Aitana se luce ante 16.000 personas en el Roig Arena de Valencia

La artista catalana ofreció anoche el primero de sus dos conciertos consecutivos en Valencia con un ‘show’ intachable, más que competente  

Crítica

Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

La artista catalana ofreció anoche el primero de sus dos conciertos consecutivos en Valencia con un ‘show’ intachable, más que competente

Aitana ofreció este jueves enn el Roig Arena el primero de sus dos conciertos consecutivos en València, con entradas agotadas, dentro de su gira mundial ‘Cuarto Azul World Tour’.Manuel Bruque (EFE)

De entre el mar de pequeñas pancartas que asomaban anoche entre la multitud, Aitana leyó una que rezaba “gracias por ser la chica perfecta”. Matizó que ella no lo es. Que todas lo son. Perfectas en su propia imperfección. Y diría que anoche había al menos 12.000 mujeres en el Roig Arena de Valencia, calculando por lo bajo, porque tres de cada cuatro espectadores (de los 16.000 en total) eran mujeres. Diría que cuatro de cada cinco, más bien. Y de todas las edades imaginables. Esto ocurrió cuando llevaba –aproximadamente– una hora de concierto, y esa idea conectó más tarde con la interpretación de La chica perfecta, pieza de pop electrónico que grabó en su momento junto a Fangoria y que empastaba perfectamente anoche en el tramo final del tercer concierto de su gira, el primero de los dos consecutivos que ofrece en Valencia y el primero indoor, tras pasar antes por Roquetas de Mar y Murcia.

La única imperfección visible – porque coincidiremos en que la catalana no es precisamente una estrella anti normativa a lo Billie Eilish o Chappel Roan – es la depresión que inspiró Cuarto Azul (2025), el disco que sostiene un espectáculo de escenografía y coreografía intachables. Aunque ventilar las zozobras vitales y los problemas de salud mental es algo que se ha normalizado con tanta naturalidad en los últimos tiempos (y no es una mala señal) que ha acabado por convertirse casi en marca de fábrica para cualquier figura del mainstream.

La progresión escénica de Aitana es innegable para cualquiera que (como un servidor) haya podido verla en sucesivas visitas a Valencia en los últimos siete años. Una ciudad en la que, por cierto, siempre se ha sentido particularmente a gusto porque, como explicó, suele agotar entradas a la velocidad de la luz. El Roig Arena es el primer recinto de esta gira en el que repite. Hay entradas en reventa a precios que doblan o triplican los de salida. Y si en el Big Sound de hace dos años se enfundó una camiseta con el lema I love paella valenciana, anoche la primera pancarta que recogió es una que exhibía un montaje con ella misma vestida de fallera.

En la teórica pugna entre el pop de guitarras dosmilero que brindaban sus dos primeros discos (aquel deje a Avril Lavigne de 11 razones, que ya no forma parte del setlist) y el pop electrónico de amplio espectro de sus dos secuelas, ya gana la partida – y por goleada – la segunda faceta. El pop sintético de impacto directo, con más o menos ingredientes de las tradiciones del house y del eurodance. También podríamos decir que el rojo se impuso sobre el azul en cuanto al feedback con su público. Una suerte de apartamento con varias estancias, entre ellas el cuarto azul en la parte superior y otro cuadrante inferior para sus cuatro músicos (Matt de Vallejo, Guille Vistuer, Adrián Solla y Miki Santamaría), junto a una terraza con escaleras y una docena de bailarines, enmarcan la esquemática efectividad del show: una alusión a la intimidad que, en la práctica, revela mayor impacto en los momentos más exultantes que en los más estrictamente confesionales.

Bastaba con ver la reacción del público ante las tonalidades rojizas que emitía la pantalla al ritmo bailable de cortes como “miamor” (con esos movimientos pélvicos que inexplicablemente escandalizaron a algunos hace unos años) y otras canciones como “Gran Vía” o “Mon Amour”, en las que no necesitó la presencia de Quevedo o Zoilo. En momentos como “Conexión psíquica” o “Superestrella”, con la que cerró en medio de la algarabía general y acompañada por un puñado de elegidos y elegidas de entre el público, cualquier sismógrafo hubiera estado a punto de reventar.

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De entre el mar de pequeñas pancartas que asomaban anoche entre la multitud, Aitana leyó una que rezaba “gracias por ser la chica perfecta”. Matizó que ella no lo es. Que todas lo son. Perfectas en su propia imperfección. Y diría que anoche había al menos 12.000 mujeres en el Roig Arena de Valencia, calculando por lo bajo, porque tres de cada cuatro espectadores (de los 16.000 en total) eran mujeres. Diría que cuatro de cada cinco, más bien. Y de todas las edades imaginables. Esto ocurrió cuando llevaba –aproximadamente– una hora de concierto, y esa idea conectó más tarde con la interpretación de La chica perfecta, pieza de pop electrónico que grabó en su momento junto a Fangoria y que empastaba perfectamente anoche en el tramo final del tercer concierto de su gira, el primero de los dos consecutivos que ofrece en Valencia y el primero indoor, tras pasar antes por Roquetas de Mar y Murcia.

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