Un preciado códice que se encontraba en la Real Academia de la Historia (RAH) fue expoliado hace un siglo para acabar en manos de un particular en Estados Unidos. Alguien lo mutiló y sus hojas arrancadas fueron a parar a un anticuario de Londres, de quien pasaron al magnate estadounidense Henry E. Huntington (1850-1927). El códice ultrajado formaba parte de la Historia general y natural de las Indias, manuscrito de quien el emperador Carlos V había nombrado en 1532 nada menos que primer cronista oficial de Indias, Gonzalo Fernández de Oviedo (1478-1557). La alerta del hasta ahora desconocido atentado contra el patrimonio histórico español la lanzó el periodista y licenciado en Historia Ramón Jiménez Fraile en el último boletín de la Sociedad Geográfica Española (SGE).
La ‘Historia general y natural de las Indias’, publicada en 1535 por el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, que estaba en la Academia de la Historia, fue mutilada y esas hojas están hoy en la Biblioteca Huntington de California
Un preciado códice que se encontraba en la Real Academia de la Historia (RAH) fue expoliado hace un siglo para acabar en manos de un particular en Estados Unidos. Alguien lo mutiló y sus hojas arrancadas fueron a parar a un anticuario de Londres, de quien pasaron al magnate estadounidense Henry E. Huntington (1850-1927). El códice ultrajado formaba parte de la Historia general y natural de las Indias, manuscrito de quien el emperador Carlos V había nombrado en 1532 nada menos que primer cronista oficial de Indias, Gonzalo Fernández de Oviedo (1478-1557). La alerta del hasta ahora desconocido atentado contra el patrimonio histórico español la lanzó el periodista y licenciado en Historia Ramón Jiménez Fraile en el último boletín de la Sociedad Geográfica Española (SGE).
El probable motivo del robo de más de 150 páginas, apunta Jiménez, fue que el potentado estadounidense —primo de Archer M. Huntington, coleccionista de arte español y fundador de la Hispanic Society de Nueva York— era gran aficionado a la botánica. Para él, el valor del manuscrito, escrito en castellano, residía en que su autor había sido el primer europeo que describió muchas especies vegetales del Nuevo Continente y, además, las dibujó en bellas ilustraciones. Le fascinó, por ejemplo, la piña, que calificó como “la mejor fruta del mundo”. Jiménez señala que el insigne naturalista Alexander von Humboldt “alabó las dotes botánicas de Fernández de Oviedo”. Así que no es descabellado pensar que Huntington codiciara tener en sus manos esas descripciones y dibujos de la flora americana. Hoy, las páginas expoliadas están en la biblioteca californiana que lleva su apellido.

“La Academia de la Historia es consciente de lo que pasó. Se sabe perfectamente que alguien arrancó las hojas”, señalan fuentes de la institución. “Se desconoce quién lo hizo, aunque se sospechó que fuera alguien del personal de la Academia y no un académico”. Esta fuente indica que varias veces se ha pensado en litigar para recuperar lo robado, “pero el coste de lo que podía suponer un proceso así” ha echado por tierra esas intenciones.
La Historia general y natural de las Indias se publicó en Sevilla en 1535. En esa monumental obra se cuenta la conquista de América, la organización colonial española y la flora y fauna de esas tierras, con claro afán descriptivo: “Irán desnudos mis renglones de abundancia de palabras artificiales […] pero serán muy copiosos de verdad”, decía su autor.
Como cronista, Fernández de Oviedo contaba lo que veía y lo que pasaba, aunque fuera a mayor gloria de la Corona. “Escribo como testigo de vista, y lo que yo no hobiere visto, direlo por relación de personas fidedignas”. Nacido en Madrid, tuvo una vida fascinante. Sus padres lo introdujeron como paje en la corte. Gracias a esto fue testigo de la rendición musulmana de Granada a los Reyes Católicos o de la llegada de Cristóbal Colón a Barcelona después de su primer viaje, hecho que lo marcó.
En 1514, este aventurero llegó a las Indias, la primera de las varias veces que atravesó el océano. Allí, entre aspiraciones políticas, mantuvo una polémica con fray Bartolomé de las Casas, el gran defensor de los indígenas, quien, entre otros epítetos, dijo de él que era “temerario, falso, inhumano, hipócrita, ladrón y blasfemo”. Fernández de Oviedo fue un propagandista de la conquista, glorificaba al imperio, lo que disgustaba al dominico. Al principio de su obra describe a los indígenas como lujuriosos, sodomitas e idólatras, y a las mujeres como “incapaces y feas”. Sin embargo, con el tiempo, su opinión varió hasta lamentar que en la isla La Española los nativos hubieran sido diezmados por los españoles. Eso sí, dejaba siempre a la Corona al margen de estas críticas.

