“Dios mío, cómo entiendo su dolor y su tormento”, escribió Harry Crews en El artista del KO, “el rechazo es algo horriblemente arduo de soportar”. Solo quien ha pasado gran parte de su vida siendo calabaceado —por gordo/a, feo/a o “friqui nervioso” (que decían en The Big Bang Theory)— sabe lo que ello provoca en la autoestima. Que te coloquen “al fondo de la lista”, como cantaban los Hard-Ons en Rejected, deja un charco pestilente en el corazón: un ansia imparable de probarle al mundo, por cualquier medio a tu alcance (invadiendo Polonia, por ejemplo), que no eras un adefesio/a infollable. La amargura que se calcifica en el interior de uno “va ocupando el sitio de todo el flujo emocional” que se pierde, “como una alubia que estuviese desecándose”.
“Dios mío, cómo entiendo su dolor y su tormento”, escribió Harry Crews en El artista del KO, “el rechazo es algo horriblemente arduo de soportar”. Solo quien ha pasado gran parte de su vida siendo calabaceado —por gordo/a, feo/a o “friqui nervioso” (que decían en The Big Bang Theory)— sabe lo que ello provoca en la autoestima. Que te coloquen “al fondo de la lista”, como cantaban los Hard-Ons en Rejected, deja un charco pestilente en el corazón: un ansia imparable de probarle al mundo, por cualquier medio a tu alcance (invadiendo Polonia, por ejemplo), que no eras un adefesio/a infollable. La amargura que se calcifica en el interior de uno “va ocupando el sitio de todo el flujo emocional” que se pierde, “como una alubia que estuviese desecándose”. Seguir leyendo
“Dios mío, cómo entiendo su dolor y su tormento”, escribió Harry Crews en El artista del KO, “el rechazo es algo horriblemente arduo de soportar”. Solo quien ha pasado gran parte de su vida siendo calabaceado —por gordo/a, feo/a o “friqui nervioso” (que decían en The Big Bang Theory)— sabe lo que ello provoca en la autoestima. Que te coloquen “al fondo de la lista”, como cantaban los Hard-Ons en Rejected, deja un charco pestilente en el corazón: un ansia imparable de probarle al mundo, por cualquier medio a tu alcance (invadiendo Polonia, por ejemplo), que no eras un adefesio/a infollable. La amargura que se calcifica en el interior de uno “va ocupando el sitio de todo el flujo emocional” que se pierde, “como una alubia que estuviese desecándose”.
Las últimas dos frases pertenecen a Rechazo, de Tony Tulathimutte. Es una novela en siete relatos interrefutantes —la mayoría de los personajes oficia de secundario o cameo en historias ajenas— que orbitan alrededor del rechazo, sí, pero también el aislamiento, la vergüenza (“el apuro es contingente. La vergüenza, una condición”), el sadismo y la incapacidad de existir de la generación milénica. Escrito así suena a monumental bajona, y no resulta gratuito que alguna gente haya definido Rechazo como “la gran novela milenial-doomer”, incluso “la primera novela incel”. Todd Solondz para echo boomers.
‘El feminista’ cuenta la historia de un hombre feminista, o mejor dicho, alguien que aprendió en el colegio “si no los valores feministas, por lo menos el valor de los valores feministas”. Mediante un uso magistral de la voz narrativa, Tulathimutte consigue plasmar el proceso mediante el cual un apocado aliade de “hombros estrechos” (no es un alfa camuflado, pero le encantaría serlo) se transforma, a través de una serie de rechazos, en misógino y resentido blackpilled (la “ideología” fatalista y nihilista de los incels). El novelista no moraliza, no fiscaliza, solo habita la piel de este casto-involuntario-con-hombreras (“perdió la virginidad hace ya tanto tiempo que siente como si le hubiera crecido nuevamente…”) hasta un punto de máxima autenticidad oral.
Ciertos novelistas poseen una voz “ventrílocua”, y el epíteto procede aquí. ‘Nuestro superfuturo’ está escrito en la jerga delirante de un techbro psicopático (el escritor se basó en sus propias experiencias en Silicon Valley), mientras que el yo de ‘El personaje clave’ (Bee, hermana de Kant en ‘Ahegao o Balada de la represión sexual’ y “amiga QpoC” de ‘El feminista’) es una ragebaiter internetiana que culmina una “apoteosis de humano a spam”, atomizada en millares de cuentas de Twitter inverificables.
Flannery O’Connor afirmaba que todas las buenas novelas de humor debían tratar temas de vida o muerte. En Rechazo, la comicidad desactiva la depre doomer a la vez que hace paladeable lo intragable. Como cuando Alison, una especie de reverso suicida de Bridget Jones, empieza en ‘Fotos’ a rebautizar sus fiascos en apps de citas: “Don Estornudos. El de los GIF. Don Chándal. Mr Gamer. Toalla Playera. Médico Vegano Cabreado. Perro Feo”. O cuando Kant, el protagonista de ‘Ahegao…’, escribe el guion del vídeo que satisfará sus criptofetiches: “¡Haced de mi próstata fettuccine Alfredo con Vuestro Mastodóntico Salchichón! (…) Mi campanilla es una pera de boxeo de Vuestro cañón fornicador peso pesado del Sudeste Asiático”.
La O’Connor decía también que “un escritor de ficción necesita poseer una estupidez refinada”, pero Tulathimutte posee el exceso de inteligencia necesario para una obra de estas características. Su tendencia a la comparación apotégmica (la palabra “pichacorta (…) es una gota de detergente que impacta en la grasienta película de roña que cubre su lujuria”) podría ser catastrófica en manos de un autor conceptuoso, pero aquí nunca se permite que pase por delante de la trama o el entretenimiento (el autor, por cierto, desdeña de forma consistente las descripciones de espacio o paisaje). Rechazo es como una trifulca de Twitter: cringy y desoladora, pero uno no puede dejar de reír, ni apartar la mirada.
EL PAÍS















