No hay mudanza sin el antipático sonido de la cinta de embalar. La marrón de cerrar cajas: libros, platos, recuerdos. ¡Raaaaaaaaaca! ¡Raaaaaaaaaca! Con 10 mudanzas a cuestas en las tres décadas que lleva en Barcelona, la escritora Llucia Ramis (Palma, 48 años) es candidata a tener fobia al sonido de marras: “Cuando oigo ese ruido en casa de un vecino, me despierta una mezcla de emoción, ansiedad y un punto de tristeza”. Ramis publica Un metro cuadrado (IV premio de No Ficción de Libros del Asteroide), una crónica de cómo se ha transformado Barcelona a través de los pisos y barrios en los que ha vivido desde que llegó para estudiar periodismo en 1995.
No hay mudanza sin el antipático sonido de la cinta de embalar. La marrón de cerrar cajas: libros, platos, recuerdos. ¡Raaaaaaaaaca! ¡Raaaaaaaaaca! Con 10 mudanzas a cuestas en las tres décadas que lleva en Barcelona, la escritora Llucia Ramis (Palma, 48 años) es candidata a tener fobia al sonido de marras: “Cuando oigo ese ruido en casa de un vecino, me despierta una mezcla de emoción, ansiedad y un punto de tristeza”. Ramis publica Un metro cuadrado (IV premio de No Ficción de Libros del Asteroide), una crónica de cómo se ha transformado Barcelona a través de los pisos y barrios en los que ha vivido desde que llegó para estudiar periodismo en 1995. Seguir leyendo
No hay mudanza sin el antipático sonido de la cinta de embalar. La marrón de cerrar cajas: libros, platos, recuerdos. ¡Raaaaaaaaaca! ¡Raaaaaaaaaca! Con 10 mudanzas a cuestas en las tres décadas que lleva en Barcelona, la escritora Llucia Ramis (Palma de Mallorca, 48 años) es candidata a tener fobia al sonido de marras: “Cuando oigo ese ruido en casa de un vecino, me despierta una mezcla de emoción, ansiedad y un punto de tristeza”. Ramis publica Un metro cuadrado (IV premio de No Ficción de Libros del Asteroide), una crónica de cómo se ha transformado Barcelona a través de los pisos y barrios en los que ha vivido desde que llegó para estudiar periodismo en 1995.
“Se ha escrito mucho de la crisis de vivienda desde un enfoque económico o social, pero no desde el punto de vista psicológico: de la angustia y el miedo que provoca vivir de alquiler. De la inseguridad y el agotamiento que provoca estar siempre en alerta ante el fin del contrato”, explica sobre el proyecto que presentó al premio. Más allá de lo personal, en un segundo plano narra “cómo la transformación del mercado y la conversión de la vivienda en bien de inversión transforma la ciudad”.
La vivienda ya estuvo presente en su primera novela: la protagonista era una periodista precaria que se queda sin trabajo y el casero le anuncia que le va a subir el alquiler
La escritora mallorquina, que ha ganado algunos de los principales premios de la literatura catalana —el Josep Pla en 2010, el Llibres Anagrama en 2018—, ha sido desde Cosas que te pasan en Barcelona cuando tienes 30 años (2008) una lúcida e irónica analista de la realidad urbana y la ansiedad de su generación: la de los hijos de la Transición, la que se ha sentado en sofás de Ikea, la que creció sin redes pero acabó cayendo, la de quienes proclamaron que no tendrían una casa en la puta vida. Moviéndose entre la ficción, la memoria personal y un original análisis sociológico de nuestra época, la vivienda ya estuvo presente en su primera novela: la protagonista era una periodista precaria que se queda sin trabajo y el casero le anuncia que le va a subir el alquiler.
Ahora Ramis repasa su propia biografía a través de las casas donde ha ido pasando su vida. Con una estructura que se repite en cada capítulo (el piso al que llega, la historia del barrio o contexto del momento del mercado inmobiliario, y por qué se marcha y quién vive ahora en las casas), Un metro cuadrado arranca con el frenesí vital de una chavala que llega de la isla para estudiar en la Universidad Autónoma. A piso por curso, los cuatro primeros años son todo emoción, descubrimiento constante, compañeros que cambian, nuevos amigos, novios, juerga. Juventud y cero inquietud habitacional. El relato se tensa en paralelo al asilvestramiento del mercado y alcanza el máximo de angustia a partir de 2010, con el estallido de la crisis financiera y del ladrillo. Recortes generalizados, también en el precio de las colaboraciones que ella cobraba como periodista, pero ni de coña pedir una rebaja en la renta, no vaya a ser que el casero pensara que eras insolvente. “Esta inestabilidad afecta psicológicamente, pero no compartes tu miedo”, dice. Ramis había acabado la carrera, había intentado incluso volver a Mallorca, e iba por el séptimo piso. En el barrio de la Sagrera.
