesante, chinchar a los demás. En su portentoso libro sobre Palma, Valentí Puig cuenta cómo actuaban los gobiernos del XIX con las esfinges del paseo del Born: los conservadores les cubrían los pechos y los progresistas volvían a descubrírselos en cuanto regresaban al poder. Así una vez tras otra. Hoy, la cizaña continúa y, por ejemplo, hay una estación de AVE —la de Burgos— que honra a la socialista Rosa Manzano, mientras que sería impensable una estación dedicada a la popular Loyola de Palacio. En cicatería compiten izquierdas y derechas, pero las sensibilidades políticas se escoraron a la izquierda apenas hecha la Transición. Y eso explica en parte que hoy cierta derecha se ponga tontorrona con Felipe González, mientras que hay que hacer espeleología en los archivos hasta ver que la izquierda reconoce algo a, pongamos, un Aznar. Ignacio Sotelo, socialista oveja negra, le otorga “una leve reducción del paro” y “una Administración un poco más eficiente”.

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 El cansancio de un viejo mundo ha dado paso a este nuevo, pero aquel mundo en el que el líder popular fue presidente ofrecía aún algunas cosas buenas  

No es solo una tradición española, pero es una tradición muy española no concederle nada al adversario político. El refrán “Al enemigo, ni agua” no se inventó en Canadá. Un punto de desencuentro muy visible ha sido siempre el del callejero, tantas veces usado con el propósito de honrar a los tuyos y, mucho más interesante, chinchar a los demás. En su portentoso libro sobre Palma, Valentí Puig cuenta cómo actuaban los gobiernos del XIX con las esfinges del paseo del Born: los conservadores les cubrían los pechos y los progresistas volvían a descubrírselos en cuanto regresaban al poder. Así una vez tras otra. Hoy, la cizaña continúa y, por ejemplo, hay una estación de AVE —la de Burgos— que honra a la socialista Rosa Manzano, mientras que sería impensable una estación dedicada a la popular Loyola de Palacio. En cicatería compiten izquierdas y derechas, pero las sensibilidades políticas se escoraron a la izquierda apenas hecha la Transición. Y eso explica en parte que hoy cierta derecha se ponga tontorrona con Felipe González, mientras que hay que hacer espeleología en los archivos hasta ver que la izquierda reconoce algo a, pongamos, un Aznar. Ignacio Sotelo, socialista oveja negra, le otorga “una leve reducción del paro” y “una Administración un poco más eficiente”.

Con estos precedentes, voy a hacer una de esas cosas por las que parece que habría que pedir perdón a medio país: hablar bien —o un poco bien— de Mariano Rajoy, quien, tras fingir durante décadas que solo le interesaban el fútbol, los whiskies y la prima de riesgo, está dedicando la larga digestión de su presidencia a la escritura. ¡Y qué dedicación! Tres libros en seis años es una productividad que, por usar una expresión que quizá le gustara al propio Rajoy, no se veía desde los tiempos de El Tostado. Una trabajera suficiente, en todo caso, para replantearse la galvana existencial de un personaje cuya caricatura ha estado siempre cerca de la del casinista amodorrado. Ha querido la casualidad, además, que un clásico de la literatura política de todos los tiempos, los Ricordi de Guicciardini, coincida en las mesas de novedades con El arte de gobernar, de Rajoy, quizá para que así podamos comparar quién es el más florentino de los dos. Boutades aparte, la de escribir no es mala labor en un expresidente ahora que tenemos a alguno en labores, allá por esos mundos, mucho más opacas.

