A diferencia de sus padres, el hijo de inmigrantes vive de verdad en el nuevo país. Quizás nació en el otro, pero apenas le quedan recuerdos, así que el peso de la nostalgia por la antigua vida no puede estorbar su integración. Los padres, los abuelos, o hablan el nuevo idioma con mucho acento o no llegan a hablarlo nunca; con esa capacidad fulgurante de aprendizaje que tiene un niño, el hijo o nieto se sumerge en el nuevo idioma con una destreza de nadador instintivo, y a la vez domina perfectamente el antiguo, que es la lengua secreta de la familia y los primeros afectos, de modo que se convierte en un traductor imprescindible para sus mayores a la hora de rellenar impresos y navegar hostiles interrogatorios en dependencias administrativas. En Lo que en nosotros vive, el bello libro de memorias de Manuel Fernández-Montesinos, el sobrino de García Lorca que con ocho años acompañó a su familia materna al destierro en Nueva York, se cuenta que el abuelo, don Federico, aislado en su completa ignorancia del inglés, llamaba al nieto a la hora de los noticiarios de la radio para que le tradujera las noticias sobre los avances de los ejércitos aliados en los frentes de la guerra en Europa. El niño jugaba o hacía sin dificultad los deberes escolares en la nueva lengua, y del fondo del pasillo llegaba la voz grave y perentoria del abuelo: “¡Manolo, la radio!”. La maravilla de la flexibilidad infantil le permitía a aquel niño de la Vega de Granada navegar entre el mundo español de su familia, ensombrecida por el destierro y por un doble crimen indeleble —el de su padre, el de su tío favorito— y su nueva vida abierta y escolar en Nueva York, donde adquirió una afición por el béisbol que siguió manteniendo cuando llevaba muchos años viviendo de regreso en España.
Dar una enseñanza de primera calidad a los descendientes de inmigrantes es la herramienta insustituible para integrarlos
A diferencia de sus padres, el hijo de inmigrantes vive de verdad en el nuevo país. Quizás nació en el otro, pero apenas le quedan recuerdos, así que el peso de la nostalgia por la antigua vida no puede estorbar su integración. Los padres, los abuelos, o hablan el nuevo idioma con mucho acento o no llegan a hablarlo nunca; con esa capacidad fulgurante de aprendizaje que tiene un niño, el hijo o nieto se sumerge en el nuevo idioma con una destreza de nadador instintivo, y a la vez domina perfectamente el antiguo, que es la lengua secreta de la familia y los primeros afectos, de modo que se convierte en un traductor imprescindible para sus mayores a la hora de rellenar impresos y navegar hostiles interrogatorios en dependencias administrativas. En Lo que en nosotros vive,el bello libro de memorias de Manuel Fernández-Montesinos, el sobrino de García Lorca que con ocho años acompañó a su familia materna al destierro en Nueva York, se cuenta que el abuelo, don Federico, aislado en su completa ignorancia del inglés, llamaba al nieto a la hora de los noticiarios de la radio para que le tradujera las noticias sobre los avances de los ejércitos aliados en los frentes de la guerra en Europa. El niño jugaba o hacía sin dificultad los deberes escolares en la nueva lengua, y del fondo del pasillo llegaba la voz grave y perentoria del abuelo: “¡Manolo, la radio!”. La maravilla de la flexibilidad infantil le permitía a aquel niño de la Vega de Granada navegar entre el mundo español de su familia, ensombrecida por el destierro y por un doble crimen indeleble —el de su padre, el de su tío favorito— y su nueva vida abierta y escolar en Nueva York, donde adquirió una afición por el béisbol que siguió manteniendo cuando llevaba muchos años viviendo de regreso en España.
En la literatura, en el teatro y en el cine de Estados Unidos ha estado siempre muy presente esa escisión en el interior de las familias inmigrantes: abuelos y padres siguen conservando el idioma y el apego del viejo país, pero hijos y nietos ya pertenecen al nuevo, sin incertidumbre ni nostalgia, y hablan tan rápido el nuevo idioma que sus mayores muchas veces no los entienden, y adquieren costumbres y predilecciones alimentarias que los vuelven más extraños aún para quienes los criaron, los que los trajeron a un nuevo mundo al que ellos rara vez pertenecerán de verdad.
