Con los traumas de la II Guerra mundial muy vivos aún, Austria y Alemania apenas se enteraron en 1946 de la aparición de un libro del vienes judío Viktor Frankl: La experiencia de un psicólogo en un campo de concentración. Apenas vendió y pocos se enteraron. Llegados los 60, y desde Estados Unidos, se convirtió sin embargo en superventas planetario.
Director de la editorial española que lleva su apellido, critica el abandono universitario del libro y defiende sus apuestas por el ensayismo latinoamericano y por la reinterpretación de los clásicos de la filosofía vía cómic y manga
Con los traumas de la II Guerra mundial muy vivos aún, Austria y Alemania apenas se enteraron en 1946 de la aparición de un libro del vienes judío Viktor Frankl: La experiencia de un psicólogo en un campo de concentración. Apenas vendió y pocos se enteraron. Llegados los 60, y desde Estados Unidos, se convirtió sin embargo en superventas planetario.
A 80 años de su publicación y con un título bien distinto del original –El hombre en busca de sentido-, este longseller ha regresado a los escaparates hispanoamericanos y, en el caso chileno el domingo pasado, al 3° lugar del ranking de no ficción en El Mercurio (donde ya había estado en décadas pasadas, en algunas de sus tantas ediciones y reimpresiones).
“Es un libro que tiene la capacidad de ayudar a gente en situación de crisis, de catástrofe, de trauma incluso, y por eso, a pesar de haberse escrito en un contexto muy concreto, se vende en todos los países de América Latina”, cuenta Raimund Herder (Friburgo, Alemania, 62 años). Y remata, suspirando casi: “No conozco otro con esa dinámica y de esa fuerza. Es impresionante”.
Doctorado en filosofía en Friburgo, quien habla lleva el apellido de una editorial nacida a fines del siglo XVIII y cuya rama hispanoparlante dirige desde 1999, con sede en Barcelona. Instalado en las oficinas que tiene en la comuna santiaguina de Ñuñoa el sello Liberalia, distribuidor de Herder en Chile, conversa con EL PAÍS sobre el carácter que le gusta imprimir a una editorial como la suya, con sus 1.900 títulos en castellano. Y es entonces cuando concede que, con lo que tiene de humanista y trascendente, El hombre en busca de sentido expresa el espíritu de la editorial.
“Es un libro que Herder tiene en su catálogo desde hace casi 50 años”, cuenta. “Al inicio estaba en Psicología, porque no pensaban que iba a convertirse en un libro tan importante: a Frankl nadie lo conocía en el mundo hispanohablante, pero con los años se fue convirtiendo en una obra de mucha importancia y de mucha presencia”.
El mensaje de la obra, añade, “es que nadie te puede robar la dignidad humana en ningún momento, en ninguna circunstancia, incluso en las más horrorosas”. Y el diálogo al que esa constatación llama, remata, “forma parte de la esencia de la editorial: nos interesa que nuestros lectores tengan la impresión de que aquí hay propuestas que hay que tener en cuenta. Y que hay que leer”.

“Nací en una familia de editores, en una casa de editores”, cuenta. “Durante muchos años no tuve la intención de entrar en el negocio familiar. Estuve bastante tiempo en la universidad y pensaba quedarme ahí, pero tras doctorarme decidí finalmente que no. Trabajé en otras empresas, hasta que vi que me gustaba la idea de trabajar en mi editorial, tener toda la libertad y toda la obligación ejercer el cargo de editor”.
Hay que explicar en este punto, como lo hace el propio Herder, que él no es quien edita los libros (un editor, en inglés), sino quien lleva adelante el negocio editorial (un publisher), lo que en su caso sí supone jugarse por una obra nueva o desconocida, o bien bajarle el pulgar: “El criterio de publicar o no un libro recae en muy buena parte en mí, pero una vez firmado el contrato, el trabajo de la edición lo lleva un equipo de varias personas que saben hacer esto”.