Ante un título como El arte de gobernar, solo caben dos opciones: o Rajoy se ha vuelto loco, o en la editorial le dijeron: “Tranquilo, presidente, esto son cosas del marketing”. No solo porque tuviera siempre un sentido del pudor ante la grandilocuencia, sino, ante todo, porque en su carrera nunca ha buscado lo que muchos buscan al escribir: apuntarse los tantos cortoplacistas de la vanidad. Rajoy no molaba tanto como Rato, no apretaba tanto como Cascos y no rezaba tanto como Mayor Oreja. Todos se creyeron mejores que él, y él, paciente como pizarra galaica percutida por la lluvia, los vio pasar a todos. Salisbury, uno de los políticos que más se le parecen, lo dejó dicho: “Lo importante es aplazar”. Y de hecho, el gran éxito de Gobierno de Rajoy sería, si no aplazar, sí evitar: a los hombres de negro, en concreto. Pero no todo fue —llámenlo como prefieran— manejo de los tiempos o postergamiento. Cuando leemos a Wolfgang Münchau que “España está conectada al 81,5% en fibra óptica y Alemania al 10%”, Mariano tiene algo que decir. Cuando Sánchez saca pecho de los buenos vientos de la economía española, olvida prudentemente citar a un gallego. Y cuando pensamos en España y Venezuela, quizá haya que recordar al señor de Pontevedra que por primera vez recibió a líderes opositores.Hay puntos que concederle al Rajoy presidente, y no solo al Rajoy expresidente.

La política española ha cambiado más entre 2018 —cuando Rajoy pierde el poder— y 2026 que en todo lo que media entre el primer Felipe y el último Aznar. Los años más movidos nos resultan más extensos, y al pensar en Rajoy, que ya tenía el aire de un señor de otro tiempo, ahora nos parece que hubiera compartido tribuna con Segismundo Moret. Sus carencias en el Gobierno y en el partido se han glosado generosamente: la corrupción, Cataluña, la ausencia de esa voracidad, de esa hambre de hacer, que ya entonces empezaba a caracterizar a la política. Yo mismo me he demorado en esas carencias en otras ocasiones y alguna la vi —por haber trabajado en el gabinete de Moragas— desde dentro.

El cansancio de ese viejo mundo ha contribuido al paso a este nuevo. Sin embargo, ese mundo de Rajoy ofrecía aún algunas cosas buenas. La política no buscaba llenar vacíos morales o ansias de sentido, sino traducirse en políticas concretas. Gestionar no se limitaba a comunicar. Un discurso no era necesariamente una predicación o una exposición de la bondad de nuestros sentimientos. Y polarizar se podía poco con un señor como él, a la vez raro de amar e imposible de detestar. Así, mientras votamos a demagogos a sabiendas de que son demagogos, a veces uno puede dar en pensar en lo que era una madurez política —en palabras de Alan Wolfe— “disciplinada por la adversidad, templada por el tiempo y modulada por un sentido cada vez mayor de la realidad”. Ese peso, esa gravitas, los tenía Rajoy y también los tenía Rubalcaba. Pero hoy el PP se parece a lo que ha sido siempre en mucho mayor medida que el PSOE, y en eso —un anclaje para nuestra democracia— han tenido que ver Rajoy y también Feijóo: hoy que todo se extrema, el partido no se ha encanallado.

Algo tendrá Rajoy que hasta Rodríguez Zapatero va proclamando en público —quizá con un punto de pasmo del gallego— su amistad con él. Tal vez sea que representa el último momento de un cierto respeto antiguo frente a unos años más obvios y más crudos, en los que uno puede, por ejemplo, considerar que eso de los Presupuestos Generales del Estado es materia opcional, política viejuna. Sí, el último momento de unas deferencias y pudores que hoy pueden parecer risibles, pero que estaban basadas en un sentido de la ambigüedad, de la ironía, de la imperfección del mundo, y que sin duda no aguantarían ya un minuto ante el tumbao de Sánchez, el pecholobo de Abascal o la mezcla de grandilocuencia y chulería de Rufián. Cuando Edmund Burke ve llegar la novedad radical de la Revolución Francesa, se espanta de los “sofistas, economistas y calculadores” que van a llevar las riendas del mundo: hoy podríamos hablar de los tuiteros, consultores e influencers que buscan y viven de infartar nuestra vida pública. Última floración sofisticada —o quizá fruto demasiado maduro— de nuestro orden liberal, ni Rajoy pudo ni nadie hubiera podido parar lo que venía. Los escitas, escribe Renan, han conquistado el mundo. Y quizá esto no sea irreversible, pero no está tan lejos el día en que nos digamos que quien no ha conocido el Gobierno en funciones de Mariano Rajoy no ha conocido la alegría de vivir. Y esta, me temo, es una broma solo a medias.

 EL PAÍS

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