Martín Caparrós ha escrito un libro formidable que trata de Argentina en 1933, cuando estaba cerca la guerra mundial. Da la impresión de que él estaba allí. Lo cuenta todo, los personajes parecen sus confidentes, los nombres propios coinciden con algunos de los que entonces estaban vivos, y siguieron vivos cuando él, Caparrós, ya era periodista en su país y en el mundo. No hay una línea que no tenga que ver con aquel tiempo, y sin embargo es notorio que él, el cronista, el que lo cuenta, no estuvo allí.
Martín Caparrós ha escrito un libro formidable que trata de Argentina en 1933, cuando estaba cerca la guerra mundial. Da la impresión de que él estaba allí. Lo cuenta todo, los personajes parecen sus confidentes, los nombres propios coinciden con algunos de los que entonces estaban vivos, y siguieron vivos cuando él, Caparrós, ya era periodista en su país y en el mundo. No hay una línea que no tenga que ver con aquel tiempo, y sin embargo es notorio que él, el cronista, el que lo cuenta, no estuvo allí. Seguir leyendo
Martín Caparrós ha escrito un libro formidable que trata de Argentina en 1933, cuando estaba cerca la guerra mundial. Da la impresión de que él estaba allí. Lo cuenta todo, los personajes parecen sus confidentes, los nombres propios coinciden con algunos de los que entonces estaban vivos, y siguieron vivos cuando él, Caparrós, ya era periodista en su país y en el mundo. No hay una línea que no tenga que ver con aquel tiempo, y sin embargo es notorio que él, el cronista, el que lo cuenta, no estuvo allí.
Pero todo el libro, lo que cuenta Caparrós, es contemporáneo de lo que parece que ocurrió entonces y que él mismo señala como si lo recordara palabra a palabra. Un cronista como él hubiera hecho, seguramente, un libro de ahora, pero Caparrós se fue al otro mundo, a la Argentina de aquel año, como si estuviera viajando para encontrarse con lo que de veras pasó, como si no lo inventara, como si lo hubiera visto él mismo y con sus mismos ojos.
Él no había nacido, claro, nació en Buenos Aires en 1957, pero desde el principio hasta el final del libro (Todo por la patria) parece que él estuvo allí, que habló con quienes hablan en la novela, que supo de sus andanzas y de sus malandanzas, y hasta el final, es decir, hasta la última página, no deja de ser parte de la trama.
Obviamente, él no es el nombre del personaje, no se llama Caparrós el que narra, pero es imposible no ponerle su propio seudónimo, pues el Rivarola que cuenta la historia aparece siempre como alguien que, no siéndolo, o no queriéndolo ser, actúa como un periodista… Y en ese periodista es imposible no mirar, de vez en cuando, la propia figura de Caparrós.
En esta novela habitan los nombres de la literatura argentina: Jorge Luis Borges, Raúl González Tuñón, Leopoldo Marechal…
Él es, ya se sabe, uno de los grandes periodistas y escritores de esta lengua, y sin duda un testigo realmente extraordinario de lo que ha pasado en su país en los tiempos en que él ha sido uno de sus principales cronistas. Pero en este libro él hace, obviamente, una crónica general que lo lleva a tiempos remotos y que él aborda como si viniera de allí, de aquel otro mundo, con noticias frescas de la Argentina a la que miró, y no tan solo por una rendija, sino a fondo, tratando de saber más que los que protagonizan la historia.
Es imposible que hubiera conocido, ni de cerca ni de lejos, a muchos de los personajes de su libro, la mayor parte ya habrían muerto, aunque él los narra como si estuviera mirándolos. Es fantástico sentir, mientras lees el libro, que luego puedes encontrarte con aquellos a los que él tampoco vio, ni de lejos, pero que parecen tan cercanos como si, en este momento, mientras lees lo que sucedía en Buenos Aires, y que pasó en tiempos de otras guerras, ahora pasa mientras tú lees esta historia y crees que en realidad sí estás en Argentina 1933…
Es imposible, claro, que Caparrós conociera de cerca los boliches de los que trata esta novela, ni siquiera estuvo cerca de velar con otros las noches, los días y las juergas, que se vivían en las más populares de las tabernas, en el Café Tortoni o en los billares de la calle Corrientes… Claro que conoció, por ejemplo, a Jorge Luis Borges, y fue posible que conociera también a Victoria Ocampo. Borges está ahí, es un personaje, y es como si contara él también la historia en el oído del que la narra.
Pero es improbable que unos y otros, a los que conoció o vislumbró en las calles de Buenos Aires, vivieran pendientes del futbolista Bernabé Ferreyra (“Yo no juego al fútbol, pibe. Yo soy el fútbol”), el mejor jugador de entonces, perseguido por quienes lo quieren muerto porque lo acusan a él mismo de la muerte de una joven mujer a la que ama de lejos y a la que busca perdidamente y triste.
Puede ser esta novela de todas partes, de aquel país “que se fue a la mierda”, de “la bohemia distinguida” de Buenos Aires, de la música de Gardel, de la droga y de Rodolfo Valentino, del fútbol y de la maldad de los ricos, de aquel Borges y de este Caparrós, de los diarios que “antes los escribían los periodistas”… De aquel personaje que, quizá como el autor, sostiene este diálogo que parece de ahora o de siempre porque trata, cómo no, de periodismo: “—¿No serás un periodista, vos? — ¿Yo, periodista? ¿Usted me ve cara de periodista a mí? —Y yo qué sé. O ahora me van a creer que también tienen cara”.
Claro que la novela acompaña a Caparrós en sus propias pasiones, y que con la frecuencia que le da a su escritura pone a sentir el ingenio que también viven ahí. En esta novela habitan los nombres que han sido, y siguen siendo, los que alimentaron la literatura argentina: Jorge Luis Borges, Raúl González Tuñón, Macedonio Fernández, Leopoldo Marechal… Todos aquellos como si estuvieran esperando a Caparrós, o a Tomás Eloy Martínez, para jugar juntos en los boliches que forman parte de la escritura, y de la vida, de estos inolvidables argentinos entre los cuales está, por supuesto, el autor del libro.

Todo por la patria
Martín Caparrós
Galaxia Gutenberg, 2026
264 páginas. 21 euros










