Sara Pichelli, la ‘mamma’ de Spiderman que salió de un pueblo de 2.500 habitantes

La dibujante, cocreadora de Miles Morales, repasa cómo llegó desde su Amatrice natal a convertirse en una de las artistas más aplaudidas de Marvel  

Al día que cambió su vida Sara Pichelli llegó con retraso. Cosa de las dudas, o de la “honestidad intelectual”, dice ella. Cuenta que apenas tenía dibujos para enviar al concurso, y que repetía: “Pero ¿qué voy a mandar?”. A lo que su entorno oponía sentido común: “¿Qué más da? Prueba, es gratis”. Finalmente, la convencieron. Así que, pese a su portafolio reducido, se apuntó a Chesterquest, la gira mundial con la que Marvel buscaba en 2008 nuevos talentos. A fuerza de procrastinar, eso sí, el plazo había caducado.

Tiempo después, recibió igualmente una respuesta. Quizás solo le comunicaran que había incumplido los términos. Pero, tras leer el mensaje, tuvo otra sospecha: “Que se hubieran equivocado”. Entre los 12 ganadores planetarios figuraba su nombre. Ningún error, más bien la intuición de C.B. Cebulski, a la sazón cazatalentos de la célebre casa de tantos superhéroes.La creadora confiesa por videollamada:“A día de hoy, cuando coincidimos, le pregunto qué vio en esas láminas”. Lo mismo, en realidad, que han acabado detectando otros directivos, premios y miles de lectores. Porque hoy Pichelli es una de las artistas más respetadas de la compañía, invitada estrella de la Comic-Con de Nápoles, del 30 de abril al 3 de mayo. Guardianes de la galaxia, Los cuatro fantásticos, La patrulla-X y otros muchos iconos han viajado desde EE UU a Roma, donde reside, para dejarse cuidar por su lápiz. Y hasta dio a luz ella misma a un nuevo mito: en 2012, cocreó a Miles Morales, una de las últimas personalidades de Spiderman. Dicho de otra forma, es la mamma de Spiderman.

Y eso que los cómics casi ni llegaban a su pueblo natal. Amatrice siempre fue célebre por la pasta amatriciana y, desde 2016, se hizo tristemente conocido por el terremoto que lo devastó. En el corazón de Italia, apenas cuenta con unos 2.500 habitantes. Y, ahora, con el orgullo de haber dado raíces a Pichelli y al Hombre Araña. Allí, en 1983, trabajaba el padre de la artista, como farmacéutico. Aunque la familia se mudó pronto con la bebé algo más al norte, a Porto Sant’Elpidio. Los vecinos esta vez llegaban a 25.000, pero la exposición de la niña a las viñetas tampoco creció mucho. Siempre había diseñado, también por influencia de la madre, pintora. En el instituto, se hizo “camello oficial de dibujos”: quien quisiera un retrato de Goku o Sailor Moon podía acudir a su pupitre. “Pero no pensaba en hacer carrera en el arte. No leía mucho tebeo, ni tenía alrededor tiendas especializadas o escuelas de formación”, recuerda la autora. De ahí que, cuando se mudó a Roma para la universidad, se apuntara a Lenguas Orientales: en concreto, chino e hindú.

Duró, sin embargo, cuatro meses. El tiempo suficiente para descubrir que cerca de su casa había una Escuela Internacional de Cómic. Hoy Pichelli ejerce de profesora allí donde fue alumna. Pero, antes, retrasó una vez más su enlace con el tebeo: empezó trabajando en storyboards, animación y diseño de personajes. Poco a poco, notó que se sentía solo “una pequeña parte de un engranaje mecánico”. La emigración a mercados más poderosos, como Francia o EE UU, quedaba descartada por razones personales. Al final, fue una carta de despido la que resolvió sus dilemas. Camino despejado, pues, para intentarlo de verdad con el cómic. Y entonces apareció el concurso global de Marvel.

“Cuando empecé estaba asentado un cierto tipo de lenguaje artístico, un poco de la vieja escuela. Y entre muchísimos autores hemos contribuido a diversificarlo”, reflexiona la italiana. De su trazo se celebra que es versátil, realista, leve, capaz de reflejar el interior del personaje. A Marvel Pichelli también ofreció una mirada distinta. Cuando, un año después, fue a Nueva York a conocer por primera vez a sus jefes, se dispuso a aceptar cualquier encargo que le proponían. Hasta que recibió una pregunta que no podía contestarse con un sí: “¿Qué supervillanos de SpiderWoman te gustaría dibujar?”. No consiguió nombrar ni uno. Básicamente, porque no tenía ni idea. Entre sus influencias estaban más Egon Schiele, Gustav Klimt o Claire Wendling. Aunque hoy también cita Spiderman: vuelta a casa (de Joe Michael Straczynski y John Romita Jr., editado por Panini): “Me dejó la primera impronta, por su introspección. Me interesa mucho más que la parte de acción”.

Por su mesa romana, desde entonces, han pasado los personajes más poderosos del planeta. Aunque solo se quedan un tiempo, siempre regresan a la casa madre. A Pichelli le ha encantado retratar a la Bruja Escarlata, le fascina Daredevil. Pero sabe que tan preciados juguetes vienen prestados, y con la condición de no romperlos: “Como dibujante, ciertos disfraces y diseños están establecidos. Como guionista, te mueves en una historia que ya tiene tramas, y orígenes. Y se suman la cultura estadounidense y la llegada de Disney [compró Marvel en 2009], que ha aumentado algo la rigidez. Hay restricciones en algunos ámbitos, aunque no tantas en mostrar la violencia. Si, con todo esto, consigues añadir algo tuyo, has ganado”. Ella ha logrado incluso más: crear una leyenda de cero.

