Este año habrías cumplido cien años, John, y no sé cómo hacer esto. No sé cómo rendir homenaje a alguien que ya no está cuando esa persona era, de un modo inexplicable, la prueba de que tú misma existías.
Este año habrías cumplido cien años, John, y no sé cómo hacer esto. No sé cómo rendir homenaje a alguien que ya no está cuando esa persona era, de un modo inexplicable, la prueba de que tú misma existías. Seguir leyendo
Este año habrías cumplido cien años, John, y no sé cómo hacer esto. No sé cómo rendir homenaje a alguien que ya no está cuando esa persona era, de un modo inexplicable, la prueba de que tú misma existías.
Empezaré por el principio, que no es el principio.
Nevaba en Berlín cuando supe que habías muerto. Una nieve tonta, de las que caen sin convicción y se deshacen antes de tocar el suelo. Enero de 2017, y tú te ibas con nieve. Pensé que era una crueldad innecesaria por parte del universo, esa nieve. Y desde entonces, cada vez que nieva en cualquier ciudad del mundo en la que me encuentre —y he estado en muchas, y ha nevado en muchas— te busco entre los copos. No de manera mística o desesperada sino con el convencimiento firme que, de algún modo estás ahí.
Eras un crítico que pintaba. O un pintor que escribía. O un escritor que miraba. Las cuatro cosas a la vez, que es lo más difícil del mundo y lo más necesario. Tenías esa extraña capacidad de convertir una idea en imagen y una imagen en argumento ético. Cuando escribías sobre los campesinos de los Alpes, sobre Azdak, sobre los trabajadores migrantes que mandan dinero a casa desde ciudades que nunca serán verdaderamente suyas, no te limitabas a nombrarlos: los dibujabas en palabras hasta que aparecían en la habitación, entre nosotros, reclamando su lugar. G. La trilogía De sus fatigas. El séptimo hombre. Libros que no son meros libros sino intervenciones en el mundo real.
Me enseñaste que ver es un acto político.
Me enseñaste —y esto tardé más en aprenderlo, y me costó más— que tenía derecho a existir artísticamente. Que mi mirada tenía valor. Modos de ver lleva tu nombre pero es también el libro que me explicó por qué ciertas imágenes siempre me habían hecho sentir objeto y no sujeto, espectadora de una mirada que nunca fue la mía. Me devolviste los ojos. No como un regalo condescendiente sino como quien señala algo que siempre estuvo ahí y dice: mira, ya lo tenías, solo necesitaba ser nombrado.
Donaste el dinero del Premio Booker a los Panteras Negras. En 1972. Vistiendo ese viejo traje tuyo, con esa seriedad que nunca fue solemnidad sino otra cosa —convicción, quizás, o simplemente la negativa a separar lo que piensas de lo que haces—. Recuerdo haber leído eso siendo muy joven, muchos años antes de conocerte, y pensar: sí. Así se hace.
Ahora hay imágenes de Gaza en todos los teléfonos del mundo y también te busco ahí. En el polvo. En los niños que corren hacia algo o huyen de algo, ya es difícil saberlo. En los médicos que operan sin anestesia, con la frente perlada de un sudor que es también una forma de llanto. Habrías dicho algo. Habrías escrito algo. Habrías firmado algo, ido a algún sitio, sido incómodo y necesario como siempre fuiste. Tú, que escribiste sobre Palestina, tú que amas Palestina y a su pueblo. Y ahora… No, no vayamos ahí. Es impensable.
Tú, que nunca confundiste la incomodidad con el coraje, porque para ti no era coraje: era simplemente lo que había que hacer.
Esta mañana un perro callejero me miró con tus ojos.
No lo digo como metáfora, aunque lo es. Lo digo porque en ese momento era verdad: esa mirada larga, sin miedo ni hostilidad, solo una pregunta suspendida entre nosotros —y tú, ¿qué estás haciendo aquí, qué estás haciendo con tu tiempo, con todo lo que te fue dado?— esa mirada era la tuya. La he reconocido en Sobre el dibujo, donde escribes que dibujar es una manera de gritar sin que nadie te oiga, y en Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos, que es el libro más extraño y más honesto que escribiste, ese libro del que nunca estoy segura si es una carta de amor o una teoría del tiempo o simplemente un hombre de pie en el mundo con los ojos bien abiertos. Probablemente, todo al mismo tiempo.
Generoso. Qué palabra tan gastada para lo que eras. Generoso como los árboles, que no preguntan a quién dan sombra. Fuiste a vivir a Quincy, un pueblo campesino en los Alpes de la Alta Saboya, no como gesto romántico sino porque querías entender. Porque para ti, comprender requería presencia física, contacto, tiempo. Escribiste con ellos y para ellos y sobre ellos durante décadas. Eso tampoco era coraje. Era coherencia, que es aún más difícil.
Te escribo hoy porque mañana habrá otras urgencias, y porque los cumpleaños de los muertos son los únicos días en que nos permitimos el lujo de ser honestos sobre cuánto los necesitamos. Cien años, John. Cien años y el mundo sigue roto de las mismas maneras y de otras nuevas, y tú sigues siendo necesario de las mismas maneras y de otras nuevas.
No hace mucho, un estudiante me preguntó cómo aprender a mirar. Dije: abre los ojos, destápate los oídos y lee a Berger. No como respuesta fácil sino como la más honesta que tenía. Me enseñaste que mirar no es pasivo. Que entre el ojo y la imagen siempre hay una historia, una clase social, un género, un miedo, un deseo. Que ninguna imagen es inocente. Que el arte es siempre también una pregunta sobre el poder: quién lo tiene, quién lo ejerce, quién lo padece, quién lo canta.
La última canción que escuchamos juntos en París era de Nick Cave. Into My Arms. No puedo escuchar esa canción sin sentir que el corazón se me parte en pedazos.
Ahora llueve como llueve a menudo en tus poemas.
Sigo mirando.
Sigo buscándote en todo lo que veo.
Caras, colores, gestos, montañas, niños, perros, viento, hierba, lluvia, silencios, canciones…














