‘Ensayo sobre la ceguera’: tres décadas del “libro más incómodo de José Saramago”

La obra más vendida del Nobel portugués, que escribió en Lanzarote tras exiliarse de Portugal, inauguró su ciclo de escritura alegórica  

José Saramago empezó varias veces a escribir Ensayo sobre la ceguera, porque no se sentía confortable. Sabía lo que quería decir, quería hablar de un mundo donde estamos ciegos, ciegos que viendo no vemos. Pero no acababa de encontrar el tono. Fue su libro incómodo, el que más le costó”. Lo halló, halló el tono. Y lloró cuando lo estaba terminando. Al acabarlo, en 1995, José Saramago dijo, simplemente: “Acabé”. Se lo dijo a Pilar del Río, su mujer. Era la noche, y él respiró.

“Era su libro de rebeldía”, dice Pilar del Río (escritora, periodista, presidenta de la Fundación José Saramago), sentada en el mismo lugar en que su marido, muerto en Lanzarote en 2010, reposaba cuando recalaba a Madrid desde cualquiera de sus viajes largos, o de Lisboa y de Lanzarote. Se exilió de Lisboa para vivir en la isla con su mujer. El gobierno de derechas de su país le negó en 1993 la presentación a un premio internacional de su libro El Evangelio según Jesucristo. Se instalaron en la isla de César Manrique, que murió en un accidente cuando el escritor y el pintor se iban a conocer.

En aquella casa de Tías, donde vivieron desde entonces, escribió el que luego sería premio Nobel el libro más arriesgado de su vida. “Le dedicó mucho tiempo al Evangelio… Aquello le aturdió, le dejó vacío, de tal forma que solo se podía seguir con un libro de rebeldía, de discrepancia, como Ensayo sobre la ceguera…”, recuerda Del Río.

“No acababa de encontrar el tono. ¿Serán todos ciegos, serán ciegos de varias generaciones? Hubo un momento en el que lo tuvo todo claro. Esas personas se irían cegando… Cuando una mujer finge que se queda ciega para acompañar al marido que ya lo está, a él se le iluminó la novela. ‘Yo voy contigo’, le dijo”. Y aquella mujer fue la que acompañó a todos los ciegos, hasta que acaba el libro. Ella le descubrió a José la novela que él estaba esperando”, recuerda Del Río. Se han cumplido ya tres décadas desde que salió a la calle.

Saramago escribía tres folios al día. “Me los pasaba cuando los imprimía. No me decía qué iba a escribir a continuación, porque ignoraba él mismo lo que ocurría con su imaginación y con su escritura”. Él había escrito ya El Evangelio… Se estaba reponiendo del maltrato recibido por las autoridades entonces conservadoras de su país. “Entró en un bar de Lisboa, me estaba esperando, estaba solo, y de pronto sintió esta pregunta: ‘¿Y si fuéramos todos ciegos? Lo marcaba aún el runrún del Evangelio… Se dijo: `Es que hemos llegado a Marte y no sabemos llegar a nuestros semejantes’. Ahí empezó a crecer este libro que es de un gran humanismo”.

El libro terminaba así: “La mujer del médico se levantó, se acercó a la ventana. Miró hacia abajo, a la calle cubierta de basura, a las personas que gritaban y cantaban. Luego alzó la cabeza al cielo y lo vio todo blanco. Ahora me toca a mí, pensó. El miedo súbito le hizo bajar los ojos. La ciudad aún estaba allí”. Con esa frase bajó los escalones de A casa, su casa de Lanzarote, y le dijo a Pilar: “Acabé. Acabé”. Sería el libro más vendido de todos los que publicó el premio Nobel portugués.

“Era, por lo que decían los críticos y los lectores, el libro que reflejaba aquel tiempo. Que es este tiempo contemporáneo. Él dijo entonces, cerrando una manifestación contra la guerra en Madrid, que en el mundo hay dos superpotencias, y que una era Estados Unidos, pero la otra somos todos nosotros. Él confiaba enormemente en la capacidad activa de los ciudadanos, y siempre lo decía. Así que aquel libro sobre la ceguera tenía que ver, también, con el Ensayo sobre la lucidez: en el mundo hay gente que no se resigna”.

Como todos los suyos, Ensayo sobre la ceguera reflejaba al poeta que fue. “Era un poeta y un hombre comprometido, mezclaba, regalaba símbolos. Un hombre político, un ciudadano, un humanista, un militante de base del Partido Comunista. Pero no era sectario, su compromiso lo resolvía votando. Él vivía con un documento principal, la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Decía que ese era el mejor documento que se había construido en el siglo XX”.

