Macarena García: “Me he hablado muy mal, pero ahora me trato mejor”

Tras estrenar ‘Un hijo’ y ‘Se tiene que morir mucha gente’, la actriz ha aprendido a rebajar la autoexigencia y disfrutar más de su trabajo  

Macarena García (Madrid, 38 años) empezó su carrera casi por el final, con premios y aplausos que suelen tardar años en llegar. Desde su debut con Blancanieves en 2012, con la que ganó un Goya y una Concha de Plata, no ha dejado de trabajar en cine, televisión y teatro, aunque aquel debut triunfal también acabó convirtiéndose, según confiesa, en una presión que le costó tiempo desmontar. Nos encontramos en Barcelona, donde rueda un proyecto del que no puede decir nada y a las puertas de uno de los escasos fines de semana libres que le ha dejado el verano. Este año ha estrenado dos proyectos: la película Un hijo y la serie Se tiene que morir mucha gente. En ellas exhibe sus dos caras: una melancolía innata, de la que da cuenta una mirada que siempre parece al borde de la emoción, y una insospechada vis cómica.

Pregunta. ¿Esta primera mitad de 2026 ha sido una vuelta a la primera línea?

Respuesta. No lo vivo así, pero sí siento que es un momento especial. La carrera de un actor tiene muchos altibajos: épocas de menor exposición, propuestas que llegan o no, personajes que brillan más o menos. Los dos proyectos que he estrenado este año son especiales. Estoy empezando a trabajar de otra manera. Siento que he dado un paso adelante.

P. Traducido: ¿antes sufría demasiado cuando actuaba?

R. Sí, se ha rebajado mucho el sufrimiento. He aprendido a relacionarme de otra manera conmigo misma y con mi trabajo. La cámara siempre lo ve todo. Antes, cuando me veía, notaba mis miedos. Ahora veo más relajación y ligereza.

P. ¿Tiene que ver con un momento personal distinto?

R. Sí. Es una profesión muy ligada a lo que vives, al menos en mi caso. He pasado por un momento personal extraño y eso me ha permitido cambiar el foco. Se me ha rebajado mi parte de oscuridad. Estoy más tranquila y disfruto más.

P. Me chivan que es una alumna muy aplicada, de las que repasan el guion hasta minutos antes de rodar.

R. Siempre he sido muy trabajadora. En mis guiones no cabe nada de la cantidad de notas que escribo. Sea cual sea el personaje, busco la mayor profundidad y verdad. Pero es verdad que tanto control te hace estar más en la cabeza que en el cuerpo. Estoy aprendiendo a soltar, en la vida y en la ficción, y a confiar más. Siento que ahora hay menos ruido.

P. La teníamos por una gran melancólica y resulta que es una gran actriz cómica. ¿No la habíamos mirado bien?

R. Esa vis cómica siempre estuvo ahí, aunque la gente no me tenga por graciosa. Yo me manejo por la vida riéndome mucho de mí misma. Soy muy torpe y tengo un gran talento para acabar metida en situaciones absurdas. Tuve un psicólogo que me animaba a hacer papeles cómicos porque se reía mucho con mis tonterías.

P. Su hermano, Javier Ambrossi, la llama para casi todos sus proyectos y justo la deja fuera de la película que gana un premio en Cannes. Del cero al diez, ¿cuánto rencor le guarda?

R. Ninguno [risas]. Estoy muy feliz y orgullosa por el éxito de La bola negra. He visto de cerca el talento y el trabajo que hay ahí, la intensidad y la pasión con las que trabajan. Mi hermano y yo tenemos una relación muy sana. Nos queremos de una manera absoluta. Sería normal que hubiera rivalidad, porque son cosas humanas, pero no la hay.

P. Él ha reconocido que le dio envidia que usted triunfara antes.

R. Sí, al principio hubo más comparación, porque los dos intentábamos encontrar nuestro camino. El mío empezó de una manera muy fácil, y a él le costó más. Hubo momentos complicados, pero siempre estuvieron bien gestionados, desde el diálogo y el amor, poniendo nuestra relación por delante. No hubo grandes escenas familiares. Ahora tenemos muy claro que nos acompañamos en la vida y en nuestra profesión.

