‘El primer fascista’: una biografía del aristócrata francés que fue pionero del populismo antisemita

A todos los países les gusta sentirse distintos a los demás. En realidad, querrían decir mejores, salvo que hayan optado por el victimismo, pero queda feo decirlo abiertamente. Por eso resulta mucho más conveniente proclamar que son inmunes a los peores fenómenos de la historia, desde el colonialismo extractivista hasta el fanatismo religioso, pasando por el totalitarismo político, especialmente el fascismo.

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 A todos los países les gusta sentirse distintos a los demás. En realidad, querrían decir mejores, salvo que hayan optado por el victimismo, pero queda feo decirlo abiertamente. Por eso resulta mucho más conveniente proclamar que son inmunes a los peores fenómenos de la historia, desde el colonialismo extractivista hasta el fanatismo religioso, pasando por el totalitarismo político, especialmente el fascismo. Seguir leyendo  

A todos los países les gusta sentirse distintos a los demás. En realidad, querrían decir mejores, salvo que hayan optado por el victimismo, pero queda feo decirlo abiertamente. Por eso resulta mucho más conveniente proclamar que son inmunes a los peores fenómenos de la historia, desde el colonialismo extractivista hasta el fanatismo religioso, pasando por el totalitarismo político, especialmente el fascismo.

Así, no mucho tiempo atrás, en Estados Unidos afirmaban que su sistema de contrapesos hacía imposible que cayeran en este tipo de autoritarismo, aunque escritores como Philip Roth daban ya la voz de alarma en obras como La conjura contra América. Pero si una nación se había considerado a resguardo de la bestia había sido Francia, patria de la revolución y los derechos del hombre y por tanto libre del virus fascista excepto por imposición de un ocupante extranjero.

Tuvo que ser un investigador norteamericano, Robert O. Paxton, quien alertara de que el hexágono iba desnudo y que la naturaleza del régimen de Vichy era inequívocamente gala, mientras que otro historiador, el israelí Zeev ­Sternhell, fue incluso más lejos y defendió que, a su juicio, había sido en Francia donde se había incubado intelectualmente el huevo de la serpiente fascista. Más desconocido en España, a Sternhell conviene también recordarlo porque fue uno de los primeros en advertir de que haber sufrido un genocidio no inmunizaba automáticamente como perpetrador.

En la línea, y a la altura, de estos dos grandes maestros, así como de la profesora Victoria de Grazia, con la que coordinó un notable Dizionario del fascismo (2002-2003), el historiador italiano Sergio Luzzatto firma ahora esta biografía del marqués de Morès, un aristócrata parisiense del siglo XIX convertido en hombre de acción y en uno de los principales precursores de la ideología, la praxis e incluso la estética, propia y ajena, de los movimientos fascistas.

Con el pulso de los grandes narradores, Luzzatto sigue los pasos de Morès por nada menos que cuatro continentes, pues el noble nos salió canallita y, tras compartir formación en la escuela militar de Saint-Cyr con Philippe Pétain, emprendió sucesivas aventuras en las llanuras de Dakota del Norte como criador intensivo de ganado, lo que le llevó a desafiar a los grandes nombres de la industria cárnica de Chicago, y en la Indochina francesa como promotor ferroviario, en ambos casos con sonoro fracaso.

A su vuelta a Europa, culpó de todos los males a los judíos y alimentó un creciente gusto por la violencia callejera, con la conversión del gremio de los carniceros y matarifes de París en su particular tropa de choque, fácilmente reconocible por sus delantales azules teñidos de sangre, mientras él se tocaba siempre de un sombrero de ala ancha —el chapeau Morès—, del que únicamente se despojaba para batirse en duelo con periodistas y oficiales de ascendencia judía, como el capitán Armand Mayer, al que dio muerte en 1892 en un interesante precedente del caso Dreyfus, lo que llevó a Hannah Arendt a citarlo en Los orígenes del totalitarismo como uno de los responsables de la oleada antisemita que lo hizo posible.

Perseguido por sus escándalos financieros y decidido a sumar nuevos aliados para su cruzada antijudía, Morès se lanzó entonces a recorrer las arenas del imperio colonial de Francia en el norte de África —un auténtico equivalente a la conquista del Oeste americano—, donde encontró la muerte cuando su caravana fue atacada por un grupo de tuaregs y tribus árabes locales.

Aunque lo parezca, no se trata del argumento de una película de Martin Scorsese, sino de la verdadera historia de un pionero populista que Luzzatto documenta con precisión a lo largo de un volumen de más de 600 páginas, publicado con valentía por la editorial Pasado & Presente en magnífica traducción de Marc Figueras, y que se lee de una sentada.

Sergio Luzzatto
Traducción de Marc Figueras. Pasado & Presente, 2026. 640 páginas. 35 euros

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