Stephen Grosz, psicoanalista: “Hay personas a las que la infelicidad les resulta más cómoda que la entrega en el amor”

“Amar a otro ser humano es, quizás, la tarea más difícil que nos ha sido encomendada. La última, la prueba suprema, ante la que todas las demás no son sino preparación”. La cita es de Rainer Maria Rilke y abre el segundo libro de Stephen Grosz (Indiana, EE UU, 73 años), Trabajos de amor (Debate). Psicoanalista en ejercicio en Inglaterra desde hace más de cuatro décadas, Grosz piensa que el amor no es un estado al que se llega, sino un trabajo que se hace. Y que casi siempre hacemos mal.

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 El experto publica ‘Trabajos de amor’, un libro sobre lo que ha aprendido de sus pacientes y el dolor que pueden provocar las relaciones humanas, tras 40 años pasando consulta  

“Amar a otro ser humano es, quizás, la tarea más difícil que nos ha sido encomendada. La última, la prueba suprema, ante la que todas las demás no son sino preparación”. La cita es de Rainer Maria Rilke y abre el segundo libro de Stephen Grosz (Indiana, EE UU, 73 años), Trabajos de amor (Debate). Psicoanalista en ejercicio en Inglaterra desde hace más de cuatro décadas, Grosz piensa que el amor no es un estado al que se llega, sino un trabajo que se hace. Y que casi siempre hacemos mal.

Su primer libro, La mujer que no quería amar, publicado en 2013, fue un fenómeno: número uno en las listas británicas, traducido a más de 30 idiomas, adaptado para el teatro. El New York Times lo describió como “una combinación de Chéjov y Oliver Sacks”. Trabajos de amor es su continuación: 12 historias clínicas reales —con nombres cambiados— sobre los miedos, los engaños y las pérdidas que nos impiden conectar de verdad con quienes amamos, o creemos amar. El libro llega a España esta semana, y Grosz recibe a EL PAÍS en las oficinas de su editorial en Madrid. Habla con voz pausada y tanta amabilidad y empatía que, a menudo, la entrevista se siente más como una sesión de terapia.

Pregunta. Amar es la tarea más difícil que nos ha sido encomendada, dice esa cita de Rilke que ha elegido. Pero la mayoría de la gente no piensa en el amor como una tarea…

Respuesta. No. Solemos pensar en el amor como un sentimiento: si lo sientes, estás enamorado. Pero me gustó la idea de que tenemos que trabajar para ver con claridad. A nosotros mismos, a las personas que amamos, al mundo tal como es. Vivimos en un momento en que mucha gente confunde lo que siente con lo que es verdad. Si siento que algo es así, entonces es así. Pero el amor exige formar parte del mundo como es, no como lo imaginamos, lo deseamos o lo tememos.

P. Y sin embargo, hay una tradición cultural muy arraigada que dice que cuando el amor empieza a requerir esfuerzo, es que ya no es amor…

R. Tengo una amiga, la poeta británica Wendy Cope, que lo dice muy bien: al principio está la parte divertida. El cortejo, el erotismo, la excitación. Y luego empieza el amor. Lo que llamamos amor romántico es, en realidad, el comienzo: cuando de verdad te importa alguien, tienes que aprender a escucharle. Y eso es muy difícil. Yo mismo, como muchos hombres, tengo el impulso de ir a arreglar las cosas rápidamente. Pero a veces la otra persona solo quiere ser escuchada. Solo quiere que alguien reconozca lo que siente.

P. En el libro distingue entre entrega y sumisión. ¿Por qué es importante?

R. Es algo que descubrí primero en mí mismo. Cuando empecé mi propio análisis de formación, de joven, pensé: si soy un buen paciente, si hago todo lo que se espera de mí, el analista pensará bien de mí. Eso es sumisión: es transaccional. Es decir, “haré lo que tú quieras a cambio de que me quieras”. Y eso nunca funciona, porque genera resentimiento. La entrega es completamente distinta. Es involuntaria. Es dejar que alguien te importe de verdad, aceptar que el amor no va a durar para siempre, que ni tú ni la otra persona sois perfectos. Es la experiencia de ser profundamente aceptado, no de ganarte la aceptación.

