Hace poco, Mayte Gómez Molina metió una estantería en su casa, el primer mueble que introduce en su piso de Karlsruhe (Alemania) desde que se mudó a él hace casi cuatro años, toda una concesión a la permanencia dentro de una vida compuesta, hasta ahora, de situaciones extremadamente circunstanciales. Gómez Molina, de 33 años, nació en Madrid, pero ella se considera de Granada. Recibió un beca Fulbright en 2019 para hacer un máster de nuevos medios en Chicago, pero lo cursó telemáticamente en Chiclana de la Frontera: “Fue la pandemia y dije, bueno, si esto es el fin del mundo, en América tienen pistolas y en España no, así que me fui”, explica. Fue premio Nacional de Poesía Joven en 2023, pero se considera escritora narrativa: acaba de publicar La boca llena de trigo, su primera y aclamada novela, en Anagrama. Incluso el piso donde por fin ha metido esa estantería que encontró por la calle está en Alemania, pero ella trabaja en Basilea. Cruza la frontera a diario para formar parte de un grupo de investigación de arte digital en 3D, donde también es profesora en la Academia de Arte y Diseño. Si se puede sacar una única conclusión de un currículo así, sería lo provechosos que pueden resultar, para una cabeza lo suficientemente bien amueblada, los no-lugares biográficos.
Hace poco, Mayte Gómez Molina metió una estantería en su casa, el primer mueble que introduce en su piso de Karlsruhe (Alemania) desde que se mudó a él hace casi cuatro años, toda una concesión a la permanencia dentro de una vida compuesta, hasta ahora, de situaciones extremadamente circunstanciales. Gómez Molina, de 33 años, nació en Madrid, pero ella se considera de Granada. Recibió un beca Fulbright en 2019 para hacer un máster de nuevos medios en Chicago, pero lo cursó telemáticamente en Chiclana de la Frontera: “Fue la pandemia y dije, bueno, si esto es el fin del mundo, en América tienen pistolas y en España no, así que me fui”, explica. Fue premio Nacional de Poesía Joven en 2023, pero se considera escritora narrativa: acaba de publicar La boca llena de trigo, su primera y aclamada novela, en Anagrama. Incluso el piso donde por fin ha metido esa estantería que encontró por la calle está en Alemania, pero ella trabaja en Basilea. Cruza la frontera a diario para formar parte de un grupo de investigación de arte digital en 3D, donde también es profesora en la Academia de Arte y Diseño. Si se puede sacar una única conclusión de un currículo así, sería lo provechosos que pueden resultar, para una cabeza lo suficientemente bien amueblada, los no-lugares biográficos. Seguir leyendo
Hace poco, Mayte Gómez Molina metió una estantería en su casa, el primer mueble que introduce en su piso de Karlsruhe (Alemania) desde que se mudó a él hace casi cuatro años, toda una concesión a la permanencia dentro de una vida compuesta, hasta ahora, de situaciones extremadamente circunstanciales. Gómez Molina, de 33 años, nació en Madrid, pero ella se considera de Granada. Recibió un beca Fulbright en 2019 para hacer un máster de nuevos medios en Chicago, pero lo cursó telemáticamente en Chiclana de la Frontera: “Fue la pandemia y dije, bueno, si esto es el fin del mundo, en América tienen pistolas y en España no, así que me fui”, explica. Fue premio Nacional de Poesía Joven en 2023, pero se considera escritora narrativa: acaba de publicar La boca llena de trigo, su primera y aclamada novela, en Anagrama. Incluso el piso donde por fin ha metido esa estantería que encontró por la calle está en Alemania, pero ella trabaja en Basilea. Cruza la frontera a diario para formar parte de un grupo de investigación de arte digital en 3D, donde también es profesora en la Academia de Arte y Diseño. Si se puede sacar una única conclusión de un currículo así, sería lo provechosos que pueden resultar, para una cabeza lo suficientemente bien amueblada, los no-lugares biográficos.
“Y te diré más: mi doctorado, que algún día empezaré a escribir, va sobre el camuflaje, en el arte, en la sociología y las ciencias naturales”, asiente. “Creo que me da miedo que, si me pongo muy a la vista de los demás, alguien me va a hacer daño. Creo que es por mi biografía, no es por personalidad”.
