Edurne Portela (Santurce, Vizcaya, 1974) es una escritora dispuesta a arriesgar su sensibilidad cuando se enfrenta al reto de escribir un libro: la voluntad de entender la violencia y su legado de dolor son los principales rasgos que definen una exigente carrera literaria que empezó al dejar la enseñanza universitaria. La investigación biográfica No puedes quedarte aquí eternamente conecta con la novela Maddi y las fronteras (2023). Maddi era María Josefa Sansberro (1895 – 1944), una mujer real que regentó un hotel en la frontera montañosa entre España y Francia. Se comprometió con la Resistencia contra la ocupación nazi, fue detenida en 1944 y murió en el campo de concentración de Ravensbrück. En esa aventura trágica la acompañó su prima Marie-Jeanne Echeverría (1921–2007), que sobrevivió a la experiencia en el campo de concentración. Marie-Jeanne es ahora la protagonista.
Edurne Portela (Santurce, Vizcaya, 1974) es una escritora dispuesta a arriesgar su sensibilidad cuando se enfrenta al reto de escribir un libro: la voluntad de entender la violencia y su legado de dolor son los principales rasgos que definen una exigente carrera literaria que empezó al dejar la enseñanza universitaria. La investigación biográfica No puedes quedarte aquí eternamente conecta con la novela Maddi y las fronteras (2023). Maddi era María Josefa Sansberro (1895 – 1944), una mujer real que regentó un hotel en la frontera montañosa entre España y Francia. Se comprometió con la Resistencia contra la ocupación nazi, fue detenida en 1944 y murió en el campo de concentración de Ravensbrück. En esa aventura trágica la acompañó su prima Marie-Jeanne Echeverría (1921–2007), que sobrevivió a la experiencia en el campo de concentración. Marie-Jeanne es ahora la protagonista. Seguir leyendo
Edurne Portela (Santurce, Vizcaya, 1974) es una escritora dispuesta a arriesgar su sensibilidad cuando se enfrenta al reto de escribir un libro: la voluntad de entender la violencia y su legado de dolor son los principales rasgos que definen una exigente carrera literaria que empezó al dejar la enseñanza universitaria. La investigación biográfica No puedes quedarte aquí eternamente conecta con la novela Maddi y las fronteras (2023). Maddi era María Josefa Sansberro (1895 – 1944), una mujer real que regentó un hotel en la frontera montañosa entre España y Francia. Se comprometió con la Resistencia contra la ocupación nazi, fue detenida en 1944 y murió en el campo de concentración de Ravensbrück. En esa aventura trágica la acompañó su prima Marie-Jeanne Echeverría (1921–2007), que sobrevivió a la experiencia en el campo de concentración. Marie-Jeanne es ahora la protagonista.
Hablamos de ellas, y del terror, una mañana de septiembre en una sala de reuniones gélida del CCCB. Solo al final de la conversación sentimos frío.
Pregunta. La violencia es central en sus libros. Su tesis la dedicó a la sufrida por mujeres argentinas durante la dictadura militar. ¿Qué aprendió?
Respuesta. Lo primero, conciencia de una violencia específica. La tortura es brutal para el hombre y para la mujer, pero en el caso de la mujer es específica. No solo por los abusos, la propia biología le hace más vulnerable. No me había enfrentado a descripciones tan tremendas sobre el impacto de la violencia en el cuerpo y cómo luego la psique femenina transforma esa violencia en narración.
P. Cuándo hizo esa investigación ¿había asumido lo importante que la violencia había sido para alguien como usted, nacida en el País Vasco?
R. Hasta mucho después no sentí que el interés por la violencia venía de mi contexto. Pensaba que lo que había vivido no tenía nada que ver. Ya había publicado la tesis y estaba en un proyecto de posmemoria cuando el periodista irlandés Paddy Woodworth, autor de Guerra sucia, manos limpias, sobre los GAL, me dijo: “Tú estás escribiendo sobre Argentina porque vienes de donde vienes”. Algo ahí hizo clic, una especie de “amiga, date cuenta”.
P. En El eco de los disparos tuvo la voluntad de no ser maniquea.
R. Era casi una disciplina de pensamiento. Cuando empecé el proyecto tenía una posición más maniquea. Era absolutamente contraria a la violencia de ETA, y eso no cambió, pero más incapaz de ver el dolor de lo que llamamos “los otros”. Cuánto más leía, más entraba en contacto con personas de lo que consideraba otro mundo, me daba cuenta de que la cuestión era mucho más compleja. El trabajo de memoria me ayudó a entender que había sido testigo y partícipe de situaciones ambiguas, intrincadas, y que debía escribir desde la conciencia de la complejidad.
