“En verano hacemos más amigos al caer las barreras sociales”: ¿por qué los adultos socializamos más en vacaciones?

La amistad nos preocupa más que nunca. Sin tiempo para ella o convertida, a través de los afectos, en el antídoto frente a algunos fenómenos antisociales, analizada como una conexión íntima entre dos personas o como un alivio pasajero para la soledad con menos complicaciones que la pareja, desmenuzada en ensayos y ficciones durante toda la historia de la literatura y genuinamente responsable de buena parte de los mejores momentos y hallazgos en Internet, establecerla y conservarla se ha convertido en un problema para buena parte de los adultos.

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 La amistad nos preocupa más que nunca. Sin tiempo para ella o convertida, a través de los afectos, en el antídoto frente a algunos fenómenos antisociales, analizada como una conexión íntima entre dos personas o como un alivio pasajero para la soledad con menos complicaciones que la pareja, desmenuzada en ensayos y ficciones durante toda la historia de la literatura y genuinamente responsable de buena parte de los mejores momentos y hallazgos en Internet, establecerla y conservarla se ha convertido en un problema para buena parte de los adultos. Seguir leyendo  

La amistad nos preocupa más que nunca. Sin tiempo para ella o convertida, a través de los afectos, en el antídoto frente a algunos fenómenos antisociales, analizada como una conexión íntima entre dos personas o como un alivio pasajero para la soledad con menos complicaciones que la pareja, desmenuzada en ensayos y ficciones durante toda la historia de la literatura y genuinamente responsable de buena parte de los mejores momentos y hallazgos en Internet, establecerla y conservarla se ha convertido en un problema para buena parte de los adultos.

Lo demuestran algunos éxitos editoriales recientes —Amiga mía, La pasión de los extraños o La amiga que me dejó—, la reorientación de apps como Hinge y Bumble, que no solo presentan a usuarios que buscan citas románticas, sino que también proporcionan conexiones de otro tipo, y miles de expresiones de malestar online, con millones de usuarios de foros como Reddit pidiendo consejos —o auxilio— para hacer amigos una vez superada la adolescencia.

Existe una ansiedad contemporánea alrededor de la amistad porque escasean los espacios y los momentos donde pueda desarrollarse. Por eso, cuando llega el verano y parece que algunas rutinas —incluso para quienes continúan trabajando— se relajan, muchos adultos sienten que es buen momento para buscar nuevos amigos. En su ensayo La amistad, un vínculo social, la socióloga francesa Claire Bidart confirma que el verano, las vacaciones y sus actividades asociadas (como el camping, los viajes o los nuevos deportes) son contextos “especialmente favorables” para el establecimiento de vínculos sociales, ya que sacan a las personas de sus instituciones habituales, permitiendo encuentros más libres y electivos.

“La supervivencia en territorios desconocidos une mucho. Viajar también acelera las conversaciones. Hay confidencias que en la vida cotidiana tardarían meses en aparecer y que, durante un viaje, surgen en una tarde”

Gabriela González

Hay quien se apunta a viajes organizados, quien sale a caminar, quien aprovecha ratos como los del tren o el avión y quien cultiva cierta familiaridad con sus vecinos de toalla hasta que las conversaciones surgen con más frecuencia. Aunque el verano se suele asociar con amores tempestuosos y efímeros, o con esas amistades consolidadas durante la infancia que se reanudan durante un par de semanas cada año, este periodo es una excepción que permite que los desconocidos se acerquen.

Playas, piscinas y caminatas

Rafaela Sánchez (48 años) aprovecha sus vacaciones para caminar. “Rotundamente sí: aunque no es mi objetivo, he hecho muchos amigos durante mis caminatas”, reconoce esta gaditana aficionada a hacer todo tipo de rutas a pie, algunas en compañía de compañeros a los que conoció hace casi diez años. “Es una lotería y hay veces que te toca cada individuo. Pero siempre tienes cierta libertad para cambiar finales de etapa o sitios diferentes para escabullirte; aunque otras veces, invadida por el buen rollo que aparece por estar de vacaciones y por estar en entornos especiales, lo compartes todo”.

