El diestro salmantino se la juega y corta una oreja ante una desigual corrida del legendario hierro
Qué tendrá la verdad que tanto emociona y que a todos pone de acuerdo. Pero ¿qué es la verdad? En esto de los toros, está claro: lo que sucede cuando un hombre vestido de luces se entrega con sinceridad y valor, y se la juega ante un toro exigente y encastado. No pasa a menudo, pero, cuando lo hace, la emoción despierta e invade a los presentes.
Para ello hacen falta, claro, un toro-toro y un torero valiente. Precisamente, lo que hubo en el quinto capítulo de la última corrida de la feria de Vic-Fezensac. El toro se llamaba Pañoleto; el héroe, Damián Castaño. Pañoleto llevaba el hierro de Miura y, tras cumplir en dos puyazos, perdió las manos y mostró una preocupante falta de fuerzas, que ya habían demostrado varios de sus hermanos.
No lo puso fácil en banderillas y llegó al último tercio sin la más mínima intención de regalar una sola embestida. El toro, de mirada seria y boca cerrada, no tenía ni medio muletazo; se limitaba a quedarse debajo, midiendo, probando y buscando el bulto. Un animal listo y duro que a cualquiera le hubiera durado menos de un minuto, pero que se encontró con un torero hambriento de triunfo.
La de Damián Castaño no fue una faena lucida porque, simplemente, era imposible. A la antigua, muchas veces sobre las piernas, el salmantino se puso, esquivó las tarascadas como buenamente pudo, y le robó un puñado de medios pases que nadie veía. No hubo temple ni belleza, pero y qué más da. Hubo algo mucho más importante: emoción. La emoción que da el riesgo y la verdad.
Los tendidos, que hasta ese momento prácticamente dormitaban ante la flojedad de los temidos miuras, despertaron como de un sobresalto, presos de la emoción y con el corazón en un puño. En uno de los golpes de aquel particular combate, el de Miura pareció alcanzar con un derrote el pecho de Castaño, que comenzó a mostrarse visiblemente dolorido.
Así, cojeando, hecho polvo, cuadró al bicho y se lanzó sobre el morrillo, dejando una estocada casi entera atravesada. El público estalló en aplausos y en gritos de “¡torero!, ¡torero!”, sobre todo cuando, unos instantes después, el astado dobló las manos a la vera de las tablas. La oreja era el justo premio para un hombre que se había jugado la vida. Sin cuentos. Sin florituras. Entre lágrimas, dio una vuelta al ruedo de clamor.
Un rato antes, Damián se había encontrado con la otra cara de la moneda. El segundo fue el mejor toro de la desigual corrida de Miura. Un animal que cumplió en cuatro varas (empujó en la primera y se arrancó de muy lejos en las dos últimas) y que embistió con prontitud, fijeza y alegría en la muleta. Castaño le dio distancia y dejó muletazos estimables sobre ambas manos. La mejor tanda la logró cuando asentó las zapatillas, se ciñó y ligó los redondos en un palmo de terreno.
El resto del festejo fue otra historia. Pepe Moral no estuvo a la altura del buen primero, noble y con casta, que no se comía a nadie. El sevillano no dejó de meter pico y de perder pasos. Ante el blando, soso y descastado cuarto, poco pudo hacer.
El tercero, justo de presencia, volvió a los corrales por su manifiesta invalidez. A uno se le cae el alma a los pies cuando ve un animal de esta ganadería, legendaria por su dureza, derrumbarse por los suelos. En sustitución, salió el sorteado como sexto, también blando y de muy corto viaje. Así pues, cerró la corrida un sobrero de Yonnet soso y deslucido, que se acabó rajando. Frente a ambos, Del Pilar tiró de oficio y se limitó a cumplir el expediente.
Terminó la Feria del Toro de Vic y, gracias a Damián Castaño, lo hizo con un destello de la fiesta más auténtica. ¡Torero!
Toros de Miura, -el tercero, devuelto por inválido- correctamente presentados (salvo el 4º), cumplidores en los caballos, nobles y blandos. Destacaron por su encastada nobleza el 1º y, especialmente, el 2º; complicado y con peligro el 5º. El 6º fue un sobrero de Yonnet, correcto de presentación, noble, pero deslucido y a menos.
Pepe Moral: pinchazo, estocada baja y muy suelta que escupe, cinco pinchazos -aviso- y estocada corta (silencio); pinchazo y estocada trasera y caída (silencio).
Damián Castaño: media estocada caída y atravesada, y dos descabellos (saludos); estocada casi entera atravesada (oreja).
Gómez del Pilar: estocada muy atravesada que hace guardia y escupe, y un descabello (palmas y saluda); estocada caída (palmas y saluda).
Plaza de toros de Vic-Fezensac. 25 de mayo. 5ª y última de la Feria del Toro. Más de dos tercios de entrada.
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Qué tendrá la verdad que tanto emociona y que a todos pone de acuerdo. Pero ¿qué es la verdad? En esto de los toros, está claro: lo que sucede cuando un hombre vestido de luces se entrega con sinceridad y valor, y se la juega ante un toro exigente y encastado. No pasa a menudo, pero, cuando lo hace, la emoción despierta e invade a los presentes.
Miura / Moral, Castaño, Gómez del Pilar
Toros de Miura, -el tercero, devuelto por inválido- correctamente presentados (salvo el 4º), cumplidores en los caballos, nobles y blandos. Destacaron por su encastada nobleza el 1º y, especialmente, el 2º; complicado y con peligro el 5º. El 6º fue un sobrero de Yonnet, correcto de presentación, noble, pero deslucido y a menos.
Pepe Moral: pinchazo, estocada baja y muy suelta que escupe, cinco pinchazos -aviso- y estocada corta (silencio); pinchazo y estocada trasera y caída (silencio).
Damián Castaño: media estocada caída y atravesada, y dos descabellos (saludos); estocada casi entera atravesada (oreja).
Gómez del Pilar: estocada muy atravesada que hace guardia y escupe, y un descabello (palmas y saluda); estocada caída (palmas y saluda).
Plaza de toros de Vic-Fezensac. 25 de mayo. 5ª y última de la Feria del Toro. Más de dos tercios de entrada.











