El escritor vuelve a mezclar realidad y ficción en su nueva novela, ‘Islandia’, en la que convierte en literatura la experiencia de su divorcio de la escritora Ana Merino
Al noroeste de Madrid la ciudad sufre una arritmia urbanística. En medio de un barrio de toda la vida han surgido dos rascacielos, imponentes y modernos, desde cuya azotea se divisa cómo Madrid se va apagando hacia la A-6: la Dehesa de la Villa, Pozuelo, el Valle de los Caídos, Guadarrama. Son dos edificios modernísimos, de esos en los que los ascensores no tienen botones: pulsas en una tableta de la planta baja el piso al que quieres subir y ya te llevan solos. A la parte más alta se acaba de mudar un escritor, y si su piso parece de soltero es porque la forma encaja con el fondo: el escritor que vive en él se ha quedado soltero hace poco, y sobre la ruptura de su matrimonio trata su última novela, Islandia (Destino).
“Tengo que aprender a vivir solo de nuevo”, cuenta Manuel Vilas (Barbastro, 63 años), que ordena la mesa del salón y enseña orgulloso su despacho: es una de las esquinas del edificio, con enormes ventanales al frente y a la derecha desde donde se ve la ciudad. “Si no escribes una buena novela con estas vistas, estás perdido como escritor”, ríe. Como en Ordesa, como en Alegría (finalista del Premio Planeta), Vilas vuelve a explorar la realidad a través de la ficción, en este caso el divorcio de su mujer, que en el libro se llama Ada. En la vida real se llama Ana (Merino, también escritora) y en el tenso hilo que une realidad y ficción se desarrolla la trama.
Pregunta. Lo primero es lo primero: Ordesa, Alegría, Islandia… ¿De dónde nace esa forma de escribir tan ligada a la experiencia personal?
Respuesta. Bueno, en mi cabeza conviven dos figuras. Por un lado está el ciudadano Manuel Vilas, pero por otro lado está el escritor, que vive dentro de mí y que está permanentemente al acecho de lo que le ocurre a ese ciudadano. Cuando en la vida aparecen acontecimientos importantes —cataclismos, dilemas morales— el escritor se apropia de ellos; se los lleva y los transforma en literatura.
P. Hay una idea de Borges que explica ese mecanismo: decía algo así como que él se dejaba vivir para que el otro, el escritor, pudiera tramar su literatura.
R. Yo siento algo parecido: me dejo vivir para que el escritor que hay dentro de mí recoja todo aquello que puede convertirse en relato. En cuanto se produce ese paso, cuando aparece el narrador, ya no estamos ante la vida pura, sino ante una subjetividad literaria que empieza a reorganizar los hechos. Los hechos son reales, pero el narrador los mueve hacia donde le interesa. Ahí se abre esa zona compleja entre realidad y ficción que en la literatura lleva décadas explorándose.
P. ¿Pero no se estaba cansando el mundo de la autoficción?
R. Yo creo que en la literatura contemporánea el conflicto entre realidad y ficción es central. Hay críticos que defienden la ficción pura, el modelo clásico de la novela, y consideran que estos caminos son una especie de herejía. Pero la literatura siempre ha evolucionado así. Lo que ha cambiado, en realidad, es el pacto entre lector y novela. Sigue habiendo ficción pura, novela de género, novela negra o fantasía, que tiene millones de lectores. Pero también existe otro territorio donde la vida del escritor entra en el libro de manera directa. A mí el término autoficción me parece impreciso. Lo que realmente ocurre es que se da otra vuelta de tuerca a la relación entre vida y literatura, algo que ya intuía Cervantes.
P. En la novela aparece una frase que desencadena todo: “Ya no estoy enamorada de ti”. ¿Es la frase más cruel que puede escuchar alguien?