“Los viajes son estupendos para hacer nuevas amistades”, confirma Gabriela González, autora de Casi adultos. “La supervivencia en territorios desconocidos une mucho. Viajar también acelera las conversaciones. Hay confidencias que en la vida cotidiana tardarían meses en aparecer y que, durante un viaje, surgen en una tarde”, continúa la escritora. Estudios sociológicos recientes muestran que la cantidad de tiempo compartido por dos candidatos a amigos es fundamental para la construcción de su vínculo. Así, es posible conocer superficialmente a un potencial amigo durante años (por ejemplo, a un vecino) sin que la relación se haya concretado, mientras que, si por algún motivo (como una actividad compartida), se ha pasado a estar cerca de alguien varias horas por día, la amistad puede considerarse sólida en cuestión de seis semanas. Además, de nuevo según la socióloga Bidart, estos plazos se comprimen todavía más cuando aparece un evento fortuito en un contexto no estructurado —no es necesario que sea una experiencia arriesgada o extrema, basta una sorpresa compartida—, algo que convierte a los extraños en cómplices.

“En mi pueblo también se establece una especie de comuna veraniega, porque cuando vas a la playa al final siempre te acabas poniendo en el mismo sitio, en la misma zona. Te gusta aparcar en el mismo sitio porque ya lo conoces, determinado chiringuito para luego tomar algo, al que sabes quién va, y al final acabas alternando con la misma gente”, continúa Sánchez, que, cuando no está de caminata, vive en una localidad costera. Eso sí: el pequeño universo que describe es solo para locales, porque los turistas nunca llegarán a establecer esas pequeñas regularidades que terminan convirtiéndose en vínculo. Quizá por eso, González piensa que las amistades de playa están más relacionadas con la niñez que con la adultez: “Surgen con los juegos en la orilla o en torno a un balón de fútbol”. Por otro lado, “las piscinas son ecosistemas demasiado pequeños y bastante egoístas, la gente está más pendiente de conseguir una buena tumbona y desconectar que de conocer a otra gente. Creo que las amistades en verano se hacen en el chiringuito o en el bar”, continúa la escritora.

“Vivimos rodeados de relaciones muy funcionales: compañeros de trabajo, contactos, colaboradores, pero la amistad de verdad suele surgir cuando desaparece la utilidad inmediata. Eso en el capitalismo tardío es muy próximo a la utopía. Y precisamente por eso creo que también el verano igual que es un tiempo propicio para la amistad”

Vicente Monroy

Cada mes de mayo reaparecen los memes sobre los amigos con piscina (a los que, según parece, solo se recurre cuando llega el calor). La mayoría de los relatos sobre las piscinas las asocian con cierta exclusividad frente a la playa, más horizontal: “El tipo de amigos que te buscas porque tienen piscina son amigos por interés”, comenta el escritor y crítico de cine Vicente Monroy. “La piscina es un espacio codificado para un tipo de relación burguesa. De esto ha hablado mucho el cine: es un clásico imbatible La piscina de Jacques Deray, con Alain Delon y Romy Schneider súper sexis, que nos habla de unas relaciones totalmente pervertidas por el contexto. Y vemos un contexto profundamente jerarquizado porque para tener una piscina tienes que pertenecer a una determinada clase. En cambio, la playa tiene esa cosa hortera, cutre y democrática. Es uno de los pocos espacios contemporáneos donde se siguen mezclando cuerpos de todas las edades, clases sociales, procedencias…”, continúa.

Las piscinas generan a su alrededor comunidades tan homogéneas que el ensayista Jorge Dioni consideró que estas instalaciones (habitualmente en urbanizaciones cerradas) sirven para caracterizar a todo un segmento poblacional, tal y como hizo en su libro La España de las piscinas. Si quienes disponen de pileta en nuestro país son bastante parecidos entre sí (y, como descubrió Dioni, votan a las mismas opciones), esta homogeneidad se manifiesta también respecto a la amistad y recibe el nombre de homofilia. Piscinas aparte, el verano puede funcionar como vacuna contra esa homofilia que surge porque las instituciones sociales (lugares de trabajo, barrios, clubes…) agrupan de antemano a personas con características similares, limitando el “mercado” de posibles amigos a quienes ya se parecen a uno mismo.