Para este reportaje se ha consultado una edición de la Historia general publicada en 2023 por la Fundación José Antonio de Castro, basada enun ejemplar impreso de la edición de 1535, que atesora la Biblioteca Nacional de España y se puede consultar “íntegramente en la Biblioteca Digital de esta institución”, se señala en el volumen de la Fundación. Sin embargo, esta edición no recoge anotaciones al margen ni otras informaciones que aporta el manuscrito original.
En la edición de la Fundación José Antonio de Castro se dice que la Historia general “es de placentera lectura, pues combina testimonios ajenos con graciosas anécdotas vividas por el autor, y una serie de imágenes dibujadas por él mismo”. En sus páginas, Fernández de Oviedo describió, por ejemplo, los vegetales, los árboles y las hierbas medicinales que encontraba en la isla La Española.
También seres vivos, como el pez volador: “La color del lomo es como azul, de la color que está el agua cuando el cielo está muy claro y desocupado de nubes”. O protagonistas, como el almirante Colón, del que dejó una detallada fisonomía: “Más alto que mediano, los ojos vivos, el cabello bermejo y la cara algo encendida y pecoso”.

Jiménez se topó con el expolio de esta obra por casualidad. Estudioso de la era de los grandes descubrimientos, con un libro sobre Magallanes, investigaba qué pudo pasar con la nao Victoria, la única que regresó a España después de los tres años de la primera circunnavegación (1519-1522), que inició el navegante portugués y culminó Elcano. Fernández de Oviedo contaba en su Historia general que la nave había naufragado después de volver a entrar en servicio, convirtiéndose esta en la tesis canónica.
A mediados del siglo XIX, la RAH encargó una edición de la Historia general al historiador José Amador de los Ríos, publicada entre 1851 y 1855, por lo que entonces “la Academia tenía el manuscrito completo”, apunta Jiménez. Ese original había sido donado a la RAH por el cronista Luis de Salazar y Castro en 1850. Pues bien, en esa edición decimonónica que encargó la RAH a Amador de los Ríos había una anotación anónima, posterior a lo redactado por Fernández de Oviedo, según la cual la nao Victoria estaba en 1580 “varada en tierra en Sevilla”, hecha pedazos. ¿Había naufragado la nave o había quedado inservible en los astilleros? El académico de la lengua Juan Gil, experto en la Sevilla de la época, se ha inclinado por la idea de que el barco que el anónimo comunicante vio en realidad no era el original, señala Jiménez, quien ha recogido otros testimonios que corroboran la idea de que la nave acabó sus días varada en las atarazanas de Sevilla.

Sea como fuere, este investigador se dirigió a la Academia de la Historia para consultar el original de la Historia general y poder ver esa anotación con sus propios ojos, pero recibió esta respuesta por correo electrónico: “Dichos manuscritos están más que diezmados y buena parte de ellos no está ni siquiera en nuestros fondos”. Se añadía desde la RAH que, al menos, tenían “copia” de la parte que pedía Jiménez, “facilitada por la Biblioteca Huntington de California, que es donde se encuentra el original”.
Jiménez se puso entonces en contacto con la Biblioteca Huntington, en Pasadena, que “alberga 6,5 millones de manuscritos, más de un millón de libros poco comunes y está rodeada por un jardín botánico de casi medio millón de metros cuadrados”. Sus responsables le dijeron por correo electrónico que las partes del códice que poseen están disponibles solo para doctores en Historia. No obstante, le dieron la siguiente referencia, quizás para despejar los recelos sobre cómo habían llegado hasta allí los manuscritos: “Fue comprado en Maggs [anticuario londinense], el 25 de febrero de 1926″.
Siguiendo el rastro, el investigador preguntó a la casa Maggs, fundada en 1853 y que, como señala, “es famosa, entre otras razones, por haber revendido el pene de Napoleón” y “por haber sido anticuario del rey Alfonso XIII”. La respuesta fue: “Hemos revisado algunos de nuestros catálogos antiguos de 1925 y 1926, pero me temo que no encontramos ninguna entrada para este manuscrito. Otra posibilidad es que fuera ofrecido directamente a la Biblioteca Huntington”. De una u otra manera, parte del códice fue desgajado hace un siglo en la Academia de la Historia, en una época de barra libre para el expolio, sin leyes ni conciencia de ello, y, tras pasar por Londres, acabó en las manos de Henry E. Huntington, que amasó su fortuna con la construcción del ferrocarril y le gustaba rodearse de libros raros y antiguos.
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