En este lunes soleado que paseamos por tres de los barrios de los que ha sido vecina, en La Sagrera es donde más años vivió. Ocho. “Es el que más nostalgia me está provocando”, admite la escritora y periodista. Fue el único piso en un barrio que no es céntrico. Muy cerca de la bulliciosa avenida de la Meridiana, el acceso norte a la ciudad, La Sagrera todavía puede presumir de calma, de trama urbana de casco viejo, calles peatonales de casas bajas, comercio ajeno a las grandes cadenas y la maravillosa plaza de Masadas, porticada. Lo que en una guía turística llamarían oasis urbano. O sea, otro barrio en peligro de extinción. “Aquí vivía Amparo, le regalé mi limonero cuando me fui”, señala los bajos del edificio donde vivió.
Admite que convivió con novios con los que no lo hubiera hecho si no fuera porque, de una u otra manera, contribuían en los gastos. Lo suelta como si nada, pero tela
Casi una década antes había asumido que no podría vivir “ni en el centro, ni sola”. Y esto le lleva, admite, a convivir con novios con los que no lo hubiera hecho si no fuera porque, de una u otra manera, contribuían en los gastos. Lo suelta como si nada, pero tela.
Si La Sagrera resiste, los otros dos barrios del soleado paseo mañanero, ya no son lo que eran. Ni la atractiva y céntrica Gràcia (con rentas familiares por encima de la media de Barcelona, gentrificada nivel XXL y con migrantes blancos que hablan inglés como banda sonora), pero que todavía puede presumir de una potente red vecinal capaz de decir ‘no pasarán’ al fondo de inversión que hace dos semanas quería desahuciar a Txema Escorsa para trocear su piso y forrarse alquilando habitaciones a casi 1.000 euros. Tampoco es lo que era la Sagrada Familia. “Ahora no podría vivir aquí”, dice Ramis en el portal desde donde se ve el templo, pasan hordas de turistas y solo resiste un comercio local en 200 metros de acera. Cuando fue vecina del barrio (2010-2013), “los turistas no pasaban de allí”, señala el estricto entorno de una basílica que el año pasado recibió casi cinco millones de visitantes. En el libro vuelve allí y solo la enumeración de los cambios de los comercios en la manzana ya visualiza la mutación que ha vivido la ciudad. “Ahora hay una tetería, un restaurante chino, uno de pinchos vascos, uno de sushi, otro especializado en arroces, otro de kebabs”. La lista continúa y algo sigue allí: “La misma oficina bancaria donde querían que me hipotecara hace quince años”.

Del impacto del turismo sabe bien la escritora mallorquina. El relato que dedica al grosero extractivismo que se ha practicado en la isla y “los paraísos perdidos” es tremendo. Como lo fue para su familia la venta de Can Garruví, la casa de campo de sus abuelos. “Heredamos, con las casas, el eco de todos sus fantasmas”, escribió en su anterior autoficción. Ya no podría escuchar aquel sonido que la ataba a su familia y a su tierra. Hoy es un alquiler turístico, vallada, con piscina y nombre hortera, de los que te ponen de mal humor. “La pérdida de Can Garruví fue supertraumática, pero mis abuelos tenían derecho a venderla, era su casa”, suspira sobre el pedazo de cielo donde pasó los veranos de la infancia, la casa que convirtió en mito de una Mallorca perdida en Las posesiones.
En su nuevo libro, que en pocos meses Anagrama publicará en catalán, el recorrido de Ramis piso a piso también transita por estancias breves (y sin mudanza) en París y Buenos Aires. Y no hace más que constatar que, en distintos estadios, el drama de la vivienda es un fenómeno global. En la capital francesa, desde un antiguo cuarto de criada de ocho metros cuadrados piensa: “La ciudad te expulsa”. En Buenos Aires, aunque con un océano en medio, le estalla en la cara la gentrificación, aupada por la llegada de perfiles como el suyo. Y también le impresiona el sinhogarismo, del que habla en Barcelona. “Hay quien dice que no es para tanto. ¡Claro que es para tanto! Parecen situaciones extremas, pero nos puede pasar a todos si nos quedamos sin red”. La metáfora del sin techo de Gràcia que se queda sin cajero donde dormir al cerrar la oficina bancaria en plena crisis es una potente viñeta de la historia.