Era 2012 cuando su arte y la escritura de Brian Michael Bendis parieron a Miles Morales, un Spiderman para el siglo XXI: afrolatino, jovencísimo, en sus primeras páginas lograba acceder solo a través de un sorteo a un colegio que su familia no podía permitirse. “Al principio no había guion, ni sinopsis, solo una idea. Brian me pasó un documental sobre el tejido social de EE UU y sus minorías. Y de ahí sacamos el arranque del personaje. Estaba entusiasmada. Nadie se esperaba eso de Spiderman, ni tampoco se había contado en tebeos de superhéroes”, rememora Pichelli.

Probó muchas opciones, con rastas, rapado, o con cinturón blanco. Hasta la versión final: muy esbelto, con cabello afro y un disfraz donde dominan el negro y el minimalismo, por empeño de la dibujante. Estudió incluso manuales de lucha, para que el encuentro entre el nuevo y el viejo Spiderman resultara realista: Peter Parker debía evocar la capoeira, mientras que los movimientos de Morales recordaban a un bailarín. “Lo considero el hito hasta ahora de mi carrera. Nos preguntábamos si funcionaría. Cuando estalló, nos dimos cuenta de la suerte que habíamos tenido: esa libertad y diversión no he vuelto a experimentarlas. Ha creado una base de seguidores estupenda, y cada vez que voy a eventos en EE UU me doy cuenta de lo mucho que significa”. En una de esas convenciones, un padre se le acercó para darle las gracias.

Hace seis décadas que el Hombre Araña enseña que grandes poderes conllevan grandes responsabilidades. Y Pichelli sintió una muy relevante sobre sus hombros: una europea, caucásica, creando un símbolo para un colectivo al que no pertenecían ni ella ni el guionista, que tiene una hija afrodescendiente. “Entonces no estaba tan sensibilizada, no me planteé tantos problemas. Como diseñadora de personajes, estaba acostumbrada a ocuparme de cualquier criatura. Ciertas reflexiones las he hecho a posteriori. Ahora, en 2026, no me veo como la primera elección para ello, y estaría bien dar una oportunidad de ser escuchada a una voz que provenga de esa comunidad”, sostiene la autora.

En sus tablas, Pichelli recrea habitualmente sombras y esfumados. Pero, a lo largo de la conversación, demuestra un buen manejo de otros matices. Muchos historietistas a lo largo de los años se han quejado de que no ven ni las migas de los taquillazos en cine de sus personajes. Ella asegura que ha recibido “reconocimientos simbólicos de naturaleza económica y los créditos por cada película” de la exitosa y oscarizada saga animada de Spiderman en el Multiverso. Y agrega: “Es un tema importantísimo. Trabajamos con la cesión de los derechos de autor y contractualmente no poseemos los derechos de los personajes que contribuimos a crear para las majors. Existen otras editoriales donde sí puedes trabajar con tus propias creaciones. Es un discurso muy complejo y es justo hablar de ello. Lo importante es no caer en la polarización de buenos contra malos”.

Más temas espinosos. Y más matices. Pichelli tiene tal pasión por Sandman que se lo ha tatuado. Y cumplió el sueño de trabajar con textos del autor de la novela gráfica, Neil Gaiman. ¿Cómo ha vivido las denuncias en contra del autor por presunta violencia sexual, y su posterior desestimación? “Leer lo que leí fue terrible. Pero me alegro por él de que las acusaciones se hayan caído. De todos modos, si ampliamos el foco más allá del caso específico, sigue siendo fundamental luchar por extirpar la violencia de género. Estamos en una época en la que el hecho de que un caso se desinfle, o no termine ante un juez, no es sinónimo necesariamente de que no haya ocurrido. Imagino que es una pesadilla para un inocente verse metido en algo así. Pero a muchas mujeres todavía no se les cree o se les revictimiza, y en eso nos queda mucho por avanzar”.

El cómic de superhéroes, en su percepción, sí ha dado algún paso hacia la igualdad. En este caso, Pichelli saca de su estuche otro recurso: la ironía. “Me he encontrado dibujando personajes femeninos sexualizados. He tratado de salir del estereotipo de superheroina en postura preorgásmica con una talla séptima de sujetador, aunque no es facilísimo si combate en biquini contra un hombre con armadura”, afirma. A la vez, cree que la aparición de más editoras y escritoras, y de personajes como Ms Marvel, han movido el foco desde los cuerpos hacia las historias femeninas. “Nunca he sido discriminada en mi trabajo. Pero no puedo negar que allá donde fuera solo estaba rodeada de hombres. Y por supuesto ha habido fans que me han dicho eso de ‘dibujas bien para una mujer”, añade. Pichelli nota que algo está cambiando para mejor, pero hace falta más.

Idéntica, en cambio, continúa siendo su difícil relación con la fama. En la hora de charla se le ha notado muy cómoda. Sin embargo, responde: “Sigo viviendo muy mal la exposición mediática. Pero me he hecho experta en ponerme una máscara”. Es lo que tiene llevarse bien con tantos superhéroes.

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Al día que cambió su vida Sara Pichelli llegó con retraso. Cosa de las dudas, o de la “honestidad intelectual”, dice ella. Cuenta que apenas tenía dibujos para enviar al concurso, y que repetía: “Pero ¿qué voy a mandar?”. A lo que su entorno oponía sentido común: “¿Qué más da? Prueba, es gratis”. Finalmente, la convencieron. Así que, pese a su portafolio reducido, se apuntó a Chesterquest, la gira mundial con la que Marvel buscaba en 2008 nuevos talentos. A fuerza de procrastinar, eso sí, el plazo había caducado.

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