Sostiene Björn Vedder, autor del ensayo Rosa, que ver los colores es interpretar el mundo. Así, el filósofo alemán ofrece argumentos sobre la enorme vitalidad de un color a veces subestimado y se sirve de él para hacer un repaso de historia cultural. Sus más de 129 tonos documentados y sus ejemplos —desde Madame Pompadour hasta Barbie, pasando por las nubes protectoras de autores como Boris Vian— ofrecen un recuento de cómo el rosa ha sido abordado, rechazado y resignificado a través de los siglos, desde sus primeras apariciones simbólicas hasta su presencia casi omnipresente en la cultura visual contemporánea, con el rosa en las bicicletas, en los aviones, en los juguetes, en los muebles, en las bebidas o en los macarons de las pastelerías.
Sostiene Björn Vedder, autor del ensayo Rosa, que ver los colores es interpretar el mundo. Así, el filósofo alemán ofrece argumentos sobre la enorme vitalidad de un color a veces subestimado y se sirve de él para hacer un repaso de historia cultural. Sus más de 129 tonos documentados y sus ejemplos —desde Madame Pompadour hasta Barbie, pasando por las nubes protectoras de autores como Boris Vian— ofrecen un recuento de cómo el rosa ha sido abordado, rechazado y resignificado a través de los siglos, desde sus primeras apariciones simbólicas hasta su presencia casi omnipresente en la cultura visual contemporánea, con el rosa en las bicicletas, en los aviones, en los juguetes, en los muebles, en las bebidas o en los macarons de las pastelerías. Seguir leyendo
Sostiene Björn Vedder, autor del ensayo Rosa, que ver los colores es interpretar el mundo. Así, el filósofo alemán ofrece argumentos sobre la enorme vitalidad de un color a veces subestimado y se sirve de él para hacer un repaso de historia cultural. Sus más de 129 tonos documentados y sus ejemplos —desde Madame Pompadour hasta Barbie, pasando por las nubes protectoras de autores como Boris Vian— ofrecen un recuento de cómo el rosa ha sido abordado, rechazado y resignificado a través de los siglos, desde sus primeras apariciones simbólicas hasta su presencia casi omnipresente en la cultura visual contemporánea, con el rosa en las bicicletas, en los aviones, en los juguetes, en los muebles, en las bebidas o en los macarons de las pastelerías.
El libro propone que el rosa no sea visto como un simple color “frívolo”, sino como un espejo de nuestras emociones y de los relatos culturales que lo han rodeado. La luz que interpretamos como rosa es una mezcla de los colores extremos del arco iris: el rojo y el azul. El rosa es la luz de la comunión, la de la unión de los opuestos.

Vedder realiza un atractivo viaje a través de personajes y estilos artísticos. Nos cautiva con pintores como Giotto, que apostó por el rosa como un color que conectaba con lo sagrado; para muestra, esa obra maestra de Padua, la capilla Scrovegni, donde Joaquín (padre de María) viste de rosa. Las ideas positivas asociadas al rosa tienen su origen en el amanecer. Lo supo ver Monet en su cuadro La escarcha, en el que la nieve de Argenteuil brilla en preciosas tonalidades rosadas, y también Matisse en La alegría de vivir, donde personajes desnudos con cuerpos rosados se divierten en libertad. El rosa como actitud ante la vida (pink attitude), más allá del sobrecargado gris de lo cotidiano.
Verlo todo de color de rosa lo cantó Sinatra y, sobre todo, Edith Piaf, que escribió su conmovedora chanson en 1945, con la derrota del Tercer Reich, para enaltecer el hechizo del amor. “Una mezcla de escapismo y de esperanza de una felicidad ansiada por mucho tiempo”, afirma el autor. “Cada vez que la canta”, escribió Jean Cocteau, “parece que se arranque definitivamente el alma del cuerpo”.
Según la psicología del color, el rosa se considera amable, suave, adorable. Madame Pompadour lo transformó en símbolo de mujeres seguras de sí mismas. Fue amante, amiga y animadora vital de Luis XV en 1745. Fue retratada en varias ocasiones, pero los retratos que permanecen se los hizo el pintor François Boucher. En ellos aparece sentada, leyendo, vestida de azul y con abundantes lazos rosas que combinan con las rosas de color rosa que lleva en el pecho y que hacen referencia a las rosas Madame Pompadour (rosa trepadora) y Rose de Pompadour (rosa floribunda), que se cultivaron en su honor. Su colega Fragonard retrató en su famoso cuadro El columpio a una joven vestida de rosa —tan libre se sentía— que vuela bajo flores de color rosa y lanza una zapatilla rosa al hombre que la observa embelesado desde el suelo y que pone el ojo en los bajos de la falda. William Carlos Williams dedicó al cuadro el poema Retrato de una dama, que empezaba así:
Tus muslos son manzanos
cuyas flores tocan el cielo.
Con la aparición de la mujer fatal, el rosa pierde su brillo aristocrático, pero en los locos años veinte hasta el advenedizo y nuevo rico Jay Gatsby se pone un traje rosa la noche en que va con Daisy y Tom Buchanan a Nueva York. En el París de los años treinta, Elsa Schiaparelli desafió incluso a Coco Chanel —demasiado conservadora para ella— al confeccionar el vestido rosa chillón que llamó Shocking Pink. Diseñó vestidos rosas para Katharine Hepburn, Greta Garbo, Peggy Guggenheim y, por supuesto, para Zsa Zsa Gabor, como podemos ver en la película Moulin Rouge de 1952. Yves Saint Laurent estaba tan encantado con el Think Pink que diseñó el vestuario de las dos protagonistas de la película La Pantera Rosa en 1963.
También recorre el autor la historia de los experimentos de Stuart Semple con el “rosa más rosa del mundo”, y nos arrastra hasta la era de Barbie como icono del consumo plástico y la cultura popular. El tono del ensayo es fluido, como una conversación de café.
Quizás cualquiera pueda echar de menos en el libro alguna gama del rosa. La ausencia más llamativa para mí es la del arquitecto mexicano Luis Barragán, que dignificó el color rosa en su arquitectura de muros, un color con el que tanto convivió de niño en los mercados de Jalisco y que hacía brillar las vestimentas de las mujeres.
En definitiva, una lectura placentera para quienes desean ver el mundo desde una perspectiva cromática multifacética. Acordémonos en modo rosa del homenaje de Madonna en Material Girl a la de Marilyn Monroe de Los caballeros las prefieren rubias.
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