Hay dos cosas que los personajes de Colette hacen muy bien: el sexo y comer. En lo primero son refinados, elegantes, vanguardistas, ambiguos y ricos en perfumes, espejos y disfraces. En lo segundo son rústicos y esenciales, zampadores de comidas de la abuela con mucha grasa acompañadas de grandes rodajas de pan de centeno. Sirva de ejemplo este café de portera que se desayuna el casi gigoló Chéri en la novela que protagoniza: “Un café con leche cremoso y azucarado que debía recalentarse después de añadirle unas tostadas con mantequilla desmigajadas que se recocían a placer y formaban en la superficie del café una costra suculenta”. Toda una guarrindongada digna de David de Jorge y, según las asociaciones de cardiólogos, un crimen contra las arterias.
La escritora francesa vivió unos tiempos bastante más sísmicos que los actuales y nunca renunció al gozo ni a la belleza
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La escritora francesa vivió unos tiempos bastante más sísmicos que los actuales y nunca renunció al gozo ni a la belleza
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(Getty Images)

Hay dos cosas que los personajes de Colette hacen muy bien: el sexo y comer. En lo primero son refinados, elegantes, vanguardistas, ambiguos y ricos en perfumes, espejos y disfraces. En lo segundo son rústicos y esenciales, zampadores de comidas de la abuela con mucha grasa acompañadas de grandes rodajas de pan de centeno. Sirva de ejemplo este café de portera que se desayuna el casi gigoló Chéri en la novela que protagoniza: “Un café con leche cremoso y azucarado que debía recalentarse después de añadirle unas tostadas con mantequilla desmigajadas que se recocían a placer y formaban en la superficie del café una costra suculenta”. Toda una guarrindongada digna de David de Jorge y, según las asociaciones de cardiólogos, un crimen contra las arterias.
He pasado el verano leyendo a Colette (1873-1954), esa tragona sensual que confundía los placeres de la cama y de la mesa, una escritora de hace un siglo que suena más moderna que las más modernas de hoy. Un icono feminista que decía que la política era una cosa aburrida de chicos y una hedonista que vivió y narró dos guerras y dio recetas en la radio del París ocupado riéndose del racionamiento. Sus intervenciones empezaban así: “Tome seis u ocho huevos, si es que los encuentra”.
En un verano sin tregua en el que los cuatro jinetes del apocalipsis prendieron fuego a Europa para cruzar luego a Ceuta sin un día de sosiego, la literatura de Colette me ha dado felicidad, emoción, alegría y paz. No he dejado de ponerme serio ni de tratar los infiernos de la actualidad con la atención requerida, pero cuando me tumbaba a leer Chéri o Sido o La gata o las novelas de Claudine me sentía un impostor: hay que escribir como Colette —me decía—, no como un Hemingway oportunista y moralista. Hay que señalar lo importante, no solo lo urgente.
Colette vivió unos tiempos bastante más sísmicos que los actuales (aunque yo llevo ya tres veranos sintiendo que son mi último verano en paz) y nunca renunció al gozo ni a la belleza. Mientras sus colegas se histerizaban, se enfrentaban en bandos, se acusaban y se mataban, ella siguió militando en el placer y en una forma traviesa, erótica, infantil y mundana de vivir. Hoy, leer a sus coetáneos politizados puede ser una tortura parecida a la de tragarse una misa de seis horas, mientras que Colette nos llega fresca, como si la tinta de los cuadernos en los que escribía no se hubiera secado, y sus palabras nos regocijan e interpelan como no lo harán jamás las del intelectual más comprometido y ceñudo.
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