P. ¿Cómo puede reconocer alguien si está en una dinámica de sumisión en una relación?

R. Por el resentimiento. Cuando alguien empieza a llevar la cuenta de lo que ha dado y lo que no ha recibido. ‘Hice todo esto y aquello y, sin embargo…’. La sumisión acumula agravio. La entrega no lleva la cuenta. Y hay algo más: creo que para que haya verdadera intimidad tiene que haber cierta igualdad en la entrega. Si solo se entrega uno de los dos, tampoco funciona.

P. Uno de los casos más elaborados del libro es el de Sophie, que está enamorada de su prometido, pero, aún así, no puede enviar las invitaciones de boda. ¿Por qué casarse puede sentirse como una pérdida?

R. Porque lo es. Casarse no es solo elegir a alguien: es dar algo por terminado. Sophie era hija única, estaba muy unida a sus padres. Casarse significaba dejar de pertenecer solo a ellos y crear tu propia familia. Nadie piensa en la boda como un momento de pérdida, pero hay algo que se acaba. Y hay personas para quienes esa pérdida es tan grande que no pueden dar el paso. Lo veo cada vez más, por cierto, en jóvenes cuyos padres están muy encima de ellos. Pienso que a veces sería mejor que los niños se sintieran un poco excluidos de la pareja que forman sus padres: que hubiera algo reservado solo para los dos adultos. Esa exclusión puede ser el motor que empuja a los hijos a querer tener su propia vida.

P. ¿Tener hijos cambia el amor?

R. Puede cambiarlo mucho. De hecho, es uno de los grandes problemas que veo ahora. Se nota incluso en la literatura: en los años 60, 70 y 80 las novelas eran sobre la relación entre adultos, entre hombres y mujeres, o entre personas del mismo sexo. Cada vez más son sobre la relación entre padres e hijos. Eso dice algo. Uno de los problemas más grandes que tratan los terapeutas hoy es que, después de tener hijos, las parejas dejan de desearse. Hay mucho menos sexo, mucha menos pasión. La gente está tan centrada en sus hijos que pierde de vista la pareja que forma. Y creen que eso es mejor para los niños. Pero no lo es.

P. Sophie regresa a la consulta décadas después. Su marido le ha sido infiel y ella ve la infidelidad como una oportunidad para escapar sin que nadie la juzgue. Pero usted concluye que nunca se había casado del todo…

R. Sí. Su problema no era si quedarse o marcharse. Era que siempre había mantenido una distancia. La infelicidad le resultaba más segura que la entrega. Eso es algo que veo con frecuencia: hay personas que se quedan atrapadas en su sufrimiento, no por masoquismo, sino porque es lo conocido. Si te crías en una familia donde había mucho dolor, eso es lo que conoces. Y cuando en la vida adulta se abre una puerta hacia algo más luminoso, a veces la gente da unos pasos y retrocede. La felicidad les resulta menos familiar que la tristeza.

P. ¿Alguien puede preferir inconscientemente el sufrimiento?

R. Es uno de los problemas más difíciles que existen en mi trabajo. Y es una paradoja: el sufrimiento es mi aliado, porque es lo que trae a la gente a la consulta. Pero con el tiempo, algunos pacientes llegan a un punto en que ya no quieren cambiar, aunque crean que sí. El sufrimiento se ha convertido en su identidad, en una forma de poder dentro de la familia: quien ha sufrido más, quien tiene derecho a más. En esos casos hay que saber cuándo uno, como terapeuta, ya no puede ayudar más. Llevo décadas en un grupo de supervisión con colegas, y a veces son ellos quienes me dicen: ya has llegado al límite, es hora de que este paciente trabaje con otro.

