Juarma, escritor: “Las redes me ayudaron a perder el miedo escénico”

“Hay algo que mola de ser de clase baja y saber escribir bien, pintar o componer una canción. Y pasa gracias a los servicios públicos”, reivindica en el bar del hotel donde se hospeda en Madrid Juan Manuel López, quien firma sus libros como Juarma. Recibe a EL PAÍS poco antes de ir a presentar su última obra a la librería Alberti, donde lo esperan más de medio centenar de fieles. Él es de Deifontes, un pueblo granadino de poco más de 2.600 habitantes. Dibujante, poeta y novelista, publicó a finales de 2025 ―cuando se celebró esta entrevista― su tercer libro, Poética de la Autodestrucción (Blackie Books, 2025). Todas sus obras están ambientadas en Villa de la Fuente, una localidad ficticia y sin esperanza, pero como la suya, próxima a Granada. Él ya había publicado tebeos y fanzines, pero nunca imaginó triunfar con sus novelas, mucho menos presentarlas por las principales ciudades españolas.

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 “Hay algo que mola de ser de clase baja y saber escribir bien, pintar o componer una canción. Y pasa gracias a los servicios públicos”, reivindica en el bar del hotel donde se hospeda en Madrid Juan Manuel López, quien firma sus libros como Juarma. Recibe a EL PAÍS poco antes de ir a presentar su última obra a la librería Alberti, donde lo esperan más de medio centenar de fieles. Él es de Deifontes, un pueblo granadino de poco más de 2.600 habitantes. Dibujante, poeta y novelista, publicó a finales de 2025 ―cuando se celebró esta entrevista― su tercer libro, Poética de la Autodestrucción (Blackie Books, 2025). Todas sus obras están ambientadas en Villa de la Fuente, una localidad ficticia y sin esperanza, pero como la suya, próxima a Granada. Él ya había publicado tebeos y fanzines, pero nunca imaginó triunfar con sus novelas, mucho menos presentarlas por las principales ciudades españolas. Seguir leyendo  

“Hay algo que mola de ser de clase baja y saber escribir bien, pintar o componer una canción. Y pasa gracias a los servicios públicos”, reivindica en el bar del hotel donde se hospeda en Madrid Juan Manuel López, quien firma sus libros como Juarma. Recibe a EL PAÍS poco antes de ir a presentar su última obra a la librería Alberti, donde lo esperan más de medio centenar de fieles. Él es de Deifontes, un pueblo granadino de poco más de 2.600 habitantes. Dibujante, poeta y novelista, publicó a finales de 2025 ―cuando se celebró esta entrevista― su tercer libro, Poética de la Autodestrucción (Blackie Books, 2025). Todas sus obras están ambientadas en Villa de la Fuente, una localidad ficticia y sin esperanza, pero como la suya, próxima a Granada. Él ya había publicado tebeos y fanzines, pero nunca imaginó triunfar con sus novelas, mucho menos presentarlas por las principales ciudades españolas.

Todo empezó como un club de lectura en 2017 en Facebook en el que iba colgando microrrelatos. Su comunidad era de nicho: “Fue muy divertido porque nunca había tenido personas que me leyeran y ahí encontré a unas 65”. El buen feedback de los seguidores le hizo aventurarse a lanzar Al final siempre ganan los monstruos en una editorial creada para la ocasión con una tirada minúscula. A Blackie Books le gustó la historia y en 2021 salió a la venta con un notable éxito: más de 25.000 ejemplares en el primer año. Publicó Punki, la segunda,en 2023. Aquellos personajes en la red hoy son los personajes de su universo literario.

Miguel, el protagonista de su última novela, es un joven desamparado y obsesionado por la poesía, pero que no siente el valor para publicar sus poemas. Muchas veces los tira a la basura o los quema. A Juarma le pasaba igual. “Siempre lo hice. Lo peor es que conservé la poesía y de la prosa, que es lo que estaba más guapo, no quedó nada”, lamenta. “No me sentía cómodo del todo si alguien lo leía. Mi pueblo no era un sitio donde surgiese mucha literatura”, recuerda ahora. “Las redes me ayudaron mucho a perder el miedo escénico y entender a las personas que leen”.

Ahora, siente cierto resquemor hacia esas mismas redes: “Pones algo y el algoritmo se lo traga. Ya no te enteras de lo que hacen tus amigos. No quiero ser un pureta, pero antes molaban más. Hay gente muy endemoniá en en ellas”, se queja. Aun así, defiende que a través de espacios pequeños, en pueblos y barrios, se puede “conectar mejor e intentar construir. Igual redes como Substack [una plataforma de newsletters] son el futuro”.