Antes de ser tantas cosas que no planeaba, Gómez Molina fue la hija mayor de un militar. “Y por tanto, en mi familia hemos vivido en muchos lugares. Era una niña gordita que se mudaba mucho. Imagínate, mudarte ya es traumático cuando eres la popular o alguien que pasa inadvertido, pero como yo era gorda tenía que pasar el examen de otros niños. Tenía que hacer esa performance de ser superextrovertida, que un poco lo soy, pero con una impostación”, cuenta. Bajo la performance, en casa con sus padres, estaban las letras. “Lo que quería hacer desde pequeña era escribir un libro, desde que me leí a Ana Frank: es el libro que recuerdo leer primero. Luego ya leí Fray Perico y su borrico y Harry Potter y cosas normales para niños. Pero Ana Frank me lo dio mi padre. Era, a lo mejor, un poco más más pequeña de lo que debía. Ocho, nueve años. Dije: Qué historia tan rara, ¿no? ¿Quién se la ha inventado? Y mi padre me dijo: ‘No, no, esto pasó de verdad’. Me impactó que la literatura pudiese hacer eso, pensar que algo era ficción y luego no era ficción. Algo se me despertó ahí. Lo que quería hacer era una novela“.
Casi de inmediato, se vio, empujada por su propio cuerpo hacia lo imprevisto: “Tuve anorexia muchísimos años, de los 13 a los 18 estuve muy muy enferma. Hasta los 27 [en 2020] no empecé realmente a hacer arte. Había escrito algunos relatos, los había mandado a concursos, pero estaba muy encadenada al tema físico. Porque debes tener controlada la comida y el ejercicio y te quedan muy pocas horas en el día: hasta para hacer lo que quieres hacer no te da tiempo, la policía que tienes dentro de la cabeza no te deja”.
Para cuando Gómez Molina recobró el control de su vida, se había graduado en Comunicación Audiovisual por la Universidad de Granada y había conseguido la Fulbright para investigar en el Art Institute of Chicago; la pandemia la había llevado a España, a Cádiz, de donde es su marido y donde refinó su gusto por los espacios liminares. “Me acuerdo estar en Chiclana, conectada con Chicago, y mi vecina escuchando carnavales a toda leche. Hay algo muy bonito en tener esos dos mundos: uno superdigital y otro superchiclanero, de Levante y carnavales”, sonríe. Parcialmente desbloqueada, empezó a producir: un documental experimental sobre su anorexia junto a su madre, Como ardilla en el agua. ¿Por qué su madre? “Es ama de casa, ha trabajado en el hogar toda su vida: cuando yo rechazo la comida que ella hace, es literalmente como si yo tuviera un hijo ahora y me tira el libro por la ventana”. Al volver a España se encontró en paro e hizo una exposición, Me veo la nuca, en la Universidad de Granada, y de ella sacó un primer poemario, Mi piel virtual, cansada. Publicó otro en 2022, Los trabajos sin Hércules, y con él volvió a verse en unas que jamás vio venir: ganó el premio nacional.
“Tú no te presentas a eso, te eligen. Imagínate cómo de fuera lo tenía del radar. Yo ni sabía que había dinero, pensaba que era como ‘eres la mejor de España, qué más te vamos a decir, un aplauso’. De repente vi que eran 30.000 euros y ahí lloré mucho, muchísimo, me sentí muy mal, como que yo no me merecía eso. No vengo de clase obrera, vengo de clase media: a lo mejor por eso, el dinero era raro, porque cuando eres de clase muy baja siempre estás pensando en él, y cuando eres de clase alta, también. Creo que es una herida de precariedad que tenemos. Pensé que tanto dinero me iba a separar de los demás, todavía más”.
Un premio nacional no soluciona una vida pero todo esto sí acercó a Gómez Molina a la vieja idea de escribir una novela. “Me ha costado mucho tener todas estas cosas; dinero pero también silencio, silencio por dentro”, explica. Ya estaba en Karlsruhe, una ciudad de casi 310.000 habitantes, lo cual también ayuda. “Es que la quietud alemana da para hacer una novela, el invierno alemán es tan fuerte. Así escriben La montaña mágica o El tambor de hojalata, esos buenos tochos”.
La boca llena de trigo tiene como protagonista a Anna, una joven con una enorme habilidad para la pintura, quien se enfrenta con los no pocos problemas que da tener más talento que experiencia en la vida: lo fácil que es ver tu obra como algo ajeno a uno, que las puertas que se abren ante tu destreza parezcan cosas circunstanciales y no conclusiones. En la primera mitad del libro, la más psicológica, Anna es incapaz de crear y, a la vez, de dejar de pensar en crear. Aquí hayreflexiones como:“Quien tiene un talento que desconoce (todo el mundo tiene un talento) fantasea con encontralo, con desplegarse a la vida a través de una acción que le dé sentido. Pintaré. Operaré. Enseñaré. Cantaré. Gobernaré. Pero, en un mundo regido por valores económicos, el talento es también una cárcel. Lo que una persona hace bien de forma natural es lo más rentable”: La boca de llena de trigo es una descripción prodigiosa de lugares incognoscibles como el mundo del arte o el alma de una creadora. Pero también es una exhibición del don de Gómez Molina para la frase redonda. Va una: “Qué fácil es proyectar sobre una persona joven lo que el adulto piensa de sí mismo y que las dos partes se lo crean”. Otra: “La gente imagina a los artistas presos de un arrebato que lo dota de una fuerza sobrehumana para realizar su obra. Pero, en realidad, el arte tiene más que ver con una panadería que con la idea del genio. Levantarse, amasar, hornear, esperar, descansar, repetir”.