R. Cuando escuchas esa frase por primera vez, en la vida real, es un cataclismo. Cuando me la dijeron pensé que no iba a salir de ahí. Era una situación muy dura y además ya venía de otro matrimonio anterior, así que la sensación era que aquello podía ser definitivo. Sin embargo, cuando esa frase pasa a la novela ocurre algo distinto. El narrador empieza a rumiarla, a darle vueltas desde un punto de vista literario. Entonces sucede algo curioso. Acaba entendiendo que quien pronuncia esa frase lo hace desde una honestidad absoluta. Es una frase devastadora, sí, pero también profundamente sincera. Y esa sinceridad la convierte en algo irreprochable. El narrador termina viendo en ella una forma de bondad. De hecho, acaba volviendo a enamorarse todavía más de la persona que se la ha dicho porque reconoce en ese gesto una honestidad total. La novela está llena de ese tipo de reflexión. Sara Mesa, cuando leyó el manuscrito, me dijo que era una “prosa rumiante”. Me pareció una definición muy acertada, porque el texto vuelve una y otra vez sobre los mismos momentos. Hay algo obsesivo en ese proceso, pero también muy humano. Cuando alguien atraviesa una ruptura amorosa, su mente funciona así, en bucle.
P. En un libro como este surge inevitablemente una pregunta: ¿hasta qué punto es ético contar la vida de otra persona? ¿Dónde están los límites?
R. Es una cuestión importante y yo la tuve muy presente. De hecho, la novela es en cierto modo una novela pactada. Yo hablé con Ana antes de publicar el libro. Empecé a escribirlo casi como una terapia, pero en cuanto el texto empezó a tomar forma le conté qué estaba haciendo y qué cosas pensaba incluir. Las cuestiones íntimas sí las comenté con ella. Le decía: voy a contar esto, voy a contar aquello. Y a veces se sorprendía, claro. Me preguntaba: “¿También vas a contar eso?”. Y yo le decía que sí, porque formaba parte de la historia. En un momento dado ella me dijo algo muy interesante. Me dijo: “Ese personaje que estás creando no soy yo”. Y tenía razón. A partir de ahí entendimos los dos que lo que aparece en la novela es un personaje literario inspirado en ella, pero que no es ella. Además ella es escritora, así que comprende muy bien el mecanismo narrativo. Sabe que cuando la vida entra en una novela sufre una transformación inevitable. La literatura manipula la realidad, la reorganiza, la convierte en otra cosa. Por eso el personaje del libro se llama Ada y no Ana. Es una señal de que estamos ante una creación narrativa. Puede tener un origen en la realidad, pero pertenece al territorio de la ficción.
P. Aun así, la novela entra en momentos muy íntimos de la relación. ¿Existía la tentación de ajustar cuentas?
R. No, realmente no. Lo que sí existe es enfado. El narrador está enfadado porque lo han dejado. Eso es humano. Pero no hay un deseo de ajustar cuentas. De hecho, cuando el narrador intenta ponerse malvado, no lo consigue. Lo intenta durante un momento, pero enseguida se da cuenta de que no puede hacerlo porque la persona que tiene delante ha actuado de manera impecable. Eso lo deja todavía más desarmado. Y también más enamorado. El problema real del narrador es que sigue profundamente enamorado de ella. Su enfado nace precisamente de ese amor que todavía existe.

P. “EE UU nos dio nuestra relación, España nos la jodió”. ¿Qué papel juega ese país en el recuerdo de la relación?
R. Nuestra historia de amor nació y alcanzó su plenitud allí. La vida americana tenía entonces un carácter muy celebratorio: era un país que parecía festejar constantemente la vida. Esa energía, esa euforia, encajaba perfectamente con el momento amoroso que estábamos viviendo. Recuerdo los viajes por el Midwest, los hoteles al lado de los casinos, entrar a las tres de la mañana en esos lugares llenos de gente extraña. Para un escritor era como estar dentro de un decorado lleno de historias. Veías a un hombre fumando en una máquina tragaperras y pensabas que allí había cuarenta novelas posibles. Era una explosión de vida permanente. Todo formaba parte de un paisaje vital muy intenso. Cuando se produce la ruptura, la memoria se lanza inmediatamente hacia esos recuerdos para intentar salvarlos. Eran momentos de una euforia absoluta. Con el paso del tiempo uno se da cuenta de algo inquietante: quizá aquellos fueron los mejores momentos de su vida. Esa sospecha inevitablemente genera melancolía. Pero al mismo tiempo también hay una sensación de gratitud, porque al menos esos momentos existieron.
