Elma Correa se convirtió en lectora observando los gestos que hacía su madre mientras les leía a ella y a sus hermanas cualquier cosa que encontrara a la mano, antes de irse a trabajar la noche entera como enfermera en un hospital de Mexicali, en Baja California. Lo mismo daba si era una antigua revista de Selecciones o un libro de Gibran Khalil que su madre habría encontrado, o un cuento de Edgar Allan Poe que la tuvo con los ojos abiertos y el corazón vibrante durante toda una madrugada. “Recuerdo que ese era uno de los momentos que esperaba todo el día y que las microexpresiones en el rostro de mi mamá me causaban mucha emoción. Yo asociaba sus gestos a la emoción de la lectura y ya no quería ser espectadora, quería ser protagonista. Así que aprendí a leer muy chiquita. Eso me cambió la vida”, recuerda con su voz potente y su risa que lo abarca todo, de vuelta en Ciudad de México, después de pasar dos semanas en España, en donde presentó su novela Donde termina el verano, ganadora del Premio Biblioteca Breve de 2026.
La escritora mexicana, originaria de Mexicali, Baja California, habla sobre su novela ‘Donde termina el verano’, ganadora del Premio Biblioteca Breve 2026 que otorga la editorial Seix Barral
Elma Correa se convirtió en lectora observando los gestos que hacía su madre mientras les leía a ella y a sus hermanas cualquier cosa que encontrara a la mano, antes de irse a trabajar la noche entera como enfermera en un hospital de Mexicali, en Baja California. Lo mismo daba si era una antigua revista de Selecciones o un libro de Gibran Khalil que su madre habría encontrado, o un cuento de Edgar Allan Poe que la tuvo con los ojos abiertos y el corazón vibrante durante toda una madrugada. “Recuerdo que ese era uno de los momentos que esperaba todo el día y que las microexpresiones en el rostro de mi mamá me causaban mucha emoción. Yo asociaba sus gestos a la emoción de la lectura y ya no quería ser espectadora, quería ser protagonista. Así que aprendí a leer muy chiquita. Eso me cambió la vida”, recuerda con su voz potente y su risa que lo abarca todo, de vuelta en Ciudad de México, después de pasar dos semanas en España, en donde presentó su novela Donde termina el verano, ganadora del Premio Biblioteca Breve de 2026.
Correa recuerda que estaba en Mérida, Yucatán, cuando recibió una llamada de un número con un prefijo extraño que, incluso, le causó desconfianza, cuando una voz masculina se presentó como Santiago Roncagliolo. No hizo falta más. “Enloquecí, empecé a reírme y a llorar como una loca, fue muy emocionante”, dice.
La autora tiene una agenda llena durante dos días en la capital del país, antes de regresar a Mexicali. La ciudad donde nació, donde creció y de donde no piensa moverse. “Me preguntan mucho ahora qué va a pasar después del premio, porque soy la quinta mexicana y la segunda mujer mexicana en ganarlo, si me vendré a Ciudad de México o a otro país, y yo respondo que no. Mi vida está hecha en Mexicali, tengo mucho que hacer ahí, muchas ganas de formar nuevas generaciones de autoras. Cuando yo empecé a escribir no tenía pares, no había mujeres de mi edad que quisieran ser narradoras. Entonces, yo no sé, tal vez ahora hay chicas a las que les interese la narrativa y yo puedo hacer cosas”.
Mexicali, una ciudad en medio del desierto, que es la capital del Estado de Baja California, ha sido el escenario de sus ficciones durante toda su carrera literaria, desde que comenzó a escribir y a publicar sus libros de cuentos como Que parezca un accidente (Nitro/Press, 2018), Mentiras que no te conté (Editorial UDG, 2021), por el que ganó el Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola, Llorar de fiesta (BUAP, 2022), Lo simple (INBAL, 2024), que le hizo acreedora del Premio NacionalAmparo Dávila, y La novia del león (Nitro/Press, 2024). Sin embargo, este vínculo que palpita también en cada una de las páginas de su nueva novela no fue siempre sencillo para ella.

Cuando comenzó a escribir, Correa evitaba nombrar la ciudad en sus historias, aunque todo en ellas encarnara a Mexicali, al desierto, a los rincones de esa ciudad fronteriza construida en medio del desierto entre el muro de acero de la frontera con Estados Unidos y las casitas enfiladas de las colonias mexicanas. No quería, asegura, que se le encasillara en las etiquetas de “autora de la frontera” o “autora del norte”. “Porque todos los autores de la frontera o del norte que había en ese tiempo eran señores, eran varones que, si bien son grandes narradores, por supuesto, yo no me identificaba con ellos, no me identifico en la actualidad con ellos porque no decían nada del lugar donde yo vivo; las mujeres que ellos escriben, o escribían, no me representaban, yo decía, quiénes son estas mujeres, porque yo no conocía ninguna”, dice.
