Cada año, se pueden observar al menos dos eclipses solares totales desde algún punto de la Tierra. A menudo son solo visibles desde lugares remotos, como en medio del océano Índico o en las islas Feroe. La mayoría de las personas solo verán uno o dos en toda su vida.
Cada año, se pueden observar al menos dos eclipses solares totales desde algún punto de la Tierra. A menudo son solo visibles desde lugares remotos, como en medio del océano Índico o en las islas Feroe. La mayoría de las personas solo verán uno o dos en toda su vida. Seguir leyendo
Cada año, se pueden observar al menos dos eclipses solares totales desde algún punto de la Tierra. A menudo son solo visibles desde lugares remotos, como en medio del océano Índico o en las islas Feroe. La mayoría de las personas solo verán uno o dos en toda su vida.
El primer eclipse total que presencié fue en el suroeste de Inglaterra, en 1999. Por desgracia, el cielo estaba cubierto por una fina capa de nubes grises. Aunque eso nos privó de contemplar todo el esplendor del eclipse, sí pudimos ver cómo la Luna empezaba a devorar poco a poco el disco solar. Nos encontrábamos en lo alto de una colina, mirando hacia al canal de la Mancha, y recuerdo que las alas oscuras de la sombra de totalidad se precipitaron hacia nosotros sobre el agua, como cuando se acerca una tormenta. Durante un minuto, nos envolvieron las tinieblas. Luego, la sombra siguió su camino apresurado por la costa.
Con la esperanza de superar esta experiencia, en agosto de 2017 viajé a Idaho, en el noroeste de Estados Unidos, para observar otro eclipse solar. Esta vez no me decepcionó.
Empezó de forma imperceptible. Alrededor del mediodía, mis amigos y yo subimos a toda prisa hasta a la cima de una colina cubierta de maleza y acomodamos las mantas y mochilas en el suelo. El cielo, de color azul cobalto, estaba despejado, salvo por una ligera bruma que difuminaba el horizonte, provocada por el humo de unos incendios lejanos. Nos sentamos entre las matas aromáticas de artemisa y el canto vibrante de los grillos.
Todo parecía normal, hasta que levantamos hacia el cielo las gafas de eclipse para protegernos los ojos. Ahí estaba: un mordisco en la cara del Sol, inconfundible. Había comenzado justo a la hora prevista. Ese giro de los engranajes del reloj cósmico es un proceso lento. Nuestras miradas vagaban por la silueta dentada de las montañas lejanas. La cordillera Sawtooth [diente de sierra, en inglés] Idaho hace honor a su nombre. Durante un rato, estuvimos charlando y bromeando, y tomamos vino en vasos de papel. Pero a medida que fueron pasando los minutos, la fuerza del acontecimiento se apoderó de nosotros de manera silenciosa. Las conversaciones cesaron. Uno a uno nos fuimos retirando para buscar nuestro propio espacio, agudizando los sentidos.
La calidad de la luz diurna empezó a cambiar. Los colores se atenuaron, haciendo que el paisaje pareciera una postal descolorida de los años setenta. El calor del Sol fue desapareciendo y de golpe sentimos el viento helado en los brazos desnudos. Para nuestro deleite, las sombras empezaron a curvarse y a difuminarse. Proyectamos medialunas diminutas sobre un papel a través de las pequeñas rendijas entre los dedos.
Por suerte, había espacio para observarlo bien. Estábamos lejos de los millones de espectadores que abarrotaban las autopistas y los estacionamientos en una línea congestionada que cruzaba el país de un lado a otro. La franja de oscuridad total atravesó el continente, oscureciendo primero las costas del Pacífico en Oregón antes de dirigirse hacia el este, hasta la costa atlántica de Carolina del Sur. Tanto los periodistas como los aviones de combate persiguieron al Sol y a la Luna por todo el país. Al mirar de nuevo hacia arriba, otra franja había desaparecido. No hay modo de acelerar el proceso ni de detener el reloj de la naturaleza. Conforme iban transcurriendo los minutos, el astro mordido se convirtió en una medialuna: un diablo con cuernos en el cielo. Ahora estaba mucho más oscuro, como si una gran nube lo hubiera invadido, como si se estuviera gestando una tormenta. Las fuerzas cósmicas de la gravedad seguían empujando a la Luna hacia la trayectoria del Sol. Entonces la medialuna se redujo a una astilla, y la luz del día se extinguió.
¡Y ahí estaba! El último segmento anaranjado del Sol se convirtió en una gota brillante, en el “diamante” engastado en un anillo de fuego. De repente, el Sol y la Luna se abrazaron y se fundieron. Desde el corazón negro del anillo, surgían brazos plateados: chorros de gases abrasadores que emanaban de la superficie solar. Podíamos ver planetas y estrellas brillando en el cielo índigo, sobre las siluetas nítidas y púrpuras de las montañas. Dos minutos más tarde, la aparición solar se desvaneció y el Sol volvió a dominar el cielo. Aquel día amaneció dos veces.
Observar el eclipse hizo que me sintiera pequeña, un ser humano insignificante en medio de un paisaje inmenso, en este planeta complejo y maravilloso. Hay algo primitivo en contemplar cómo el Sol es devorado. El día se convierte en noche, y en cuestión de minutos vuelve a hacerse de día. La luz y los tonos del paisaje cambian sin cesar. Es algo espectacular, inolvidable.
Para mi sorpresa, no sentí miedo ni preocupación, y tampoco soledad. Estaba conectada con todas las demás personas que presenciaban el espectáculo, con mis amigos y también con la gente que lo observaba desde el capó de sus coches o las tumbonas. También me noté cerca de todos aquellos que han contemplado este fenómeno a lo largo de los siglos: cazadores de eclipses, astrólogos, generales, reyes y estudiantes. Me incliné ante la monstruosa maquinaria de la naturaleza, con sus enormes ruedas que giran día y noche, año tras año, siglo tras siglo. Sin embargo, curiosamente, me hallaba tranquila y concentrada. Era extrañamente reconfortante, y nada aterrador, formar parte de todo aquello, situarme por un momento en el centro del universo. Algo cambió en mí: de alguna manera, me sentí más segura.
Estoy orgullosa de haber contribuido de algún modo a la gran búsqueda cósmica de la humanidad, aunque solo sea en el coro de fondo. Sigo maravillándome ante todo lo que hay ahí fuera, pero también me preocupa lo que le estamos haciendo al espacio, al usarlo como un patio de juegos o, peor aún, como un campo de batalla, saqueándolo e ignorando su importancia cultural para todos los habitantes de la Tierra. (…)
Aunque el Tratado del Espacio Ultraterrestre de las Naciones Unidas de 1966 tiene como objetivo preservar el espacio como “patrimonio de toda la humanidad” y para “fines pacíficos” exclusivamente, con los astronautas como “enviados”, la realidad es mucho más laxa. Tales ideales no nos impiden llenar las órbitas terrestres con los restos de satélites artificiales “muertos” y con cientos de otros nuevos que se lanzan alegremente cada año. En el futuro, las lluvias de meteoritos o estrellas fugaces que observemos en el cielo podrían deberse a las nubes de basura espacial que se queman al caer sobre la Tierra, y no a fenómenos naturales. El lenguaje anticuado del tratado y la falta de control de su cumplimiento dejan margen para ampliar los usos militares del espacio y, potencialmente, para convertirlo en el escenario de una verdadera guerra de las galaxias.
EL PAÍS