P. ¿Ha dejado esa historia?
R. Estoy desarrollando un proyecto con testimonios de la violencia. La de ETA y la violencia ilícita de estado. Y la mayoría de testimonios son de mujeres. De víctimas supervivientes y víctimas de familiares asesinados. Testimonios de alguna mujer concejala del PSOE o del PP, que explican el tipo de agresiones verbales que recibían. Como la mujer de un concejal asesinado, a la que una vecina le dijo: “tú, ahora a vivir de puta madre con la subvención”. Es incomprensible el nivel de crueldad y fanatismo de esa persona para no sentir ninguna empatía por otra que estaba sufriendo.
P. ¿Se ha metabolizado la violencia?
R. Ahora, cuando estamos en Euskadi y vemos lo bien que van las cosas, se me hace difícil compaginar el conocimiento que tengo de esa sociedad y la actual. Me parece que tenemos un vacío tremendo que nos va a pasar factura. Todas esas actitudes, ese rencor, ¿dónde han ido? Ojalá se haya metabolizado. Pero ¿qué hacemos con el dolor que sigue vivo? El de todas las víctimas, y no solo las de ETA, también las de la violencia policial, que no son pocas. Si no hay un debate en el que seamos conscientes de esa inmensa crueldad, sobre la deslegitimación de la violencia y las actitudes inaceptables en una sociedad democrática, es muy difícil que el dolor desaparezca.

P. ¿Cuándo se deja de ser víctima? ¿Lo es Angélique Bereau, la nieta de Marie-Jeanne Echeverría, la protagonista de No puedes quedarte aquí eternamente?
R. Ha heredado un trauma y un dolor. De una serie de condiciones sociales y económicas, impuestas por la represión o la persecución o la desposesión. Cuando Marie-Jeanne vuelve a Sara, todo lo que poseía ha desaparecido. Debe empezar de cero con heridas psíquicas y físicas que le impiden trabajar y desarrollarse. Eso afecta a qué posibilidades le da su hija. Hay una herencia del daño. Condiciona la vida por generaciones, pero yo creo que la víctima directa es que lo sufre y quien tiene que convivir con sus consecuencias inmediatas.
P. Al empezar la investigación para escribir Maddi y las fronteras, ¿sabía que escribiría esta especie de segunda parte?
R. Marie-Jeanne estaba muy presente, pero no sabía que iba que iba a escribir este libro. Pero cuando acabé, pensé: “¿qué más puedo hacer con esta historia?”. Me quedé con ganas de adentrarme más en ese mundo, pero con otras herramientas. Pensar y escribir de una manera que la novela no me había permitido.
P. El relato de la deportación, contado por Maddi, era muy lírico y tenía un peso argumental menor respecto a su actividad como resistente. ¿Por qué no entró en el espacio de terror del campo de concentración?
R. El punto de vista es el suyo, todo lo que sabemos es a través de su subjetividad. Y ella no entendía lo que ocurría con la deportación. A través de su cuerpo, experimentaba una serie de situaciones en un contexto que ya no entendía. Nosotros sabemos qué es un campo de concentración. Estas mujeres no. De repente las lanzaron ahí, las vuelcan en ese infierno, y empiezan a vivir una experiencia inasumible, sin herramientas cognitivas para saber lo que les estaba pasando. Simplemente sentían terror. Intenté comunicar esa percepción de la realidad ya alterada, a través de un lenguaje roto, porque ese cuerpo y esa mente estaban siendo destruidas.
P. El punto de vista ahora es completamente distinto.
R. Aquí yo soy la que la que cuento, narro, investigo. La que va a Ravensbrück. A la fábrica de baterías Pertrix.

P. ¿Cómo ha sido el proceso de escritura?
R. Al terminar Una belleza terrible, que escribimos José [Ovejero] y yo, ya tenía a Marie-Jeanne en la cabeza. Primero repasé el archivo, luego entrevisté a la nieta, que me facilitó documentación, pedimos al archivo de Vincennes que mandasen información… Y así me di cuenta de una mención, que solo se hace una vez, de que Maddi y Marie-Jeanne estuvieron las dos en la fábrica de Pertrix. Se me pusieron los pelos de punta al constatar que habían estado en el mismo sitio. No lo supieron. Me da una tristeza tremenda. ¿Cuántas mujeres como ellas morirían sin haber sido conscientes de la importancia de lo que hicieron y de lo que vivieron?
P. “Cada pila Varta que usas para tus pequeños electrodomésticos alberga el sufrimiento de miles”. En Pertix trabajaron explotadas. ¿Cómo se repara eso?
R. Esta gente nunca reparó a quienes directamente sufrieron sus abusos, y abuso se queda corto. Y además fueron responsables de engrasar la maquinaria de guerra del nazismo. La responsabilidad es brutal. Han heredado los beneficios. ¿Por qué tienen que ser fortunas tan inmensas, con todo ese dinero sucio y de muerte, reproduciéndose dentro de las mismas familias? Por eso la pila Varta. Seguimos alimentando a un imperio que se sostuvo y se amplió a partir de complicidades terribles.