“A los 11 años las posibilidades eran infinitas…” y Donde termina el verano es eso, un infinito de detalles y referentes de Mexicali que al mismo tiempo cuentan la historia de un México que se convertía en un país moderno y que dejaba atrás la década de los años noventa, con recuerdos amargos, pero también felices de cara a lo que vendría después, escenarios de una guerra contra las drogas y el aumento de la violencia en cada rincón. Una historia sobre dos niñas, Elisa y Aimé, que se convierten en amigas en la infancia, se separan durante 20 años y luego el destino o la vida o las circunstancias las vuelven a juntar en un país y en un lugar que ha quedado lejos del recuerdo que tienen sobre su infancia.
“En la novela hay violencia estructural, claro, tiene que ver con cuestiones políticas y sociales. Hay narco porque es algo que pasa en México, porque yo no puedo obviarlo, porque si yo escribiera una historia sobre el norte de México, sobre México en general, donde no hubiera ni violencia estructural ni violencia contra las mujeres ni narcotráfico, sería ciencia ficción. Pero eso no es lo más importante de mi novela; esas son cuestiones contextuales, están ahí porque ocurren, yo no puedo decir que no pasan, pero mi novela se trata sobre la amistad entre dos mujeres, no sobre la violencia en México”, señala.
“Es interesante cómo la violencia se instala en los espacios. No solo la violencia propia de la pobreza, que es uno de sus elementos constitutivos, sino la violencia física, verbal, humana, persona a persona; esa violencia se trasmina en los objetos, en los ambientes, humedeciéndolo todo, recubriendo las cosas como un moho, impregnándolas con su olor rancio”, se lee en una de las páginas de Donde termina el verano.
A Correa le interesaba contar la historia de una amistad; llevaba años haciéndolo de algunas formas y decía siempre públicamente que estaba empeñada en escribir “sobre las relaciones entre morras” y que el escenario fuera relevante, tomando en cuenta un contexto que ella conocía bien. “Yo no escribo autoficción para nada. No hablo nunca de mi vida [en los libros], pero también digo que uno no puede sustraerse de su entorno y entonces hay un montón de cosas que me atraviesan y que me importan. Yo soy mujer en un país de feminicidad. Yo y todas las mujeres que conozco, mis hermanas, mis amigas, mis primas, mis vecinas, mis estudiantes, mis compañeras de trabajo, todas tenemos una diana en la espalda”, dice.

Los personajes de su nueva novela, al igual que sus dos protagonistas amigas, son meticulosamente construidos, con sus luces y sus sombras desgranadas finamente, al punto en el que se puede simpatizar con cualquiera de ellos, pero a varias vueltas de página, también se llega a experimentar desagrado e incluso lástima. También los personajes secundarios son relevantes y cada uno de ellos conforma una pieza en esta especie de rompecabezas sobre lo que ha significado para varias generaciones de mexicanos vivir, sentir, soñar y construir intentos de futuro en un país que exige el éxito, la fortuna, la popularidad, y que premia el privilegio y castiga siempre de alguna forma a los más vulnerables.
Correa, en un ir y venir mental y metafórico con Mexicali, cuenta: “Me interesaba también cómo en entornos tan hostiles las mujeres, pero no solo las mujeres, sino todo aquel que no es un hombre blanco heterosexual, o sea, las infancias y las adolescencias, y en el caso de la frontera, la migración, las personas que no son blancas, las personas racializadas, las disidencias incluso, cómo todos los que históricamente hemos sido subordinados o hemos sido señalados como ciudadanos de segunda clase, debemos o tendríamos que tejer redes y hacer comunidad si acaso es que queremos sobrevivir”.
Esas redes y vínculos se reflejan en su historia, a través de dos enfermeras que visitan casa por casa los hogares de una colonia fronteriza, dos amigas unidas y peleadas por un trauma común, una comunidad gitana que escandalizaba a sus vecinos hipócritas y mujeres, siempre mujeres, poniendo el cuerpo y todos sus recursos al alcance para asegurar la supervivencia colectiva.
A Correa, que esas redes y sus muchos trabajos ya le han colocado en un sitio relevante dentro de la literatura, le queda claro que para llegar a ciertos lugares, como este, hace falta mucho más que talento: “Cuando yo digo que no soy blanca y soy mujer en este país y que no tengo privilegios de clase, yo no lo digo para que digan ‘¡Uh, qué gran mujer, salió delante!’, o para victimizarme; no lo digo ni siquiera con amargura, sino para ponerlo en la conversación. Yo no soy especial, hay un montón de mujeres en mi misma situación. Porquesi yo fuera hombre o si yo fuera blanca, yo hubiera ganado este premio hace 15 años. Entonces, ¿qué cosas están tan mal en el mundo, qué cosas están tan mal en este país, que seguimos creyendo que existe la meritocracia, que si te esfuerzas mucho, que si trabajas mucho, vas a llegar un día? Eso no pasa, esas cosas no ocurren, entonces, ¿qué es lo que hay que cambiar?, ¿qué cosas tendrían que pasar para que todas las otras morras que escriben maravilloso y que están ahí en alguna parte deslomándose igual que yo pudieran estar aquí también platicando y ganando premios?”, se pregunta.
Correa se planta con su fuerza de huracán y zanja: “Y si no lo podemos cambiar ni tú ni yo, por lo menos vamos a hablar de eso y vamos a incomodar a los señores y vamos a tratar de que poco a poco vayamos modificando estas estructuras rancias”.
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