P. De pequeña hizo gimnasia artística. ¿Le enseñó a sonreír mientras algo duele?

R. Has dado en el clavo. Lo hacía como extraescolar en mi colegio, que era del Opus. Aprendí desde pequeña a aguantar lo que me pasaba y seguir adelante. Y muchas veces a hacerlo con una gran sonrisa, mientras me repetía: “Yo puedo, yo puedo, yo puedo”. Al hacerte mayor entiendes que tienes derecho a bajar la guardia. Mostrarse vulnerable es lo más sano del mundo.

Aprendí desde pequeña a aguantar lo que me pasaba. Y muchas veces a hacerlo con una gran sonrisa, mientras me repetía: ‘Yo puedo, yo puedo’. De mayor, aprendes a bajar la guardia”

P. ¿Qué cuesta más quitarse de encima de una educación del Opus?

R. Hay cosas de la infancia que siempre estarán ahí y tienes que aprender a convivir con ellas. Hay cuestiones, como la culpa o la sensación de tener que estar siempre a la altura, de las que cuesta desprenderse. Pero también me llevo cosas positivas. Y las que no lo son, pues las seguiré trabajando en terapia…

P. Con Blancanieves ganó una Concha de Plata y un Goya. ¿Empezar tan arriba fue una mala educación profesional?

R. Blancanieves es una de las cosas más bonitas que me han pasado en la vida, pero cuando es lo primero que haces, tu cuerpo acaba asociando el trabajo con la validación. Y cuando después aparece la realidad de esta profesión, con todos sus altibajos, surgen sufrimientos que cuesta entender y colocar. Me relacioné con mi trabajo desde la sensación de tener que demostrar algo todo el rato, de confirmar aquel primer éxito. Sentía que podía decepcionar, que no estaría a la altura. Con el tiempo me he deshecho de todo eso y estoy más relajada. Si me apetece hacer una comedia romántica, pues la hago…

P. Sea sincera: ¿se le subió un poco a la cabeza?

R. Juraría que no. He pecado más bien de lo contrario: de tirarme a mí misma hacia abajo. Esa primera experiencia me agudizó mucho la autoexigencia.

P. De todos sus personajes, ¿cuál le da más rabia reconocer que se le parece?

R. Cuando Paco León vio Se tiene que morir mucha gente, me mandó un audio diciéndome: “Se me disparan las dudas sobre si tiene más que ver contigo de lo que tú misma crees”. Elena no se parece demasiado a mí en su manera de ver el mundo, porque vive en una burbuja, pero sí hay algo de su locura y de su arrojo que tiene más que ver conmigo de lo que yo pensaba.

P. Es verdad que hace muy bien de pija. ¿Lo es?

R. No creo que tenga nada de pija, pero sí siento que lo he respirado, que lo he tenido cerca y que hubo una parte de mi infancia relacionada con ese mundo. Lo he observado mucho.

P. Después de más de 15 años de carrera, ¿no le da pereza que todavía le pregunten por sus ex en cada entrevista?

R. Ya no siento que me pase tanto, salvo en algún photocall. Es verdad que esos titulares acaban ocupando mucho espacio, pero ahora mismo no me está importando demasiado.

P. En Un hijo interpreta a una psicóloga. ¿Es de las que psicoanalizan gratis a sus amigos?

R. Estoy intentando dejar de hacerlo, pero sí lo he hecho mucho. Llega un momento en que piensas: “¿Por qué no te lo aplicas tú, guapa?”. En general, cada vez creo más que es mejor no dar tus opiniones todo el rato.

P. En Juana de Arco interpretó a Carlos VII, que debía decidir si creía a esa joven que aseguraba escuchar voces. ¿Cómo va usted de voces en la cabeza?

R. Guau, tengo una cantidad de voces alucinante. En esta entrevista, de hecho, he tenido muchas. Pero ahora estoy un poco más tranquila. Creo que estoy consiguiendo acallarlas.

P. ¿Se ha hablado mal a sí misma?

R. Sí. Me he hablado muy mal. Pero ahora me trato mejor. Y, sobre todo, me lo paso mucho mejor.

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La actríz Macarena García, a finales de julio en el Eixample de Barcelona.

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