Desde hace más de un siglo, una gran parte de lo mejor que ha producido la cultura y la ciencia en Estados Unidos lo han hecho hijos de inmigrantes. De los grandes compositores del siglo XX, solo uno, Charles Ives, procedía de una familia blanca y protestante de Nueva Inglaterra. George Gershwin era hijo de inmigrantes judíos rusos en el Lower East Side de Nueva York, al igual que Aaron Copland. Leonard Bernstein, que aparte de componer West Side Story transformó la percepción de la música clásica en Estados Unidos, tenía un origen muy parecido, y hay aficionados a la música que encuentran una sensibilidad rusa en su manera apasionada y excesiva de dirigir las orquestas. Mark Rothko nos parece la representación máxima de la pintura abstracta americana, pero nació en Rusia llamándose Rothkowitz, y llegó de niño a Nueva York. En la literatura y en el cine, las listas de los mejores quedarían muy mermadas si se quitaran de ellas los nombres de los hijos e hijas de inmigrantes. Saul Bellow era un novelista ruso torrencial que fue niño en Chicago. El lenguaje de la calle en los barrios de inmigrantes de Nueva York lo hizo suyo Grace Paley. Podemos asegurar que una gran parte de lo mejor de la cultura americana del siglo XX —una cultura, por cierto, bastante minoritaria en su propio país— fue creada por personas que compartían esa condición. En cuanto a la otra parte, está hecha en gran medida por los que comparten otra forma mucho más dolorosa de extranjería, los negros. Músicos negros y compositores y letristas judíos son el corazón del repertorio de la canción popular americana. Me decía un amigo de Nueva York, nieto de emigrantes: “Sin los judíos ni los negros este país sería como Canadá”. Bien es verdad que en Canadá hay cosas que rozarían lo utópico en Estados Unidos —la sanidad pública, el control de las armas de fuego—, pero creo que mi amigo llevaba razón. Resulta que lo que mejor define la cultura y la ciencia de un país lo han hecho extranjeros que casi acababan de llegar.
Creo que hay dos razones principales para eso. La primera es la situación de privilegio intelectual y sensitivo en la que se encuentra el hijo de los que emigraron: conoce muy bien el mundo y el idioma anteriores, pero también los nuevos, lo cual le permite un ejercicio permanente de observación y comparación; a todos los efectos pertenece al nuevo país, pero en la escuela y en la calle advierte la diferencia que lo separa de sus compañeros nativos y de los que vienen de orígenes emigrantes distintos. Su mirada es nueva, y más perspicaz que la de sus mayores, incapaces de advertir ciertas sutilezas sociales y lingüísticas. Cuanto más nativo se va haciendo en la escuela y en la calle, más ajeno se vuelve al mundo y a los apegos de sus mayores. Heredero de dos tradiciones, no está atrapado por ninguna de las dos, aunque se alimenta de ellas, así que puede usarlas con irreverencia y libertad.
La segunda razón a la que me refería es la escuela: una escuela pública sólida, acogedora e igualitaria, en la que los padres emigrantes ponen una fe casi religiosa, y en la que los hijos cultivan facultades ya muy afiladas por la inmersión en la nueva vida. La segunda cosa que tuvieron en común todos esos talentos hijos de recién llegados a los barrios de inmigrantes en Nueva York en las primeras décadas del siglo pasado fueron las formidables escuelas públicas, y después de ellas la gran universidad pública de la ciudad, la City University, de la que era y es parte Brooklyn College. Las universidades privadas de mayor prestigio —Princeton, Harvard, Yale, etcétera— estaban reservadas a los hijos (varones, durante mucho tiempo) de las élites anglosajonas. La City University estuvo abierta muy pronto a los mejores alumnos de las escuelas públicas de Nueva York. La lista de los talentos intelectuales, científicos, literarios, musicales que han salido de ese sistema educativo casi se confunde con la parte mejor de la cultura americana, hasta hoy mismo.
Me acuerdo de todo esto porque he leído en el periódico un editorial y una crónica de Ignacio Zafra sobre la distancia creciente en el rendimiento y el abandono escolar entre los estudiantes que podemos llamar cautelosamente nativos y los de origen inmigrante en España. Gracias a las absurdas jerarquías de nuestro sistema educativo, los centros privados y concertados, estos últimos subvencionados al cien por cien, no están obligados a admitir a alumnos extranjeros, que acuden a unas escuelas públicas de antemano empobrecidas y desbordadas por las obligaciones sociales que se ven obligadas a cumplir. Dar una enseñanza de primera calidad a los hijos de los inmigrantes requiere esfuerzos muy superiores a los de educar a los alumnos nativos, pero es la herramienta insustituible para integrarlos en nuestro país, y además para lograr que desarrollen esas facultades intelectuales y creativas que son el patrimonio específico del que llegó de fuera, y nos enriquecerán a todos. Estoy convencido de que una renovación extraordinaria de la cultura española, y de nuestra literatura en particular, llegará de la mano de niños rumanos, marroquíes, chinos, latinoamericanos, africanos, que ahora mismo estudian en nuestras escuelas e institutos y alimentan una vocación precoz de contar cómo se ve nuestro país desde la perspectiva singular de cada uno de ellos, desde la tradición anterior que han vivido. Qué vergüenza para todos nosotros si esos talentos tan necesarios se malogran.













