En El festín de la palabra (Ariel), la filóloga y ensayista Rosa Navarro (Figueres, 1947) comenta 20 lecciones de clásicos literarios españoles que han contribuido a asentar nuestra idea del sentido común.
En El festín de la palabra (Ariel), la filóloga y ensayista Rosa Navarro (Figueres, 1947) comenta 20 lecciones de clásicos literarios españoles que han contribuido a asentar nuestra idea del sentido común. Seguir leyendo
En El festín de la palabra(Ariel), la filóloga y ensayista Rosa Navarro (Figueres, 1947) comenta 20 lecciones de clásicos literarios españoles que han contribuido a asentar nuestra idea del sentido común.
¿Cuál diría que es la lección más fundamental de todas las que aborda en su libro? Depende de cada lector y de cada momento que viva. La que hoy me parece esencial, mañana le cede el paso a otra. Ahora elijo la primera, lo que le dijo una avecilla a un hombre en el texto de Pedro Alfonso (s. XII): “¡No te creas todo lo que se te diga!“.
¿Qué cualidades hacen a un clásico? La belleza que seduce y la enseñanza que se recibe de su lectura. En suma: su inmortalidad, porque un clásico vence el paso del tiempo.
¿A qué autor o autora de un clásico le habría gustado conocer? A Alfonso de Valdés, a Teresa de Jesús y a Miguel de Cervantes.
¿Qué clásico ha recomendado más veces? Don Quijote de la Mancha.
¿Qué libro la convirtió en lectora? Primero los tebeos, luego los cuentos de Andersen, las novelas policiacas de Simenon y, por fin, el Quijote.
¿Y en escritora? Mi profesión, porque quise que lo que decía en clase lo tuvieran escrito con claridad mis alumnos (fui profesora 50 años). Luego descubrí que escribir era para mí un placer y a la vez un refugio de mí misma.
¿Cuál ha sido el último libro que le ha gustado? Una serie de novelas de Henry James (Retrato de una dama, Las alas de la paloma…), porque me han ofrecido un espacio literario riquísimo: es un maestro en la creación de sorprendentes comparaciones. Me gusta encontrar en la lectura un ámbito que me enriquece, que me ofrece una atmósfera atractiva y acogedora y no me atormenta.
¿El que tiene abierto ahora mismo en la mesilla de noche? Despedidas, de Julian Barnes. Y a su lado, por si acaso, los ingeniosos Dichos de Luder, de Julio Ramón Ribeyro, que conozco muy bien.
¿Uno que no lograra terminar? Jardín de cemento de Ian McEwan, pero no por aburrido, sino por demasiado eficaz. ¡No podía dormir! Tuve además que “perderlo” en mi biblioteca porque solo ver la portada me creaba desasosiego. No sé ahora dónde está, y eso me tranquiliza.
¿Qué película ha visto más veces? Dos: To Be or Not to Be, de Ernst Lubitsch, y Amanece, que no es poco, de José Luis Cuerda.
¿La que le recuerda a su infancia? Soy más de magdalena mojada en té o en tila: son los olores o los sabores los que me llevan a ese paraíso perdido.
¿La última serie que vio del tirón? Me las tengo prohibidas.
Si tuviese que usar una canción o una pieza musical como autorretrato, ¿cuál sería? Mi autorretrato es una sucesión de yoes, por tanto, unas Variaciones; las Variaciones Enigma de Elgar, por ejemplo, que le añaden un punto de misterio.
¿Cuál suena en bucle en su cabeza? Mille regretz, de Josquin des Prés. Tuvo que escucharla muchas veces Alfonso de Valdés, secretario de Carlos V, porque era la canción preferida del emperador.
¿En qué museo se quedaría a vivir? En El Prado. Están allí un par de cuadros que son míos de tanto contemplarlos, ¡un azul único me reconoce ya!
¿Qué suceso histórico admira más? Dos procesos, por ser absolutamente necesarios: la abolición de la esclavitud y el voto femenino.
¿Qué encargo no aceptaría jamás? Cualquiera que de mi provecho se siguiera un perjuicio para otras personas.
¿Qué está socialmente sobrevalorado? La popularidad.
¿A quién le daría el premio Cervantes? A Enrique Vila-Matas, a Juan Mayorga… ¡tengo una larga lista!
De no ser filóloga y escritora le habría gustado ser… Actriz.
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