La intérprete canaria, que estrena ‘Mi querida señorita’, habla sobre su activismo (“ser trans no es lo único que me define”), su carrera (“mis miedos se disipan cuando me enfrento al vacío”) y Los Javis (“La bola negra’ es lo mejor que he visto nunca”)
Mi querida señorita, de Jaime de Armiñán, fue un tiro. Por la época (1972), por el asunto (la intersexualidad), por la calidad de la película (nominada a los Oscar como mejor película extranjera). Y José Luis López Vázquez, la querida señorita Adela, hizo uno de los papeles de su vida. Ahora Fernando G. Molina dirige, con guión de Alana S. Portero, autora de uno de los grandes libros de 2023, La mala costumbre, un remake (¿actualización, más bien?) con la producción de Javier Calvo y Javier Ambrossi detrás. En el reparto está Lola Rodríguez (Santa Brígida, Las Palmas, 27 años) que hace de una madre joven que vive en un piso compartido LGTBI en el Madrid de principios de los 2000.
Pregunta. ¿Se sintió cómoda en el papel?
Respuesta. Es un personaje muy divertido, más ligero de lo que solía hacer. Sin tanto drama, más cómico. Fue muy guay encarnar a una madre joven a principios de los 2000 en Madrid, en un piso LGTBI, de gente abierta, donde se habla del sexo, donde se habla de la libertad.
P. ¿Se parece un poco a su vida?
R. Soy madre, pero de un gato. Eso sí, me sentí muy cómoda. Conecto mucho con el personaje por la parte más vital, la parte de no juzgar, de tener siempre un hombro para tu amiga o tu amigo. Eso lo valoro. También me gustó encarnar la maternidad, esa frescura y esa especie de doble vida, de cuidar y a la vez tener un poco de locura alrededor.
P. Cuando mira hacia atrás, al éxito que le supuso tan joven Veneno, el reconocimiento por la calle, la presión extra…, ¿qué parte de usted reconoce y cuál le resulta ajena?
R. Sigue estando el amor por la profesión. Pero es verdad que ahí tenía mucho miedo: a que todo fuese volátil, a que mi carrera se acabase ahí, a que fuese solo una suerte. Ahora lo veo como el resultado de un esfuerzo. De hecho, cuantos menos proyectos he tenido es cuando más actriz me he sentido. Todos esos miedos se han ido disipando al enfrentarme al vacío.
P. Actuó siempre.
R. Con cuatro años reunía a mi familia para hacer actuaciones. Siempre he tenido la necesidad de expresarme, de tener un poco de atención cuando era pequeña. Empecé con ballet muy pequeñita y a los nueve años descubrí el teatro en una sala muy pequeña de mi pueblo. Ahí me enamoré. Desde entonces no he parado. Fue gracias a Veneno cuando vi que podía dedicarme a esto. Antes pensaba que no había hueco.
P. ¿Cuál fue su primer papel?
R. La hermanastra de Cenicienta. Se llamaba Cordelia y tenía un monólogo sobre la belleza. Me lo tomaba muy en serio. Mi familia siempre me ha apoyado: me aplaudía en la cocina y en el teatro.
P. Usted es trans. Inició el proceso a los 13 años. Ha tenido papeles y dado muchas entrevistas acerca de los derechos de las personas trans. ¿Le incomoda más que se espere de usted siempre un discurso activista o que se dé por hecho que ya no necesita darlo?
R. Que tenga que repetir el mismo discurso todo el rato. Siempre los titulares van en torno a ser trans. Estoy orgullosa de lo que soy, pero ser trans no es lo único que define a una persona. Quiero ser actriz antes que ser trans. No soy una activista política que tenga que abanderar todo el tiempo. También tengo 27 años, me enamoro, me mudo…, hay muchas cosas que forman parte de mi vida.
P. ¿Siente que la industria le ofrece papeles más complejos?
R. No, la verdad. He tenido pocos castings estos años. Esta última película no va de un personaje trans. Pero todavía no se me han propuesto muchos papeles fuera de eso. Aun así, estoy orgullosa de mi trabajo. Creo que todavía hay barreras que romper, pero no tengo prisa.
P. Veneno le dio mucha visibilidad, pero también pudo encasillarla.
R. Puede ser, pero todo es bienvenido. No siento que sea solo conmigo, sino algo de la industria, que es más esquemática a la hora de imaginar personajes.
P. ¿La visibilidad le ha dado libertad o presión?
R. Muchísima libertad. Ya no tengo que sentir vergüenza. Antes parecía que lo correcto era callarse. Ahora siento que mi historia puede ser protagonista, y eso es precioso.
P. Las críticas.
R. Las he recibido de todo tipo, también descalificadoras y personales, pero estoy acostumbrada desde pequeña al bullying. En el colegio, en el instituto, en todas partes. Crecí con muchos mensajes negativos, y a diferencia de entonces, ahora tengo herramientas para que no me afecte. No hay nada nuevo que me puedan decir.
P. Vio Amarga Navidad, entiendo.
R. Almodóvar fue quien me hizo querer ser actriz. Todo sobre mi madre, Volver… son películas que cuando las vi de pequeña me volvieron loca.
P. La importancia de contar historias.
R. La empatía es lo que mejor nos viene como sociedad. Lo vi mucho con Veneno: de repente había gente muy distinta, incluso en entornos conservadores, que conectaba con la historia. Eso es lo que me encanta de mi profesión: a través de las historias puedes conectar con la humanidad de otras personas. También creo que las historias pueden contarse de muchas formas, no tienen por qué ser siempre “bonitas”. Pero sí hay algo muy poderoso en generar conexión.
P. Los Javis.
R. No sé si lo puedo contar. Pero ya he visto La bola negra. Es lo mejor que he visto en mi vida. Es sublime. Son ellos, es su esencia pura en todo lo que hacen.
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Mi querida señorita, de Jaime de Armiñán, fue un tiro. Por la época (1972), por el asunto (la intersexualidad), por la calidad de la película (nominada a los Oscar como mejor película extranjera). Y José Luis López Vázquez, la querida señorita Adela, hizo uno de los papeles de su vida. Ahora Fernando G. Molina dirige, con guión de Alana S. Portero, autora de uno de los grandes libros de 2023, La mala costumbre, un remake (¿actualización, más bien?) con la producción de Javier Calvo y Javier Ambrossi detrás. En el reparto está Lola Rodríguez (Santa Brígida, Las Palmas, 27 años) que hace de una madre joven que vive en un piso compartido LGTBI en el Madrid de principios de los 2000.













