Mi padre ayudaba con alimentos a tres hermanos viejos que vivían en una casa en ruinas. Mi madre le daba comida a un chico que pasaba a la hora del almuerzo. Cualquiera que tocara a la puerta de mi abuela se iba con mercadería y dinero. Era una solidaridad espástica, nadie se preguntaba si le estaba haciendo daño a un mendigo cuando le daba plata. Teníamos la esperanza de que, por un rato, la vida de esas personas fuera mejor. Cuando mi abuela veía irse al sujeto mugriento, rotoso, sacudía la cabeza y decía: “¿Cómo puede ser?”. Esa pregunta implicaba cosas: ¿cómo puede ser que esta persona esté así, cómo puede ser que no me ponga a gritar, cómo puede ser que no podamos hacer nada para que deje de estarlo? Ahora vivo en Buenos Aires y, como casi todos, no hago nada. El último censo del Gobierno de la ciudad reveló que hubo un aumento interanual del 30% de personas viviendo en la calle: 5.176 seres. Otro, realizado por diversas ONG, arrojó un número distinto: 11.892. Es mucha gente. Corro siempre en torno al muro de un cementerio. El otro día, había dos personas durmiendo al rayo del sol con 39 grados. Uno de ellos, el que parecía mujer, me dio toda la impresión de estar muerto. El jueves vi cómo la policía se llevaba a un hombre, una mujer y un nene que, sentado sobre un colchón, miraba hacia la nada. A menudo veo a una muchacha preciosa peinándose y hablando sola. Nunca me detengo, no pregunto. No es que tenga miedo, es que no sabría qué hacer. El extraordinario fotógrafo argentino Dani Yako supo. Acaba de publicar un libro, Exclusión, editado por Rizoma, con un texto de Martín Caparrós, que reúne fotos de personas que duermen en la calle y cuyo rostro no se ve. Envueltos en mantas, plásticos, cartones, estos durmientes retorcidos, larvarios, amortajados, no nos hablan de la única pregunta que parece importar —¿cuántos son?—, sino de la única que realmente importa: ¿cómo puede ser?
Veo a los mendigos, pero nunca me detengo, no pregunto. No es que tenga miedo, es que no sabría qué hacer
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Veo a los mendigos, pero nunca me detengo, no pregunto. No es que tenga miedo, es que no sabría qué hacer


Mi padre ayudaba con alimentos a tres hermanos viejos que vivían en una casa en ruinas. Mi madre le daba comida a un chico que pasaba a la hora del almuerzo. Cualquiera que tocara a la puerta de mi abuela se iba con mercadería y dinero. Era una solidaridad espástica, nadie se preguntaba si le estaba haciendo daño a un mendigo cuando le daba plata. Teníamos la esperanza de que, por un rato, la vida de esas personas fuera mejor. Cuando mi abuela veía irse al sujeto mugriento, rotoso, sacudía la cabeza y decía: “¿Cómo puede ser?”. Esa pregunta implicaba cosas: ¿cómo puede ser que esta persona esté así, cómo puede ser que no me ponga a gritar, cómo puede ser que no podamos hacer nada para que deje de estarlo? Ahora vivo en Buenos Aires y, como casi todos, no hago nada. El último censo del Gobierno de la ciudad reveló que hubo un aumento interanual del 30% de personas viviendo en la calle: 5.176 seres. Otro, realizado por diversas ONG, arrojó un número distinto: 11.892. Es mucha gente. Corro siempre en torno al muro de un cementerio. El otro día, había dos personas durmiendo al rayo del sol con 39 grados. Uno de ellos, el que parecía mujer, me dio toda la impresión de estar muerto. El jueves vi cómo la policía se llevaba a un hombre, una mujer y un nene que, sentado sobre un colchón, miraba hacia la nada. A menudo veo a una muchacha preciosa peinándose y hablando sola. Nunca me detengo, no pregunto. No es que tenga miedo, es que no sabría qué hacer. El extraordinario fotógrafo argentino Dani Yako supo. Acaba de publicar un libro, Exclusión, editado por Rizoma, con un texto de Martín Caparrós, que reúne fotos de personas que duermen en la calle y cuyo rostro no se ve. Envueltos en mantas, plásticos, cartones, estos durmientes retorcidos, larvarios, amortajados, no nos hablan de la única pregunta que parece importar —¿cuántos son?—, sino de la única que realmente importa: ¿cómo puede ser?
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