Leila Slimani pasa días felices en Madrid, donde ha disfrutado de una residencia en el Museo del Prado que le ha permitido conocerlo a fondo para sumergirse en la escritura de un relato sobre este lugar. La autora francomarroquí, nacida en Rabat, en 1981, recorre con pasión la sala de las Pinturas Negras de Goya, donde ve a Elon Musk o a Donald Trump en los demonios que aleccionan a las masas. Ganadora del Premio Goncourt, ha rematado la trilogía El país de los otros (Cabaret Voltaire), que aborda las complicaciones y riquezas de una familia mixta como la suya, con caminos de ida, vuelta y extrañamiento entre culturas.
La autora francomarroquí pasa una semanas en Madrid de la mano del Museo del Prado. En las obras de Goya o Velázquez encuentra los desastres del mundo de hoy
Leila Slimani pasa días felices en Madrid, donde ha disfrutado de una residencia en el Museo del Prado que le ha permitido conocerlo a fondo para sumergirse en la escritura de un relato sobre este lugar. La autora francomarroquí, nacida en Rabat, en 1981, recorre con pasión la sala de las Pinturas Negras de Goya, donde ve a Elon Musk o a Donald Trump en los demonios que aleccionan a las masas. Ganadora del Premio Goncourt, ha rematado la trilogía El país de los otros (Cabaret Voltaire), que aborda las complicaciones y riquezas de una familia mixta como la suya, con caminos de ida, vuelta y extrañamiento entre culturas.
Pregunta. ¿Qué es el Museo del Prado para usted?
Respuesta. Es un lugar excepcional, un museo que siempre he amado porque, sea cual sea nuestra lengua o cultura, nos habla de nosotros. Aquí he podido conocer a muchas personas de distintos colores políticos y todos están orgullosos del Prado. Es universal.
P. Aquí estamos rodeadas de arte, pero fuera el mundo se llena de fealdad. ¿Cómo lo vive?
R. Siento algo paradójico porque todas las obras de arte me hablan del mundo, este no es un lugar cerrado. Goya me habla de la violencia, de la estupidez; Velázquez, del poder; Zurbarán, de la guerra; Rubens, de sexualidad, de Dios… Todos los cuadros me hablan del exterior y es interesante mirarlos con las angustias de hoy porque aquí hay respuesta para ellas. Al mismo tiempo, cuando los restauradores me enseñan radiografías y veo el esfuerzo, la paciencia y la vocación que hay detrás de los cuadros siento melancolía y nostalgia sobre nuestra relación con el arte, la belleza y la trascendencia, un mundo en vías de desaparición.
P. Hacer belleza de la fealdad es la materia del arte. ¿Quién lo está haciendo hoy?
R. La belleza existe y se hace por todas partes, el problema es cómo la abordamos, qué lugar, qué importancia y qué respeto le damos. El problema es que populistas como Trump o la ultraderecha digan que la belleza es elitista, que no es importante, que los artistas están desconectados… y hay que combatir esa idea peligrosa. Lo que cuenta para gente como ellos es ganar dinero, ser viral. Pero la belleza sobrevivirá. El Prado muestra exactamente lo contrario: la gente viene del mundo entero, jóvenes o mayores, colegios, jubilados… El Prado no es una tienda de lujo, es un lugar para todo el mundo. Putin o Trump quieren que la gente sea lo menos educada posible y que no tengan acceso al matiz o la complejidad porque quieren dominar. Y eso es lo que me preocupa.
P. Usted se trasladó de Francia a Lisboa hace unos años y ahí me dijo que París era “demasiado bello, demasiado grande, demasiado duro, una casa inhabitable”. ¿Y Madrid?
R. ¡Tengo ganas de vivir en Madrid! Lo adoro, es una ciudad increíble. Hay una especie de alegría de vivir y un arte de vivir que me gusta muchísimo. Hay un buen equilibrio entre la fiesta, la familia, la relación con niños… Hay algo todavía alegre, un modo de estar juntos y eso es bastante raro. Ahora España además tiene una imagen muy positiva. Que sea el último país socialista y el último que se atreve a decir ciertas cosas forma parte del poder de atracción de Madrid.