Si Gómez Molina se centra en el mundillo del arte no es para parodiarlo o criticarlo, que quizá sería lo fácil, sino para radiografiarlo desde fuera: quién conforma la élite y quién es invitiado a ingresar en ella, qué consecuencias tiene ese ingreso… “Anna podría haber sido neuróloga, o no sé, secretaria administrativa, frutera. Élite puede surgir en casi cualquier oficio, aunque nos creamos más los de la cultura”, alerta Gómez Molina. “Pero el arte era lo que yo conocía más, es un mundo en el que entro y salgo, y tiene muchas traslaciones con el mundo literario. Lo conozco bien. Además, soy una persona que piensa visualmente, a veces para mal, y para mí era bonito trasladar ciertas ideas en esculturas que no existen”.
La gracia es que la mirada de Gómez Molina es caracterísicamente empática, incluso con un círculo tan antipático como el de las galerías. “Para mí es mundillo es bonito, porque vivo en una burbuja: he entrado en él por [la comisaria de arte y escritora] Chus Martínez, una persona amable y bondadosa que ha levantado a mucha gente. Hay otros rincones que yo atisbo poco, de personas con mucho dinero y muy competitivas. La gente a lo mejor de pequeña soñaba con ser pintor, cantante, futbolista, tener posiciones en el mundo de la cultura y del entretenimiento. Y aquí estás tú, en la cultura, con un recorrido, que ya puedes incluso vivir de ello: ¿y todavía compites con los demás? ¿Todavía eres mezquino, necestas plagiar, pisarle el cuello a la gente, hablar mal de los demás? Ya tienes un espacio, ¿por qué los demás no lo pueden tener? Hay gente que le gustaría estar haciendo lo que le gusta hacer».
Si hablar de éxito es hablar también de mezquindad, hablar de admiración es también hacerlo de su reverso tenebroso, la envidia, que posiblemente sea el mayor motor no verbalizado de nuestros tiempos, sobre todo para los usuarios de las redes sociales. Aquí, en estos pasajes salpicadso a lo largo de la trama, es donde La boca llena de trigo gana en relevancia inmediata. “Tampoco preparan a los alumnos [de Bellas Artes] para que, cuando su nombre sí aparece en los listados [de seleccionados a un concurso o convocatoria], los llamen y feliciten personas que deseaban que no apareciese, y que luego abrirán botellas de vino con otras personas y dirán: ‘No, si lo que hace no está mal, no me malinterpretes pero…’. Pero no soy yo: eso querrían decir. Y no es que quienes dicen eso sean malas personas”, se lee al arranque del libro.
“La envidia trae mucha vergüenza con ella”, asiente ahora la autora. “Es muy difícil decirle a alguien: me das envidia. Cuando es alguien que no conoces, tu envidia es inocua, pero cuando es un amigo o alguien de tu familia, es muy fuerte que no podamos alegrarnos de ellos. Partimos de la base de que la gente está cansada, no está haciendo lo que quiere por motivos ajenos a uno, sobre todo materiales que son muy difíciles de cambiar… Pero no todo es perdonable. También puedes decir: ¿cómo lo arreglo? Supongo que porque estamos muy precarizados y esa emoción cuesta“.
En todo caso, La boca llena de trigo tiene un valor objetivo dentro de la historia de su autora: la encaja, por una vez vez, en una categoría en la que se reconocería de niña, leyendo a Ana Frank entre mudanzas y performances. Mayte Gómez Molina, novelista. Para alguien que siempre se ha sentido un poco intrusa, no es poco. “El otro día vi un vídeo en el que Maruja Mallo decía: ‘Más que en la poesía de los eruditos, creo en la de los inspirados”, recuerda la autora. “Lloré un poco en mi casa viendo eso. Se puede llegar a muchos sitios sin competir con los demás y sin hacerles daño”. Un logro así bien merece meter un mueble en casa.
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