Helen DeWitt: “Los editores tratan al autor como a un apestado hasta que toca salir a vender”

La aclamada autora de ‘El último samurái’ edita en castellano una recopilación de cuentos precedida de una novela, después de ocho años de su última publicación en español  

La advertencia llega en forma de correo electrónico un par de días antes de la entrevista. Helen DeWitt, autora de El último samurái, una de las novelas más aclamadas del siglo, ha pedido, como preliminar a la charla, que se lea la última entrada de su blog, donde “habla un poco”, dice el mediador de su editorial en España, Random House, “de cómo a veces la promoción que le imponen las editoriales o los premios le impide hacer aquello a lo que se dedica: escribir libros”. El texto en cuestión es un manifiesto bastante extenso en contra de las entrevistas obligadas, la ineptitud de los distintos agentes editoriales para entender a los escritores y los motivos de su reciente rechazo al premio Windham-Campbell, que le otorgaba 175.000 dólares (casi 154.000 euros), por no poder cumplir con sus obligaciones promocionales.

Con la carta de presentación recibida, DeWitt atiende por videoconferencia con cordialidad y simpatía desde su casa en Berlín. Su discurso es mordaz, abanderado, como en sus novelas, por un humor incesante. Habla en inglés, pero bien lo podría hacer en francés o alemán. Como también puede leer griego y latín, y comprender cerca de una docena de idiomas con distintos grados de fluidez. El castellano, sin embargo, se le escapa, a pesar de haber vivido de niña una temporada en Colombia y otra en México. “Es vergonzoso, solo puedo recordar la letra de la canción de Talco Pibe, de Colombia”, ríe y se corta justo antes de empezar a cantarla: “No, no es bueno para la conversación. Quizás al final la canto”.

—No le gusta mucho dar entrevistas.

—Bueno, y sin embargo aquí estoy, haciendo esta contigo.

—¿Por qué?

—Mira, yo sé que Penguin Random House tiene muchos millones y todo eso, pero han asumido un riesgo. Y quiero ayudar al editor.

La editorial española publica el segundo libro de la autora en español: Los ingleses entienden de lana y otros trucos, una colección de cuentos precedida por una novela corta. “No me preguntes cómo se seleccionaron los cuentos”, dice ella. “No lo sé. No fui parte de esa decisión. Cuando los mandé a la editorial estadounidense para ver si los compraban, hicieron una lista que quizá no tenía mucho sentido, pero yo no tenía la fuerza para lidiar con eso y discutir”.

DeWitt (69 años, Maryland, Estados Unidos) empezó su camino literario en el año 2000, con 44 años, con la publicación de El último samurái —sin ninguna relación con la película que protagoniza Tom Cruise—, que la convirtió, casi de inmediato, en una de las voces más singulares y disruptivas de la literatura estadounidense. Fue un éxito inesperado, vendió más de 100.000 ejemplares solo en inglés y se convirtió en un clásico. Fue coronado como “el mejor libro del siglo” por la revista New York Magazine y apareció en la lista de los 100 mejores libros del siglo XXI del New York Times.

La novela, sobre una madre soltera en Londres que cría a un niño brillante llamado Ludo, quien rápidamente domina el griego antiguo, el árabe y el japonés y se propone descubrir la identidad de su padre, está tan llena de humor como de complejidades estructurales. Hay fragmentaciones lingüísticas, usos de tipografías múltiples, lenguajes extranjeros (griego antiguo, japonés, escritura hierática) y bloques de texto discontinuos que la autora diseñó para reflejar la mente caótica de sus personajes.

Publicarla le causó sus primeros desencuentros con una industria que todavía la contraría. Fueron meses enfrentada a su correctora de estilo, que, según DeWitt, imponía cambios propios destinados a estandarizar el texto. Era, recuerda, como si quisieran “matar la mente que escribió el libro”. Aquello le llevó a una crisis nerviosa e intentó suicidarse, para luego desaparecer. Cuando la policía la encontró en el norte del Estado de Nueva York, fue ingresada en una unidad psiquiátrica. Los efectos de sentirse “alienada por la mediocridad intelectual”, dice. Poco tiempo después de su publicación, la editorial que lo presentó al mundo, Talk Miramax Books, desapareció y el libro quedó descatalogado, antes de reeditarse en 2016.

“Cuando era más joven, imaginaba que una de las cosas que más disfrutarían quienes trabajan en el mundo editorial sería interactuar con escritores brillantes. No me daba cuenta de que la gente hacía todo lo posible por evitar hablar de los textos con un autor”, cuenta. Algo que le sigue pasando: ”Ya sabes, es como si estas personas se contaminaran si se relacionan con el autor, como si fuéramos apestados. Y luego, vale, ahora vamos a publicar el libro y, sí, está muy bien que tengas todas esas opiniones y que puedas salir a compartirlas con el público”.

