Maryam Madjidi tenía seis años cuando su familia abandonó Teherán y se instaló inicialmente en una banlieue parisina para después asentarse en Drancy, a 15 kilómetros de la capital. Hija de padres comunistas, su paso a la vida adulta estuvo marcado por ese exilio, la ausencia de referentes persas y el ansia por convertirse en una chica tan blanca y parisina como las que veía fumando en el centro. Si el borrado de identidad en su niñez fue ficcionado en Marx y la muñeca (minúscula), que le valió el Premio Goncourt a la primera novela en 2017 y el Premio Etonnants voyageurs; la escritora novela ahora las vivencias y emociones de su umbral adolescente para construir un potente artefacto político a través de la autobiografía.
Maryam Madjidi tenía seis años cuando su familia abandonó Teherán y se instaló inicialmente en una banlieue parisina para después asentarse en Drancy, a 15 kilómetros de la capital. Hija de padres comunistas, su paso a la vida adulta estuvo marcado por ese exilio, la ausencia de referentes persas y el ansia por convertirse en una chica tan blanca y parisina como las que veía fumando en el centro. Si el borrado de identidad en su niñez fue ficcionado en Marx y la muñeca (minúscula), que le valió el Premio Goncourt a la primera novela en 2017 y el Premio Etonnants voyageurs; la escritora novela ahora las vivencias y emociones de su umbral adolescente para construir un potente artefacto político a través de la autobiografía. Seguir leyendo
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia
La que fuese ganadora del Goncourt novela su adolescencia en el extrarradio parisino para construir un artefacto político a través de la autoficción


Maryam Madjidi tenía seis años cuando su familia abandonó Teherán y se instaló inicialmente en una banlieue parisina para después asentarse en Drancy, a 15 kilómetros de la capital. Hija de padres comunistas, su paso a la vida adulta estuvo marcado por ese exilio, la ausencia de referentes persas y el ansia por convertirse en una chica tan blanca y parisina como las que veía fumando en el centro. Si el borrado de identidad en su niñez fue ficcionado en Marx y la muñeca (minúscula), que le valió el Premio Goncourt a la primera novela en 2017 y el Premio Etonnants voyageurs; la escritora novela ahora las vivencias y emociones de su umbral adolescente para construir un potente artefacto político a través de la autobiografía.
Con traducción Palmira Feixas para minúscula, La edad ridícula es una novela de iniciación que revive en primera persona la explosión hormonal e intelectual, entre los 14 y los 16 años, de una iraní exiliada en la periferia parisina. Un viaje de la memoria para hacer las paces con el asco que tuvo hacia sí misma, la vergüenza por ser hija de la mano de obra más barata de París y el imperativo de excelencia que marcó su trance a la vida adulta. Con un estilo directo más cómico que trágico, Madjidi solo ejercita la mirada analítica en fragmentos en cursiva entre capítulos, episodios más líricos e intelectualizados en los que nos encontramos no con el recuerdo sobre la niña ficcionada, sino con la voz de la escritora adulta en la que se ha convertido.
Todo empieza con una chavala fea, uniceja y con el pelo ensortijado que, ante la falta de iguales en las que reflejarse, libra auténticas batallas por intentar parecerse a las parisinas, italianas, españolas… cualquiera menos una persa. Alimentada de autoodio, disciplinará su cuerpo y mente para alcanzar un supuesto estado de pureza superior. De las dos guerras saldrá derrotada y escarmentada, pero mucho más fuerte y sabia. Influida por la belleza de Claudia Schiffer y Kylie Minogue, que forran las paredes de su cuarto, le saldrán costras en la cabeza por abrasarse con un alisado permanente para asemejarse a Brenda de Sensación de Vivir. En primaria ya la apodan “mujer con bigote” y, para enmendarlo, acudirá a su médico rogando por una receta de Androcur, el medicamento de los andróginos para erradicar el vello de su cuerpo. Envuelta por el tedio de un barrio muerto y cargado de personajes más miserables que los de Victor Hugo o los de La taberna de Zola, leerá, leerá y leerá, desde Azouz Begag a Maupassant, para construir un puente mágico que la libre de acabar allí como ellos: el milagro de la educación. Pasará las tardes en la biblioteca de su barrio y allí descubrirá una frase de Simone de Beauvoir que se erigirá en talismán vital: “Construiré una fuerza en la que me refugiaré para siempre”. Tardará un par de años en toparse con el chasco. Una puede ser la más lista de Drancy, pero estudiar en determinado código postal, más que empuje, te puede encerrar “en un espacio geográfico que reproduce la miseria y el fracaso”.
Para buena parte de la crítica La edad ridícula quedará relegada únicamente a la estantería de las narrativas periféricas. Se equivocan. Si el genial, marciano y aristócrata Léxico familiar de Natalia Ginzburg pudo ocupar el canon de la memoria personal femenina para explicar su era, ¿qué nos impide colocar a Madjidi en ese lugar para narrar la suya? ¿Por qué arrinconarla? Decía Tsitsi Dangaremgba, otra exiliada a su pesar, que las historias negadas de centralidad lo son porque suelen nacer de lo íntimo de las que nunca se vieron como protagonistas. De las que no fueron Ginzburg. Puede que las hijas de la diáspora ya ni esperen ni necesiten la condescendencia de la vieja crítica tradicional. Lo sabe hasta la protagonista de esta novela: “El pastel de la élite era francamente indigesto. No volvería a comer. El ascensor social al que había subido me daba vértigo y arcadas. No volvería a cogerlo”. Quizá el poder de La edad ridícula radique en la posibilidad de rechazar el binarismo reduccionista de la asimilación política o la exaltación hipócrita de los orígenes. Ni francesa ni persa: distinta.
Tras vivir en Estambul, Pekín y viajar por todo el mundo, no sorprende que Madjidi ahora sea profesora y haya vuelto a ese punto de partida del que siempre quiso huir. “Os escribo desde Drancy. Es una ciudad que no aparenta nada, que no hace soñar a nadie, pero aquí está mi casa”. Suya es la odisea de quien corrió tan lejos como para saber que los dados de la partida siempre estarán trucados sin importar el lugar y, aún así, regresa al punto de partida por la convicción de poder romper con esa profecía autocumplida. Su voz ni es margen ni cuneta, es pura resistencia.
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