Hay formas hermosas de mantener viva la memoria y una muy potente es la literatura. Rachid Benzine, nacido en Kenitra (Marruecos) hace 54 años y residente en París desde niño, es politólogo, profesor y experto en pensamiento islámico. Ahora firma la novela El librero de Gaza (Salamandra), una aproximación sensible y culta al territorio vapuleado por Israel.
El autor marroquí residente en París subraya el poder de la literatura a partir de su novela ‘El librero de Gaza’
Hay formas hermosas de mantener viva la memoria y una muy potente es la literatura. Rachid Benzine, nacido en Kenitra (Marruecos) hace 54 años y residente en París desde niño, es politólogo, profesor y experto en pensamiento islámico. Ahora firma la novela El librero de Gaza (Salamandra), una aproximación sensible y culta al territorio vapuleado por Israel.
Pregunta. ¿Los libros nos salvan, son un refugio?
Respuesta. La literatura no es un lugar de evasión para escapar de los problemas, pero sí nos permite habitar lo real de otra forma, crear una fisura en las ruinas para encontrar un espacio y un acto de resistencia. El riesgo de la catástrofe que atravesamos es la deshumanización. Como estudiante pude conocer a gente deportada a Auschwitz y cuando les preguntaba “¿Qué os ha permitido resistir y mantener vuestra humanidad?”, una persona me dijo: “Las palabras de mi madre. Me acordaba de ellas y eso me daba esperanza”. Las palabras y los libros son un acto de resistencia que no es ingenuo, que aborda la realidad, no huye de ella y que permite salvaguardar la humanidad y la dignidad.
P. ¿Gaza es un nuevo Auschwitz?
R. Gaza es hoy un drama, es el derrumbamiento del derecho internacional, de nuestros principios y valores, y eso es lo que nos debe interpelar. Putin, Trump o Netanyahu están imponiendo la ley del más fuerte. Netanyahu impide entrar a los periodistas y eso hace que una parte de nuestra democracia se derrumbe. También en Francia los discursos palestinos se han criminalizado. Nunca pensé que alguien pudiera acabar en comisaría por manifestarse. Admiro mucho a España, donde hay un principio de justicia y derecho superior a todo el mundo. Como marroquí y musulmán, veo la valentía y el coraje de España ante la deshumanización y el genocidio. Tengo amigos que no han podido manifestarse en París y que han venido a hacerlo en España y me han dicho: “Me ha ayudado mucho encontrar allí libertad”. Con todo lo que se puede reprochar a Occidente, se puede decir: “Mira lo que pasa en España, me parece muy interesante”.
P. ¿Cómo ha logrado escribir sobre Gaza sin poder ir?
R. Quería haber ido a Gaza, pero el Ministerio de Exteriores me lo impidió y he tenido que trabajar de forma diferente: con archivos, testimonios, obras de historiadores palestinos e israelíes. Para atravesar la materialidad de Gaza, también he hablado con periodistas que te cuentan lo que sucede ahí. Esa es la fuerza de la literatura.

P. ¿Cree que Gaza morirá tal como es o que veremos el resort de Trump?
R. No creo que Gaza vaya a morir mientras seamos capaces de contar todas las particularidades de estas vidas. El pueblo palestino en Gaza ha sobrevivido a 70 años de colonización y de drama, y Netanyahu o Trump son gente de paso que no va a permanecer.
P. En su libro, un fotógrafo intenta tomar un retrato del librero y este se resiste sin antes hablar. ¿La foto te puede robar el alma?
R. La foto te roba mucho. Estamos en la civilización de la imagen, inundados de imágenes que nos llegan en un flujo constante y nuestra atención está dispersa. Vemos muchas fotos de violencia en redes y acabamos anestesiados. El relato repara, y para que exista hay que aumentar el espesor del tiempo. Mi protagonista propone al fotógrafo escuchar una historia en lugar de permitirle hacer la foto sin más. Nuestro gran problema es que cada vez nos cuesta más escuchar. Las imágenes constantes se olvidan rápido, pasamos de una cosa a otra y necesitamos tiempo para crear un relato. La literatura genera automáticamente este espesor del tiempo.
P. Usted es marroquí en Francia. ¿Percibe en sus carnes el aumento de la xenofobia?
R. Sí, sí, todo se ha transformado. Francia duda de sí misma, está sufriendo sus propias pérdidas de empleo, de industria o de homogeneidad y son cosas difíciles de aceptar. En realidad, nunca ha sido homogéneo, pero en lugar de abordar la pérdida, algunos la transforman en un discurso de robo, de que los inmigrantes árabes te han arrebatado tu identidad, tu soberanía, y prometen restaurarla. La pena por la pérdida se convierte entonces en cólera, en resentimiento. Todos tenemos pérdidas irreversibles, también los hijos de la migración, y hay que hacer el duelo. Aunque si no lo abordamos, surge la lógica del poder y la violencia.
P. ¿Por qué la inmigración musulmana parece más difícil de aceptar en Europa?
R. La visibilidad del islam rompe nuestras fantasías de una sociedad homogénea y muestra lo que hemos perdido. Tiene su propio calendario, su texto fundador, su imaginario, sus decorados, sus cinco rezos al día, el Ramadán… Y la reacción es de rechazo por cuestión identitaria.
P. Los niños de Gaza no comprenden, pero heredan las heridas.
R. Si el trauma se trata y se reconoce, puede haber una esperanza. Si se niega, si se quiere borrar y pasar a lo siguiente, tendrá consecuencias. Cuando has sufrido una desgracia, también es una responsabilidad ver el sufrimiento de los demás. Si lo negamos, el ciclo de la violencia se perpetúa. Hablo de la concepción del judaísmo y la filosofía que se derrumba en Gaza y del derecho internacional. Si no vemos ese sufrimiento, llega la negación absoluta. La cólera, el resentimiento y la humillación de hoy preparan la violencia de mañana.
EL PAÍS














