La bendita obsesión de John Peel

El celebrado locutor de la BBC grababa los programas en su casa rural, Peel Acres, donde le rodeaba un inmenso archivo fonográfico  

Por si no lo recuerdan: John Peel falleció en 2004 en Cusco, altitud 3.400 metros. Ya oigo las inevitables voces: ¿qué demonios hacía un inglés neurótico y diabético en Perú? Bien, John quería visitar Machu Picchu pero, cierto, fue un final bien inesperado para uno de los locutores más respetados del Reino Unido. Dejó atrás viuda, hijos y una asombrosa colección de discos y cintas, que algunos visitantes calculaban en unas 120.000 piezas. Aunque solo fueran la mitad, se trataba de una cantidad pasmosa, aparentemente ordenada por fecha de adquisición, con pegatinas donde apuntaba cuantas veces había sonado tal disco en su programa. Mejor dicho, programas: aparte de su espacio en Radio 1 (y en otras emisoras europeas), también trabajó para el British Forces Broadcasting Service, exclusivo para las fuerzas armadas en los restos del imperio británico, incluyendo Gibraltar y las Malvinas.

Insisto en que se trata de una colección descomunal, sobre todo teniendo en cuenta que muchos disc-jockeys de la radio británica no pueden ser considerados como melómanos: son “personalidades” que cuentan con un producer que selecciona la música que ellos presentan con impostado entusiasmo. El producer de Peel era un gigantón llamado John Walters que se preocupaba más de evitarle las puñaladas traperas que no faltaban en aquella organización. Los dos resistían en el despacho 318 de Egton House, un edificio de oficinas junto a la sede de la BBC Radio.

Walters también ejercía como guardia de tráfico, regulando los grupos que grababan para el programa. Por exigencias del Sindicato de Músicos, cada programa debía incluir grabaciones hechas ad hoc en otros recintos de la BBC. Esas actuaciones tipo aquí-te-pillo-aquí-te-mato adquirieron fama: se editarían luego como Peel Sessions en docenas de discos, con artistas que van desde Syd Barrett a Joy Division.

No aparecen muchas superestrellas en esas Sessions. Esencialmente, Peel dedicaba su espacio a artistas novedosos. Cuando alcanzaban el estrellato, caso de Marc Bolan o Rod Stewart, dejaban de interesarle (o al revés: la ingratitud es característica esencial de las superestrellas). Al menos exteriormente, Peel no manifestaba ese sentido de propiedad sobre determinados grupos que caracteriza a algunas figuras españolas de la radio musical. Aunque también se podía cabrear si se le limitaba algún estreno de artistas que había defendido a capa y espada: ocurrió con The White Stripes, cuya discográfica le quería imponer qué temas podía pinchar del álbum Elephant.

En su país, escuchar a John Peel era considerado un rito de pasaje. Los adolescentes, cierto tipo de adolescentes, sintonizaban sus programas para conectar con una nebulosa idea de rebelión, materializada en grupos testarudos que practicaban un levantisco arte aparentemente no comercial (al menos hasta que llegaban las multinacionales con sus chequeras, aunque eso también era una lección de vida).

Fuera del Reino Unido, el nombre de John Peel es más conocido que la música que pinchaba. Digamos que sus menús ofrecían tres tipos de platos: los deliciosos, los insoportables y los esforzadamente excéntricos. Para entendernos: lo suyo era el indie, aun antes de que existiera esa categoría. Sospecho que se daba cuenta de que aquella receta a la larga tendía a la monotonía y lo salvaba intercalando algo de soul orquestal o de reggae robusto. Se agradecía.

Antes de que empezara en 2022 la subasta de parte de sus posesiones, se detectó una caja de madera apartada, conteniendo unos 130 singles de 45 rpm. Se trataba de una selección insólita, notable por la ausencia de uno de sus grupos favoritos, los chirriantes The Fall. Channel 4 dedicó un especial a indagar lo que suponía aquel material, con comentarios de los implicados, desde Jack White a Feargal Sharkey, vocalista de sus adorados Undertones, sin olvidar a la viuda o su hermano. Algunos lo han considerado como una especie de autobiografía sonora, pero tengo la sospecha de que era sencillamente el arsenal básico para las ocasiones en que era contratado para pinchar, fuera en un festival o en un club. Un profesional debe estar preparado para todo.

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Por si no lo recuerdan: John Peel falleció en 2004 en Cusco, altitud 3.400 metros. Ya oigo las inevitables voces: ¿qué demonios hacía un inglés neurótico y diabético en Perú? Bien, John quería visitar Machu Picchu pero, cierto, fue un final bien inesperado para uno de los locutores más respetados del Reino Unido. Dejó atrás viuda, hijos y una asombrosa colección de discos y cintas, que algunos visitantes calculaban en unas 120.000 piezas. Aunque solo fueran la mitad, se trataba de una cantidad pasmosa, aparentemente ordenada por fecha de adquisición, con pegatinas donde apuntaba cuantas veces había sonado tal disco en su programa. Mejor dicho, programas: aparte de su espacio en Radio 1 (y en otras emisoras europeas), también trabajó para el British Forces Broadcasting Service, exclusivo para las fuerzas armadas en los restos del imperio británico, incluyendo Gibraltar y las Malvinas.

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