Resucitó de una enfermedad que pudo haberlo llevado a la muerte. “Porque tenía que acabar el libro que le faltaba, El viaje del elefante. El médico le había dicho: ´Usted no tiene por qué morirse de leucemia’. Con esa noticia escribió Intermitencias de la muerte. Cuando empezó a escribir El viaje del elefante se le complicó aquel padecimiento con una neumonía y estuvo en coma, muriéndose. Se recuperó con fuerza de voluntad, ¡y porque quería escribir El viaje del elefante! Quería presentarlo en Brasil, y lo presentó también en Lisboa. Y después vino a Lanzarote como si fuera un resurrecto”.

Murió el 18 de junio de 2010 en Tías (Lanzarote), la tierra donde Pilar y Saramago quisieron vivir. La noche anterior, el Nobel se despidió de los amigos que los acompañaban ese día. Saramago se había quedado con ellos, hasta que se levantó de la mesa y dijo, en portugués, la que sería su última despedida: Ate a mañá…

“Un libro sobrecogedor, brillante”

Fernando Gómez Aguilera, director de la Fundación César Manrique, escritor, vivió todos los tiempos de Saramago y de Pilar del Río en Lanzarote. Ha escrito sobre él, vivió hasta el fin su relación con la literatura y con aquel libro, el más vendido de los que dejó el premio Nobel. Dice Gómez Aguilera con respecto a esta obra: “Un libro sobrecogedor, brillante. Desarrolla un saber incómodo, ilustra la agenda humanista y el pensamiento social y crítico de Saramago. Ciegos conducidos por ciegos hacia un destino que se ignora y a su paso dejan un rastro de horrores…”

”Le gustaba citar a Kafka: ‘No merece la pena escribir nada si no es un hacha capaz de romper el mar helado de la conciencia’. Esa disrupción encarna Ensayo sobre la ceguera: un hachazo en el mar helado de nuestra conciencia contemporánea», explica el director. “Una severa advertencia sobre la desmesura y la quiebra de los límites: sobre el fracaso de la razón ilustrada y la ética humanista de la bondad y la solidaridad. Saramago resumía ese horizonte moral y social en no hacer a los otros los lo que no quieras que te hagan a ti”.

Es un libro de escalofríos que no remite tan solo a lo que sucedía hace 30 años en el mundo. “Saramago”, dice Gómez Aguilera, “construyó a partir de 1995 su ciclo de escritura alegórica, cuya expresión más aquilatada es Ensayo sobre la ceguera: decir las cosas de otro modo para que se entiendan. La metáfora es siempre la mejor manera de explicar las cosas, escribió en Todos los nombres. La alegoría no disfraza los significados, las ilumina con otra luz e intensifica la sensación de realidad», señala. “El mundo está agitado por fuerzas ciegas estadounidenses que acrecientan la incertidumbre y el caos, las frágiles y desiguales estructuras sobre las que descansa el precario orden mundial, mientras perfilan un horizonte de barbarie a fuerza de envilecer la realidad cada día”. Trump, continúa Gómez Aguilera, “encarna el poder de las fuerzas irracionales, en estado puro, la quintaesencia del ‘capitalismo autoritario’ que denunciaba Saramago. Es, en efecto, su extravagante expresión destilada”.

En una entrevista le dijo a su mujer esto que subraya Gómez Aguilera: “Sería una equivocación nuestra si pensáramos que ellos [las fuerzas irracionales] se contentan con ganar dinero. El dinero no da todo el poder y ellos quieren todo el poder”.

Ensayo sobre la ceguera, según Fernando Gómez Aguilera, “es una invitación al desasosiego, a abrir los ojos de la razón y de la conciencia, a estar alerta y a intervenir en nuestra condición de ciudadanos responsables del destino colectivo que compartimos”.

Dice Pilar del Río: “Fue el libro más traducido, el más comentado. No descorchaba champán. Cuando lo terminó sólo dijo: ´Acabé, acabé”. Fue hace 30 años. Fue, quizá, el libro que lo llevó, en 1998, al premio Nobel de Literatura.

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José Saramago empezó varias veces a escribir Ensayo sobre la ceguera, porque no se sentía confortable. Sabía lo que quería decir, quería hablar de un mundo donde estamos ciegos, ciegos que viendo no vemos. Pero no acababa de encontrar el tono. Fue su libro incómodo, el que más le costó”. Lo halló, halló el tono. Y lloró cuando lo estaba terminando. Al acabarlo, en 1995, José Saramago dijo, simplemente: “Acabé”. Se lo dijo a Pilar del Río, su mujer. Era la noche, y él respiró.

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