Esta ruptura de las inercias sociales es, precisamente, lo que exploran varias novelas de Cesare Pavese (como La playa o El diablo en las colinas) o Los Alpes Marítimos, una obra de Vicente Monroy publicada en 2021 donde el autor desarrolla la amistad de un chico de clase obrera con varios jóvenes adinerados a los que acompaña durante un verano de lujo entre Barcelona y la Costa Brava. “Las amistades interclasistas no están necesariamente condenadas al fracaso. Creo que, si se dan más en verano, eso revela que durante unas semanas comprobamos que muchas de las barreras que organizan nuestra vida no son naturales, son sociales”, apunta Monroy. “El veraneo es una práctica que puede ser reveladora en términos sociopolíticos. Nos descubre que muchas de las cuestiones que organizan nuestra vida cotidiana en invierno son puramente sociales. Y esto tiene que ver también con la nostalgia con la que recordamos ciertos veranos, sobre todo de la adolescencia, cuando uno todavía no está agotado de trabajar”.

Con prisas no hay amistad

Playa Placer (Cielo Santo, 2025) es una novela de la escritora británica Helen Palmer que se desarrolla durante una sola noche de junio en la ciudad-balneario de Blackpool (una especie de Benidorm a pocas millas de Liverpool y Mánchester). Las protagonistas son dos chicas cuya amistad, entre drogas y un calor sofocante, se va transformando en romance. La propia autora explica a ICON que, en su opinión, la conexión entre amistad y romance no es una oposición binaria, mucho menos durante el verano, cuando hay una intensidad “muy propicia al sexo, al romance y a los escarceos amorosos”. “Hay buenas razones por las que la gente habla de amores de verano, inmortalizados por supuesto en Grease. Es cierto que se dejan atrás las inhibiciones y nos permitimos estar más presente en el propio cuerpo durante los meses de verano, conectando más con el deseo, aunque no sea para siempre”.

Si bien “el amor de verano” es otra de las promesas que contiene el mito del verano, autoras como Palmer defienden que, precisamente porque el verano es una época híbrida y promiscua, no tiene demasiado sentido separarlo de otros sentimientos como los amistosos: “Esta es la función general de lo carnavalesco, en lo que todo está siempre en proceso de convertirse en algo, nada es nunca una sola cosa, y se celebran el hedonismo, la representación, la intensidad y los extremos”, explica Palmer.

Pero las promesas del verano no siempre se cumplen o, si lo hacen, pocas veces se consolidan. Regresando a un terreno más práctico, la periodista y locutora Laura Piñero recuerda que pocas amistades de verano sobreviven: “Conozco a bastantes personas que, como no pueden cuadrar agendas con sus amigos de toda la vida, se están apuntando a vacaciones compartidas con desconocidos. Al principio daba reparo admitirlo, pero ahora es bastante común. Lo que sí que he detectado es que durante el tiempo del viaje se lo pasan muy bien y desarrollan un vínculo muy agradable con la promesa de luego continuar, pero conozco pocos casos que esa amistad después del viaje compartido se haya consolidado”.

Así que detrás de la pulsión que empuja a aprovechar el verano para hacer amigos está el mismo fenómeno que impide hacerlos o conservarlos durante los meses ordinarios: la aceleración, la optimización y la falta de tiempo. “Vivimos rodeados de relaciones muy funcionales: compañeros de trabajo, contactos, colaboradores, pero la amistad de verdad suele surgir cuando desaparece la utilidad inmediata. Eso en el capitalismo tardío es muy próximo a la utopía. Y precisamente por eso creo que también el verano igual que es un tiempo propicio para la amistad”, concluye Monroy. Está por ver si este verano sacaremos un rato para hacer amigos.

 EL PAÍS

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