¿Y qué publicar? En algún sentido, obras que resistan el paso del tiempo, pero sobre todo que se tomen el tiempo hasta que llegue su momento: desde la correspondencia de Martin Heidegger, un semicancelado al que Herder ha sabido acoger, hasta la versión dibujada de Así habló Zaratustra, de Friedrich Nietzsche; de Pensar/comer, donde la chilena Valeria Campos propone una aproximación filosófica a la alimentación, a los diferentes títulos del célebre autor de La sociedad del cansancio, Byung-Chul Han, que el sello empezó a publicar varios años antes de que se convirtiera en un hit.
El catálogo de Herder, que participa de una trenza cultural que también integran la revista Filosofía&Co. y el portal web del mismo nombre, “crece de forma orgánica, y un manuscrito que se nos presenta tiene que dialogar” con él. Esto, en el entendido de que la suya es una tradición de libros “más bien académicos” en que “la figura del autor es importante”.
Iniciativas de diversa especie han ido en esta línea, siendo una de ellas la colección Contrapunto, que ahonda en la producción de filósofos -y en particular de filósofas- de Latinoamérica, como ocurre con la chilena Diana Aurenque, reciente autora de Animal ancestral. Hacia una política del amparo.
“Herder está hace más de 150 años en América Latina, e intentamos tener en cuenta el pensamiento desde América Latina”, dice el editor, que ocupa esta fórmula “para evitar la expresión filosofía latinoamericana”, que tiene sus problemas. Y ocurre que el 85% de los libros de la señalada colección son de autoras, “sin que lo hubiéramos buscado”. Dicho esto, “vendemos muy bien las [autoras] chilenas en Chile, las colombianas en Colombia, las mexicanas en México”, pero no fuera de sus respectivos países, con lo cual concluye que “la perspectiva nacional dificulta la difusión de una colección entera”.
“Lo que hemos intentado hacer en los últimos 25 años es divulgar más, llegar a un público más amplio y menos académico”, agrega Herder, poniendo las cosas en una perspectiva más amplia. Y ahí es donde el cómic y el manga [p. ej., de El contrato social, El Príncipe o El Manifiesto comunista] asoman como “buenos formatos para llegar a un público sin formación especializada, que tiene mucho interés, pero no lee los libros desde un interés académico: es un buen ejemplo de buscar nuevas formas, nuevas vías, pero haciendo lo mismo, porque no son mangas cualquiera, sino resúmenes de grandes obras de la filosofía o de la literatura”.
Porque lo importante es que el libro siga importando en sus distintos formatos, sobre todo el códice, el de papel, el que lleva dos mil años circulando y en el que inmediatamente pensamos cuando alguien dice libro.
Nada catastrofista a este respecto, Raimund Herder toma nota, sin embargo, de los desafíos del presente. Por ejemplo, el de la “universidad fragmentada” en que “el académico no escribe libros, sino artículos que llaman papers, mientras en sus clases ya no se leen libros, sino capítulos o fragmentos de libros. Esto significa que nadie compra un libro y nadie lee el libro entero, porque si solo tienen que leer 20 páginas no van a comprar todo el libro. Pero si no se compra el libro, no se paga el costo de producirlo, de pensarlo. Y me parece preocupante, porque el libro es la base del pensamiento humanista”.
Pero, pese a todo, “se ve que el libro no está muerto”, sentencia finalmente, de buen humor. “Llevo 30 años en el sector, y ya no sé cuántas veces me han dicho que el libro va a desaparecer, pero las librerías están llenas de libros y veo a los jóvenes de hoy con ganas de leer. Claro, la lectura es para algunos y otros no leen, y así ha sido siempre. Pero el libro físico se aprecia entre los jóvenes, y no sé si esto es una forma implícita de rebelarse contra las imposiciones del mundo digital en el que han crecido. Quienes hoy tienen 20 años nacieron con el celular y están volviendo al libro. Así que tengo buenas razones para ser optimista”.
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