P. ¿Cómo es volver a la vida en solitario después de tantos años?
R. Fue duro. Lo más difícil es que desaparece la conversación cotidiana. Puedes seguir hablando por teléfono con la otra persona, pero la conversación compartida, esa que se produce todos los días con una complicidad enorme, deja de existir. Y eso cambia completamente la vida. En realidad, lo que cambia es algo muy sencillo y muy profundo: se pasa del “nosotros” al “yo”. Ese cambio gramatical refleja un cambio existencial. El “nosotros” es una forma de vida muy rica. Cuando desaparece, todo se convierte en una serie de acciones solitarias: yo cocino, yo hago café, yo veo una película, yo salgo a comprar. Para mí ese mundo del “yo” resulta bastante inhóspito.
P. En la novela, sin embargo, también hay una dimensión de comedia romántica.
R. Porque el personaje de Ada quiere que el divorcio sea casi una comedia al estilo de Woody Allen. Habla todo el tiempo de hacer una “separación a la nórdica”, algo civilizado y elegante. En las películas de Woody Allen la gente se divorcia casi como si fuera a tomar un café. En España, en cambio, el divorcio suele ser algo mucho más dramático y pasional.
P. Al final del libro se olvida de la historia real e introduce proyecciones hacia el futuro con escenas más locas: su entierro, una cita a cuatro con Ada y sus respectivas parejas, usted como jurado del Premio Planeta que gana Ana…
R. Sí, hay un aire muy cervantino en esas escenas. Las quería desatadas, imaginativas, abiertas. ¿Por qué las metí? Pues porque no quería que toda la historia quedara únicamente en la voz del narrador. Quería abrir la perspectiva y mostrar otras posibilidades. Pero reflejan algo muy habitual cuando una pareja se separa: preguntarse cómo estará el otro dentro de unos años, cómo será el futuro de ambos. Y quería que el lector viera todas esas posibilidades que pasan por la mente de alguien que se divorcia.
P. A pesar de la ruptura, la novela termina siendo una defensa del amor. ¿Era esa su intención desde el principio?
R. Sí. Es una novela que nace del amor y vuelve al amor. Ese era el fundamento moral del libro. Si he entrado en zonas íntimas de la vida ha sido para defender el amor, no para destruirlo. Yo todavía creo en el amor. Si la novela hubiera sido un ejercicio de rencor o de ajuste de cuentas, no la habría escrito. El amor no es una cosa pura y perfecta; tiene fricciones, desencuentros, momentos de oscuridad. Pero incluso esas zonas forman parte de la experiencia amorosa. Algo parecido ocurrió con Ordesa, el libro que escribí sobre mis padres. Mucha gente me preguntaba qué derecho tenía a contar su vida. Yo respondía siempre lo mismo: el derecho que me da el amor. Escribí ese libro porque quería profundamente a mi padre y a mi madre. En el fondo yo me veo a mí mismo como alguien que escribe en defensa de la vida. Eso implica arriesgarse, pero esta novela solo podía escribirse en el momento en que ocurrió todo, durante el propio proceso de divorcio. Si hubiera esperado unos años, ya no habría sido posible. Al final la literatura tiene también una dimensión social. Puede iluminar experiencias que muchas personas han vivido pero que quizá no han puesto en palabras. En ese sentido el libro también tiene algo de pedagogía: mostrar que una pareja puede separarse y pasar del amor romántico al amor de la amistad. En nuestro caso eso ha sido posible. Seguimos hablando, seguimos siendo amigos y seguimos siendo familia. La novela termina cerrando un círculo: empieza con el dolor de una ruptura y acaba regresando al amor, aunque sea en otra forma. Y ese regreso es, en realidad, el sentido profundo de todo el libro.
Feed MRSS-S Noticias

Al noroeste de Madrid la ciudad sufre una arritmia urbanística. En medio de un barrio de toda la vida han surgido dos rascacielos, imponentes y modernos, desde cuya azotea se divisa cómo Madrid se va apagando hacia la A-6: la Dehesa de la Villa, Pozuelo, el Valle de los Caídos, Guadarrama. Son dos edificios modernísimos, de esos en los que los ascensores no tienen botones: pulsas en una tableta de la planta baja el piso al que quieres subir y ya te llevan solos. A la parte más alta se acaba de mudar un escritor, y si su piso parece de soltero es porque la forma encaja con el fondo: el escritor que vive en él se ha quedado soltero hace poco, y sobre la ruptura de su matrimonio trata su última novela, Islandia (Destino).