P. ¿Por qué aparece José, su pareja, en los viajes al campo de concentración y a la fábrica?
R. Esos dos viajes no los podría haber hecho sola. Estar en Ravensbrück o en Pertrix era emocionalmente muy duro. Le pedí a José que viniera conmigo y aceptó. Este viaje, que es un cognitivo, también es inseparable de tu situación afectiva y yo tenía ese apoyo.

P. Querría preguntarle por dos pasajes conmovedores. El primero es cuando las presas se peinan entre ellas en el barracón. Me he sentido profanando un espacio ajeno. Como si fuese algo que compartía mejor una lectora que un lector.
R. Es un momento muy femenino que representa muchas cosas. No solo la coquetería. También la resistencia a través de la belleza, de la risa, de la comunión entre mujeres. Entiendo que pueda sentirse ajeno, pero me gusta abrirle esa ventanita: “mira por ahí, intenta sentirte dentro”.
P. El otro pasaje es la descripción de cómo están obligadas a vestirse un día tras otro con la ropa interior cada vez más sucia porque no la pueden lavar.
R. Me sobrecogió. Cuando lo leí me dio un vuelco en el corazón. Lo contaba Charlotte Delbo, lo veo en Neus Català. Las marca. Es una forma de humillación, de degradación, que a una mujer no le pasa desapercibida. A eso me refería con la especificidad de la violencia sobre el cuerpo femenino.
P. Son experiencias que tal vez no contarían los testimonios masculinos de los campos.
R. El imaginario del campo de concentración está muy marcado por los discursos de representación dominantes. Y allí este tipo de situaciones no entran. Por eso era importante contarlas, porque no hemos tenido acceso a ellas. Por ejemplo, las violaciones.
P. Mujeres violadas por sus liberadores.
R. Se ha contado, hasta cierto punto, la violación de las mujeres del enemigo, las alemanas. Pero no las violaciones a las mujeres a las que supuestamente salvaban. Es una vergüenza. Nadie va a reconocer eso.
P. Hubo dos millones de mujeres violadas por soldados soviéticos, 190.000 violadas por el ejército de liberación, algo que se alarga hasta 1949. Pero también mujeres presas, cadavéricas, violadas en Ravensbrück.
R. Hay muchísimos testimonios de mujeres que pudieron contarlo. Los alemanes ni se habían molestado en matarlas. ¿Cómo es posible que puedan violar a mujeres que han pasado años en el campo de concentración, incluso mujeres que dejaron en Ravensbrück porque sabían que iban a morir? Entran los liberadores y violan sistemáticamente. Es fácil caer en la idea que fueron excesos, gente desaforada por la sensación de triunfo. Pero después de reflexionar, y siguiendo la lógica de Rita Segato, al final, lo interpreto como el paroxismo de la idea que el género femenino no tiene paz, no puede disfrutar de ella.

P. La voz de sus libros siente con mucha intensidad, pero una y otra vez esa sensibilidad se encara a la violencia. ¿Por qué se expone al dolor?
R. No tengo respuesta.
P. La visita al campo, al crematorio, es el corazón del libro. ¿Por qué arriesga su intimidad? ¿Por qué va a sufrir?
R. No lo sé. No lo pasó bien escribiendo. La literatura no me resulta sanadora para nada. Sé que me expongo, que lo voy a pasar mal. Lo hago porque necesito entender hasta qué punto somos capaces de generar tanto dolor, tantos sufrimientos. Cuando estaba en Ravensbrück, quería entender la lógica de la perversidad. No era una patología, había una lógica. Y quiero entender el efecto en las mujeres que lo sufrieron. Sentir esa angustia, ese dolor, es una forma de conocimiento. No me quiero negar eso, aunque me duela, sabiendo que nunca voy a llegar, ni a entender, ni a conocer la maldad ni el efecto de esa maldad.
P. “Soy parte de una generación europea y transnacional que ha heredado un legado histórico traumático”. ¿Hasta qué punto querría impactar en el presente de nosotros, los europeos?
R. Estos relatos —¡no el mío!— me parecen fundamentales para el debate público. Marie- Jeanne murió antes de que el neofascismo estuviese tan vigente. Tenemos que recordar estas historias, el papel de mujeres como ella, anónimas, trabajadoras, no porque la historia se repita, sino para ser capaces de discernir dos cosas: los efectos del triunfo de las políticas de la muerte y las políticas que se forjaron para resistir. Ellas no eran militantes. Supieron entender su momento y dieron un paso el frente, porque lo que veían no era justo. Pequeñas historias son grandes lecciones políticas y de humanidad. En este presente tan confuso, con tantos ecos terribles, nos viene bien recordar lo que al ser humano le hace discernir lo que está bien de lo que está mal.
P. ¿Un libro antifascista?
R. Antifascista y feminista. Yo lo soy.
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