El suicidio ya lo había intentado antes, cuando era una estudiante con depresión. Sobrevivió y decidió ir a Oxford a estudiar Clásicas y Filosofía.“Si pudiera ir a Oxford, donde la vida intelectual se toma en serio, la vida valdría la pena”, cuenta que pensó. Lo dejó después de nueve años, molesta con un sistema educativo que hoy sigue reprobando, especialmente por el fracaso del sistema en la enseñanza de nuevos idiomas. “Es como con el comercial de Talco Pibe -que no te voy a cantar-, lo escuché cuando tenía 13 años y todavía me lo sé. Hay gente cuyo trabajo es meterte algo en la cabeza. Hay gente que es buena en eso. Pero esa gente no es la que tenemos dando clases”, cuenta.

DeWitt ha tenido muy poca regularidad en sus publicaciones. Tardó 11 años para lograr vender su segunda novela -escrita antes que la primera-, Lightning Rods (sin traducción en España), una sátira sobre una empresa que intenta prevenir el acoso sexual permitiendo a los empleados mantener relaciones sexuales a través de un agujero en las paredes de los baños. Y el año pasado publicó Your NameHere, coescrita con el periodista Ilya Gridneff, y que pensó que “podía escribir en pocas semanas, vender, conseguir algo de dinero” y centrarse en lo suyo. Tardó 20 años en lograrlo.

“Es que constantemente algo interfiere con la escritura”, justifica. Su mente parece tan compleja como la de los personajes que dibuja. No lleva la cuenta de la cantidad de libros que está escribiendo al mismo tiempo ni de los que ha dejado de escribir. “Lo que sucede”, dice sobre su método creativo, “es que no solo te vienen voces a la cabeza, sino que es casi como mirar una pared y ver una película en ella; ya sabes, ves todo al mismo tiempo y las voces te vienen a la cabeza”. Sería mejor, reconoce, “si trabajara en una cosa a la vez”, pero le resulta muy difícil “porque siempre habrá muchas voces diferentes y muchas tramas distintas”. “Puede que no sepa si las diferentes voces pertenecen al mismo libro o si tal vez pertenecen a otro. Tal vez una historia no necesite un libro entero. Tal vez tendría más fuerza si simplemente pusieras estas voces una al lado de la otra. Y esa es una de esas decisiones que requieren mucho tiempo para reflexionar”, sigue.

DeWitt está en una constante búsqueda de “una obra maestra”. En 2011 contó en una entrada de su blog: “Mi psicólogo me preguntó: ‘¿Por qué el trato con los editores me había llevado a un intento de suicidio?’. Y yo respondí: ‘Bueno, si un libro plantea desafíos técnicos es difícil sacarlo adelante a través del engranaje editorial, pero si quieres escribir una obra maestra, es necesario correr riesgos. Él dijo: ‘Tu salud mental es más importante que escribir una obra maestra’. Yo pensé: ‘Nadie que piense así escribirá jamás una obra maestra’. Y también pensé: ‘Todos morimos tarde o temprano”.

¿Sigue anteponiendo su éxito literario a su salud mental? “No es exactamente que diga: ‘Voy a escribir una obra maestra y no me importa perder la cabeza’. Pero para ciertos tipos de libros necesitas trabajar con gente comprometida. Así que si no te interesa solucionar los desafíos técnicos, no es posible. Una obra maestra requiere apoyo técnico que no puedo obtener”, responde.

A cambio del premio rechazado, unas semanas después DeWitt recibió una donación del Mercatus Center (una ONG de la Universidad George Mason de EE UU) de 175.000 dólares (153.000 euros) sin ningún tipo de requisito. “Hoy existe una enorme presión sobre los escritores para que estén disponibles públicamente todo el tiempo. Eso es difícil para escritores, artistas, para quien sea, para personas que crean obras en diversos campos. Creo que todos necesitamos aceptar que a veces simplemente necesitamos alejarnos, estar tranquilos y que no nos pidan que hagamos nada”, reconoce. La donación le servirá, cuenta, para intentar volver a hacerlo y quizá autopublicar su próxima obra maestra. “Debería escribir el libro yo misma y no intentar convencer a una editorial de que haga lo que yo quiero. Parece una actitud derrotista. Me da la sensación de que sí lo es. Pero sí, existe esa posibilidad”.

 Feed MRSS-S Noticias

La advertencia llega en forma de correo electrónico un par de días antes de la entrevista. Helen DeWitt, autora de El último samurái, una de las novelas más aclamadas del siglo, ha pedido, como preliminar a la charla, que se lea la última entrada de su blog, donde “habla un poco”, dice el mediador de su editorial en España, Random House, “de cómo a veces la promoción que le imponen las editoriales o los premios le impide hacer aquello a lo que se dedica: escribir libros”. El texto en cuestión es un manifiesto bastante extenso en contra de las entrevistas obligadas, la ineptitud de los distintos agentes editoriales para entender a los escritores y los motivos de su reciente rechazo al premio Windham-Campbell, que le otorgaba 175.000 dólares (casi 154.000 euros), por no poder cumplir con sus obligaciones promocionales.

Seguir leyendo

 

Noticias de Interés