Después de 93 años, la empresa Pagés merecía de los maestrantes algo más que silencio en la hora del adiós; quienes ostentan títulos nobiliarios deben comportarse de manera honorable
Más de un aficionado se habrá sentido decepcionado, y con razón, por el contenido de la rueda de prensa que el flamante empresario de La Maestranza, José María Garzón, ofreció el pasado lunes para presentar las líneas fundamentales de la nueva etapa.
Decepcionado, sí, porque más allá del 10 por ciento de descuento para los abonados y la apertura de La Venta de Antequera para la exposición de varias corridas de la Feria de Abril, pocas ideas ofreció el nuevo gerente: el mismo número de festejos, los mismos toros (la novedad del debut de Álvaro Núñez no es una broma, lo dijo), los mismos precios…
También es mala suerte que cuando tienes la fortuna de hacer realidad el sueño de todo empresario taurino, el mago vestido de luces, el señor Morante, decida retirarse de los ruedos y te deje con las patitas colgando y la mirada perdida. Se entiende, es lógico, que Garzón viajara a Portugal y después a La Puebla en un intento desesperado por convencer al torero para que vuelva al albero sevillano, lo que no parece posible, al menos por el momento.
Claro que con Morante en activo, su genialidad a tope y la aureola que le adorna, los carteles de Sevilla son pan comido. No hace falta ser empresario con una amplia trayectoria a la espalda para colocar a Morante y dos más en cinco tardes y asegurar la taquilla y los beneficios.
Con Morante en activo, los carteles de Sevilla son pan comido; lo complicado es diseñar un atractivo abono de temporada con la veterana torería andante
Lo complicado, la papeleta seria, es diseñar un abono de temporada con la torería andante, cuajada de toreros que llevan más de media vida en el escalafón de matadores, con el tarro de esencias agotado y seco a estas alturas, y sin misterio alguno que decir, y una hornada de toreros jóvenes, válidos en su mayoría, pero desconocidos para ese gran público tan fiel y necesario como analfabeto que llena las plazas. Excluidos, eso sí, por la irresponsabilidad de la mayoría de los empresarios que ha preferido lo malo conocido, pero seguro hasta ahora, que lo bueno por conocer, imprescindible para ahormar el inmediato futuro.
Por otra parte, qué esperaba ese aficionado que se dice decepcionado con las primeras intenciones de Garzón. ¿Imaginaba, acaso, alguna iniciativa innovadora, sorprendente, revolucionaria? No. Si lo esperaba es que no conoce Sevilla.
Es verdad que el empresario carece de tiempo para plantear alguna iniciativa extraordinaria (los carteles del abono los presentará antes de que finalice febrero) pero sus propuestas, la de este año y las de los cuatro siguientes que dura su contrato, se parecerán como gotas de agua a los abonos de Pagés. ¿Por qué? Porque Sevilla es tradicional y torerista, poco amante de los cambios y enemiga de ideas modernas que vengan a romper el señorío, la elegancia, el silencio, la sensibilidad y la bondad infinita de un público generoso que prefiere el arte con becerros que hazañas con toros. Es decir, para que fuera posible una idea verdaderamente transformadora habría que cambiar la ciudad, sus habitantes y su alma, y eso no parece factible.

Además, la Real Maestranza de Caballería, propietaria de coso, solo exige al empresario carteles de categoría con las figuras del momento y los toros más apreciados del mercado. En otras palabras, los llamados carteles ‘remataos’, que decía Ramón Valencia.
Por cierto, ahora que se cita a la noble corporación sevillana es ocasión propicia para recordar el comunicado que emitió con motivo del cambio de empresa gestora de la plaza el sábado 22 de noviembre a las 14.04 de la tarde: “La Junta General de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla ha designado a don José María Garzón como empresario de la Plaza de Toros de Sevilla para los próximos cinco años”.
Ni una palabra más, ni una sola mención a la empresa Pagés. Y así, hasta hoy. Silencio absoluto.
Ha tenido que ser el propio José María Garzón quien en la rueda de prensa del lunes recordara a la anterior empresa con una honrosa mención: “No se reconocería la historia de La Maestranza sin los 93 años de Pagés”.
Así es. Mucho tiempo en el que, con momentos felices y otros no tanto, como en cualquier pareja, la corporación y la empresa han trabajado juntas en beneficio de la tauromaquia y Sevilla.
Por muy dura que haya sido la ruptura, por mucho dolor que abrigaran los maestrantes por las demandas judiciales de Ramón Valencia, cabeza visible de Pagés, esta empresa merecía algo más que un siniestro silencio.
Siniestro, sí, deplorable e injusto, porque, primero, lo cortés no quita lo valiente, y, segundo, porque la Real Maestranza de Caballería de Sevilla presume de una nobleza, de un señorío y una hidalguía que, en esta ocasión, han quedado seriamente en entredicho.
La Real Maestranza de Caballería presume de una nobleza, un señorío y una hidalguía que han quedado seriamente en entredicho
Sabido es que quienes ostentan títulos nobiliarios deben comportarse de manera honorable; ser noble no solo implica disfrutar de ciertos privilegios, sino también asumir responsabilidades morales y sociales.
Es evidente que los maestrantes se han equivocado. Los buenos modales nunca se deben perder, máxime si proceden de hombres y mujeres ‘católicos, apostólicos y romanos, monárquicos, de ascendencia nobiliaria y personas ejemplares’, condiciones exigidas para ser miembro de la real corporación.
Pagés merecía algo más, aunque solo fuera por respeto a tantos años de trabajo en común. Algo bueno habrá hecho la empresa para tan larga y fructífera colaboración.
En fin, que nadie está exento de cometer errores; el empresario Ramón Valencia, con dos demandas judiciales que han dado la razón a los propietarios de la plaza pero que acongojaron a todos los nobles sevillanos (Pagés les pedía nada menos de 6 millones de euros en concepto de IVA); y los maestrantes, con una actitud inadecuada de personas a las que se les presume de educada crianza.
En dos palabras, una papeleta seria es la del nuevo gestor; de sus combinaciones de toros y toreros dependerán las colas en las taquillas y el beneficio de la Real Maestranza.
A propósito, tampoco José María Garzón ha recibido felicitaciones públicas ni buenos deseos de sus caseros. Vamos, que con este asunto la Real Maestranza no se ha cubierto de gloria, precisamente, Que no se entere Su Majestad el Rey, que es el Hermano Mayor de la Corporación…
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Más de un aficionado se habrá sentido decepcionado, y con razón, por el contenido de la rueda de prensa que el flamante empresario de La Maestranza, José María Garzón, ofreció el pasado lunes para presentar las líneas fundamentales de la nueva etapa.