P. ¿Hay diferencias entre cómo viven el amor hombres y mujeres?

R. Las mujeres parecen más fluidas en su sexualidad, más relajadas con la intimidad entre mujeres. Y tiene sentido si lo piensas: todos amamos primero a una mujer. Todos amamos a nuestra madre. Para las mujeres eso forma parte de su feminidad de manera continua. Los hombres empezamos igual; a los dos años, si preguntas a un niño qué quiere ser de mayor, dice “quiero ser mamá”. Pero nos socializan para alejarnos de ahí. Cuando alguien llama a un hombre “niño de mamá”, le está diciendo que ve ese origen. La masculinidad se construye, en parte, sobre una negación.

P. Y lo estamos viendo en política ahora mismo de forma clara…

R. Como analista, lo veo muy claramente. Trump feminiza a sus adversarios: dice que Starmer es débil, habla de Macron de manera denigrante, cuestiona la masculinidad de quienes se le oponen. Es el mismo mecanismo que estudio en la consulta. Y no es solo Trump: ¿por qué California eligió a Arnold Schwarzenegger como gobernador? ¿Por qué Minnesota eligió a Jesse Ventura, un luchador profesional? ¿Qué tiene eso que ver con gobernar un estado? En Reino Unido llamamos nanny state —estado niñera— a todo lo que queremos desacreditar. Es la misma operación: feminizar para restar valor. Una vez que ves el mecanismo, puedes nombrarlo. Y nombrarlo lo desactiva un poco. Ya no funciona igual.

P. Hay un caso en el libro que es especialmente brutal: el de un hombre que queda paralizado durante años tras el suicidio de su pareja. ¿Hay pérdidas que simplemente no se pueden digerir?

R. Quise incluir esa historia porque, cuando nos enamoramos de verdad, no sabemos a dónde nos lleva. El amor real te expone. Pueden pasar cosas con las que no contabas en absoluto. Y tenía claro que quería hablar del coraje humano: en mi consulta he visto personas que han perdido un hijo, con diagnósticos terminales o con enfermedades neurodegenerativas. Y su capacidad para enfrentar lo insoportable cuando se sienten escuchados es asombrosa. Con esa historia quise decir que hay cosas que no se pueden digerir, sí. Pero sí se pueden mirar. Y mirarlas acompañado cambia algo fundamental: ya no estás solo en ello.

P. Vivimos en la era del autoconocimiento acelerado: libros de autoayuda, apps de meditación, chatbots con los que hablar de nuestros problemas. ¿Sirven de algo?

R. Tuve un paciente hace poco que me dijo: “La semana pasada no estabas, era Navidad, así que hice terapia con la IA”. Me contó lo que había escrito y lo que la IA le había respondido. Es interesante. Creo que esas herramientas pueden ser útiles para ciertas cosas, como técnicas para dormir u orientación práctica. La IA imita muy bien la conciencia y la empatía. Pero cuando yo estoy sentado con un paciente, estoy pensando en él como persona: tiene padres, tuvo una infancia, se enamoró, va a morir. Y yo también. Eso es algo que dos seres humanos comparten en una habitación y que no puede replicarse. De hecho, soy muy optimista respecto al futuro del psicoanálisis. Cuanta más IA haya, más vamos a necesitar tiempo real con otra persona.

P. ¿Cuál es la lección más importante que ha aprendido en estos 40 años?

R. Los problemas fundamentales no han cambiado. La gente sigue queriendo ser vista, escuchada, reconocida. Lo que sí ha cambiado es el contexto. Cuando empecé a ejercer, cuando tenía 30 años, pensaba que el dolor era algo que había que eliminar. Ahora entiendo que el dolor es el mejor instrumento que tenemos para saber lo que deseamos. Si alguien me dice que echa muchísimo de menos a su pareja cuando no está, eso me dice algo. Tuve una paciente que hablaba maravillas de un hombre, y él tuvo que viajar casi un mes. Yo esperaba que estuviera deshecha. Y no lo estaba. Eso me dijo todo: le gustaba la idea de él, pero no le importaba de verdad. La ausencia revela el amor. Y la mortalidad también: saber que todo amor termina, porque o te separas o uno de los dos muere. Eso no es una traición al amor. Es la condición del amor.

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