Juarma es tímido, pero directo y claro con lo que dice. Igual que con sus novelas, tiene una personalidad fuerte y habla de historias reales. “Si las contase de otra manera, sería un poco traidor”, asume. En ellas hay amor y ternura, pero también humor, violencia diaria, precariedad y abuso de sustancias, por ejemplo. ¿El contraste es buscado? “Me gusta divertirme y va saliendo. Todo tiene que ver con el contexto desde el que escribo”.

Juarma es licenciado en Filología Hispánica, pero ha sido camarero, obrero o cajero. Sus personajes, como él, han tenido que sacarse las castañas del fuego para llegar a fin de mes. “Prefiero escribir de memoria. Quiero contar algo que he vivido, que haya tenido cerca”. En su última novela, Miguel tiene problemas de salud mental y son sus amigos, su trabajo e incluso su pepito ―el carro de obra― quienes lo salvan. Eso sí, poco hay de idílico en la construcción, dice el escritor: “Me gusta reflejar estos trabajos porque creo que están infrarrepresentados en la literatura. No creo que haya obras donde se muestre la felicidad de un primer trabajo, aunque sea precarizado”, declara.

Miguel es un escritor inseguro, Álex, el protagonista de Punki, dibujante, y en Al final ganan los monstruos se representan varios personajes con vidas precarias. Este tríptico contiene las vivencias de su autor, pero él, preguntado por su vida, se muestra incómodo: “No me gusta hablar mucho de mí”. Pero en toda España, la los lectores se ven reflejados en sus novelas. “Vivimos en una sociedad con trabajos muy precarios, que absorben todo el tiempo, que no tenemos ni un rato para leer tranquilos. La gente se reconoce”.

Las obras de Juarma hablan de los temas y tendencias de su tiempo: desempleo, conflictos laborales, siniestralidad laboral, expresión emocional, relaciones tóxicas, migración, enfermedades mentales, internet o el amor. Su lenguaje literario es coloquial, sonoro, rápido y continuo: “Escribo novelas con conciencia de clase. Quiero hacerlo así. No me gusta el turismo literario”. Muchos trabajadores, de distinto ramo, se sienten identificados con sus novelas y así se o hacen saber. “Es que la forma de narrar también es una cuestión de clase”, corta rápido.

El afecto por lo colectivo mueve la novela. En ello hay cierto anarquismo de Piotr Kropotkin: “El amor puede ser de dos personas, pero también en una comunidad, con tus vecinos, con tus abuelos, con tus padres, con los servicios públicos. El amor mueve ese apoyo mutuo”. Algo muy presente en el libro, a diferencia de otros, es la esperanza: “A Miguel lo salvan más la solidaridad y enseñanzas de su gente que cualquier otra cosa. Por ser de clase baja no hay que hablar solo de penurias. Me gusta introducir humor y enganchar a la gente. Que se lo pasen bien. Odio cuando salgo en los medios como el narrador de la España triste”.

Las herramientas para lograr sus objetivos las conoce. Juarma cambia de narrador según el tipo de historia y personajes que quiera reflejar. La primera obra era una novela coral. El consumo de sustancias era un nexo fuerte en un grupo de amigos desamparados y cada uno daba su versión. En Punki, el protagonista estaba muy solo, “por eso hablaba desde la primera persona”. En la última, el narrador es omnisciente y autoconclusivo, porque busca generar la sensación de grupo. Esto lo liga a un nivel de detalle en las escenas en las que el lector se sumerge en Villa de la Fuente. Tanto, que hasta se pueden crear playlists con las canciones mencionadas o calcular el salario de los personajes.

Cuando Juarma llega a la librería, la cola de personas esperándolo se desdibuja hasta el exterior del local. A él no le gusta nada que lo traten como el escritor de éxito en el que se ha convertido. “Soy lo que soy gracias a los maestros que he tenido en la educación pública y a las bibliotecas públicas”, desliga.

¿Cree en el ascensor social? “Jamás”, ríe. “Sé que hasta marzo seré escritor y dibujante. A partir de ahí no lo sé”. Por ahora, su madre se emociona: “Lloró el día de la presentación en Granada. Está claro que no es algo habitual en alguien que viene de donde yo vengo”. También tiene la certeza de que se publicará otro libro sobre Villa de la Fuente, el cuarto de una serie de seis. Contará más historias fuera de lo común, igual que de inusual que el final de la entrevista. La remata celebrándolo entre suspiros y agitando los brazos en lo alto con la mirada en el cielo. “¿Y tú qué tal?”, le gusta más escuchar historias que contar la suya.

 

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