P. ¿La turistificación no le molesta?
R. Lo he pensado mucho y es demasiado fácil decir: estoy en contra, estoy harta de turismo, pero es demasiado egoísta pensar que yo tengo derecho a ser turista en Madrid y los demás no. Cada vez hay más gente que puede viajar, pues mejor. Y hay que adaptarse para que sea agradable para todo el mundo.
P. Ha terminado su trilogía familiar. ¿Ha dejado atrás a esos personajes?
R. Me acompañan porque aún me quedan cuatro o cinco países de promoción. He escrito la adaptación del libro para televisión, estoy adaptando Tolstói al teatro y aún reflexiono sobre lo que haré después, aún no lo sé.
P. ¿Aún es atractivo Occidente a pesar de la intolerancia creciente?

R. Occidente vive un momento muy difícil de declive, de inquietud y a muchos como yo, gente del Sur que lo hemos visto como un faro y modelo, portador de valores universales, de apego a la democracia y el progreso, nos rompe el corazón y nos da enorme pena lo que está pasando. Nos preocupa este declive, pero al mismo tiempo creo que va a haber una revolución de civilización que nos va a afectar a todos con la IA y la tecnología. Nos vamos a enfrentar a muchas cuestiones metafísicas sobre cómo proteger la civilización y qué va a ser de nuestra existencia. Así que mi inquietud sobrepasa la cuestión de Occidente. Hoy me inquieta el futuro del hombre, de nuestra especie, qué va a pasar en los próximos 50 años. Me preocupan mis hijos.
P. Francia empezó antes que España con el tema de la identidad. ¿Es un problema social?
R. No, en absoluto es un problema. Hace 20 años que algunos políticos se empeñan en convertirlo en un gran problema y aún no hemos podido encontrar la respuesta. El problema es que el edificio se hunde y los políticos están mirando una puerta que no funciona bien. No. El problema no es la puerta, sino la fundación de la casa entera. La identidad francesa hoy no es la misma que en los años cincuenta, ya no somos franceses de la misma manera. La globalización, la inmigración de masas y el mestizaje han cambiado todo y eso es irreversible, es como el feminismo. Muchos hombres no aceptan que las cosas cambien. Y va a hacer falta aprender a mirar de otra manera el mundo, reflexionar de forma seria y sin ideología sobre la inmigración, pero hacerlo con humanismo para que la gente se integre bien. Pensar en la reciprocidad. Les estamos exigiendo: amad a vuestro país. ¿Pero acaso el país les ama? La identidad no es un tabú, no tengo problema en hablar de ello, pero la forma en que se manipula me da asco.
P. ¿Hay más intolerancia hoy que cuando llegó a Europa?
R. No, pero hay más radicalidad. Los que son intolerantes lo son más y los que son tolerantes también lo son más. Una gran mayoría de franceses son menos racistas y menos homófobos, pero una parte de la sociedad se ha hecho más radical tras nutrirse de redes sociales y de un discurso que se ha desacomplejado. Antes existía, pero sonaba menos fuerte y menos violento. Y también hay más gente abierta que en mi generación. Hay silos que no se comunican entre sí, como si Francia se dividiera en grupos estancos.
P. Usted dice: “Mi pluma es mi arma”. ¿Y cuál es su lucha?
R. Luchar contra la estupidez, y esa lucha empieza por mí. Defiendo la idea de dar lugar a la complejidad, al matiz, a preferir la duda al deseo de tener la razón. La gente vive obsesionada con tener la razón, están convencidos de que la tienen y que no merece la pena hablar con los demás, pero hay que restablecer la posibilidad del diálogo, de dejarnos sorprender o contradecir. Es fundamental y sin ello va a ser difícil vivir en sociedad. Los algoritmos y redes sociales nos encierran cada vez más en la dificultad del diálogo.
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