Para aportar contexto sobre el mercado inmobiliario y su evolución Ramis cita a expertos, economistas, antropólogos o investigadores con nombre y apellidos: José Mansilla, Jorge Dioni, Jaime Palomera, José García Montalvo, Fernando Caballero o David Harvey. Repasa el “milagro español”, el impulso institucional al “país de propietarios”, la cultura del pelotazo, cita ministros españoles, sus legislaciones en materia de vivienda y su larga resaca, cuenta el estallido de la burbuja, el rescate bancario, la respuesta de la PAH, el rentismo, el precariado, la importancia de los portales y el algoritmo, la irrupción de los fondos de inversión, la reiterada transferencia de dinero público al sector inmobiliario… Y recurre también a las explicaciones de El Inversor, sin nombre pero con mayúsculas: “Me sirvió para comprobar que tenemos una relación muy distinta con las casas si vivimos en ellas o si hacemos negocio con ellas”. “Me cuesta mucho entenderlo; y él a mí no me entendía”, admite.
Ramis señala que el libro no busca dar soluciones, sino “mostrar la complejidad del problema y poner en valor el trabajo periodístico y de las investigaciones sobre la vivienda”
Ramis señala que el libro no busca dar soluciones, sino “mostrar la complejidad del problema y poner en valor el trabajo periodístico y de las investigaciones sobre la vivienda”. Sobre los políticos y las decisiones políticas, la escritora valora: “Persisten en el error de reproducir el modelo que nos ha llevado adonde estamos”. “Hacer propietarios crea votantes, y permitir que los propietarios puedan hacer negocio también crea votantes. Por eso mantienen la propiedad en el centro y no la vivienda. Pero ¿qué tipo de solución es hipotecar a la gente a 30 años?”, pregunta.
En el relato, la protagonista también observa a sus amigos comprar. Pero ella no tiene ahorros, no llega a la entrada. Hasta que se obsesiona y decide hacerlo. Una paradoja, porque desde el inicio admite que comprar no era su intención. Primero no querer, luego no poder, asumirlo a regañadientes y al fin, respirar resignado pero aliviado: “No lo hubiera hecho si no me hubieran empujado, ¿qué alternativa tenía a la hipoteca? La alternativa es la angustia del inquilino”, suelta Ramis. Y matiza: “O sea, angustia menos endeudarte a 30 años, que no saber si te renovarán el contrato de alquiler ni por qué precio. Porque si no puedes asumirlo, no es que tengas que cambiar de casa, es que tampoco hay alternativas: igual tendrás que cambiar de barrio y de ciudad, aunque tu vida, tu entorno, tu gente (todo con lo que has establecido un vínculo) estén allí”.

De piso en piso, viajamos también de casero a casero. Otro temazo, los propietarios. Como la frase “tengo suerte, tengo un casero bueno”. “Tener un buen casero no puede depender de la suerte, porque se acabará convirtiendo en un privilegio, cuando es un derecho. Además, esta suerte no evita que los precios sean inasumibles para la población con rentas medias: hemos normalizado que 900 euros es barato, cuando es un pastón”, sentencia.
En Un metro cuadrado hay momentos luminosos. Esa cosa que tiene Barcelona de que todos nos conocemos, que la regla de que solo nos separan siete personas de los otros se reduce a una y media. En el libro, a Ramis le ocurre varias veces que al revisitar los pisos donde vivió se topa con que los habitan conocidos o amigos de amigos. Durante el paseo de la mañana soleada, Ramis, quien esto escribe y el fotógrafo nos saludamos con seis personas. También están los comercios que resisten, como la librería infantil Casa Anita, que aguanta en una calle donde Ramis vio cerrar negocios familiares. Aparecen también los vecinos que te prestan un huevo que te salva la cena, o suben a regar las plantas en verano. O la bonita idea de que somos las casas que hemos habitado, pero también las que no: las que hemos visto buscando piso, las de nuestros amigos, familiares, las que admiramos y las que pensamos en el privilegio que tenemos de no habitar. “Somos memoria de los lugares que habitamos: ciudades, barrios. Igual la dignidad del derecho de tener una vivienda pasa porque no te expulsen del lugar donde está tu vida”, sugiere.
Dos ideas más. Una: la implacable respuesta que la inteligencia artificial da a Ramis cuando le pregunta si es factible que un barcelonés viva en un piso donde vivió. Qué miedo. La escritora advierte de que “el algoritmo refuerza las hegemonías”. Pues estamos listos. Dos: una de las dedicatorias del libro de la escritora: “A los que no saben dónde vivirán el año que viene”.
EL PAÍS















