Mayra Santos-Febres, catedrática y escritora: “¿Qué habría sido de mí sin la esclavización, sin la colonización?”

A la escritora y académica boricua Mayra Santos-Febres (Carolina, 60 años) le gustaría que la presentaran ante aquellos que no están familiarizados con su prolífica trayectoria, como “una negra que escribe”.

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 En Nueva York con motivo de la FILNYC, la autora de ‘La otra Julia’ reflexiona sobre las contradicciones del feminismo actual y su labor para recuperar la historia de la diáspora africana en español  

A la escritora y académica boricua Mayra Santos-Febres (Carolina, 60 años) le gustaría que la presentaran ante aquellos que no están familiarizados con su prolífica trayectoria, como “una negra que escribe”.

Así ha titulado su último libro —Negras que escriben (Trabalis Editores)—, un poemario que rinde homenaje a mujeres afrodescendientes, vivas y muertas, que desafiaron las convenciones sociales a través de la cultura y el pensamiento, y entre las que se incluyen Josephine Baker, Billie Holiday, Maryse Condé, Conceição Evaristo y Susana Baca.

Lo cuenta sonriente, en el vestíbulo del hotel Fairfield by Marriott, que está situado junto al Central Park y muy cerca del John Jay College, donde esta semana se celebra la Feria del Libro de Nueva York (FILNYC) para la que ha venido. Es una mañana luminosa de otoño y ha aparcado en la mesa su desayuno, un té y un bol de fruta. Lleva los labios pintados de rojo y cuelgan de su cuello tres amuletos: una garra de león, una mano de azabache de protección y un mapa de Puerto Rico.

Catedrática en la Universidad de Puerto Rico, donde imparte escritura creativa y desarrolla investigaciones sobre literatura caribeña, afrodescendencia y estudios de género, Santos-Febres decidió no victimizarse, aunque su historia arrastra drama como tantas otras vidas. Su único hermano apareció muerto en un pastizal a los 36 años, por una sobredosis; su madre murió de alzhéimer a los 68 años y ella crió sola a sus dos hijos (Lucian, 21 años, y Aidara, de 19) sola, lo que no le impidió seguir desarrollando su carrera intelectual.

En su novela La otra Julia (Vintage Español, 2024) habla de lo difícil que resulta esa conciliación entre lo personal y lo laboral. “No se suele hablar del desbalance que se produce en la vida de las cuidadoras, ni de nuestros más de 100 años de pelea para que a las mujeres se nos incluya dentro del espacio público. El proceso del cuidado siempre recae en nosotras”, explica.

La escritora, ganadora del premio Juan Rulfo, de una beca Guggenheim y otra del Rockefeller Bellagio Center Residency, finalista tanto del Premio Rómulo Gallegos como del Primavera de novela, entre otros reconocimientos, se ha negado siempre a “esclavizar a otra mujer” para que ejerciera de niñera mientras ella se dedicaba “a ser profesora o intelectual”.

Según cuenta, siempre abordó la crianza y la domesticidad con mucha conciencia política, y señala que dos de sus tres divorcios se produjeron por tratar de negociar con sus parejas (sus hijos son de distinto padre) el reparto equitativo de tareas. Pero aclara sin drama, sonriendo, que le encanta divorciarse, que los divorcios son “una gran herramienta de crecimiento y de protección de los saberes acumulados” y que se ha casado cuatro veces “por la fiesta, por la ritualización, por lo que enraiza, por la materialización de promesas”. De hecho, vive muy enamorada de su actual marido.

Sin embargo, Santos-Febres afirma haber salido adelante gracias a sus primas, abuelas y comadres. Para ella, lo comunal es sagrado. “Es fundamental que las mujeres hablemos de la necesidad de crear un sistema que no sea solo de supervivencia, porque la supervivencia deshumaniza, sino también de crecimiento”, dice con rotundidad. “Solo así podemos reparar cosas del pasado y aportar al futuro”.

Considerada una de las voces fundamentales de la literatura caribeña contemporánea, Santos-Febres reconoce el riesgo de que su identidad racial termine pesando más que su obra; que se la reconozca como una negra que escribe bien, antes que como una escritora de su generación.

“La política de la identidad nos clasifica, crea una cuestión prismática, fragmentada. Se utiliza el divide y vencerás, como si no hubiera un proceso de intercambio de conocimiento entre hermanas que no parecen hermanas pero que lo son”, explica sin aspavientos. “Siempre va a existir esa tensión y no hay una solución clara más que seguir trabajando en la erosión de esa lógica cimarrona”, puntualiza, resaltando la naturaleza insidiosa del poder, “que muta, manipula y compra mujeres”.

También nota desconfianza entre sus estudiantes hacia el feminismo actual en el que se encuentran diputadas lesbianas de derecha o mujeres clasistas o feministas antiinmigrantes. De la misma forma en que existe el antirracismo xenofóbico hacia determinadas poblaciones, como el de los dominicanos hacia los haitianos, o contradicciones como la que encarnan los negros antirracistas de derechas. Para ella, los estudiantes tienen una mayor conciencia de la necesidad de sanación a través de la comunidad, especialmente después de que la pandemia fragmentara las relaciones interpersonales. “Me gusta lo que está pasando en Francia. Es el 68 otra vez”, dice.

En la actualidad, Santos-Febres trabaja en la creación del primer centro de estudios de afrodescendencia y racialización en lengua española del mundo (que incluye un archivo para investigadores) gracias a una subvención millonaria que la Fundación Mellon le concedió a la Universidad de Puerto Rico.

La oportunidad de relacionar la cuestión diaspórica, abordada desde diferentes puntos de vista desde el siglo XVI hasta la actualidad, la tiene fascinada: “Tenemos que recontar la historia. Hemos descubierto cosas como que la primera institución afro organizada en toda América tuvo lugar en México o que ya en 1444 existía una cofradía de negros libres en Madrid y otra en Sevilla, mucho antes de la colonización”.

A medida que envejece, Santos-Febres dice tener menos miedo a la muerte. Es algo que entiende mejor apelando al espíritu cartesiano, la santería, la conexión con la naturaleza, la física cuántica y la religión bantú. Dice fijarse en los sueños, hacer más caso a su intuición. “Hemos perdido mucho conocimiento porque han deslegitimado nuestra sabiduría”, afirma, mientras señala que las mujeres siempre han trabajado en la sanación, antes de que la medicina se industrializara. “Nosotras, las intuitivas, las brujas, las no científicas. Las negras que escriben”.

Y pese a todo, termina confesando algo que dice no haber compartido nunca en público: “¿Qué habría sido de mí sin la esclavización? ¿Qué habría sido de mí sin la colonización española y americana, tan asquerosas como insostenibles? Hubo un tiempo en que la esperanza de vida en Puerto Rico estaba en los 44 años. Fuimos el pueblo más pobre de América».

 EL PAÍS

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