La inflación del “te quiero”: por qué la generación Z lo dice todo el rato

Entre el “te quiero” y el “te quiero mucho” se podría construir una civilización entera. Añadir “mucho” al “te quiero” es, paradójicamente, restarle peso y acortar distancias. Por eso, los desconfiados, añaden siempre el “mucho” detrás, para no dejar de decir “te quiero”, sin decirlo del todo. Anne Carson explicaba en el ensayo sobre el amor y el deseo, Eros dulce y amargo (Lumen), que intentar darle un valor lingüístico al amor y ponerlo en palabras, no lograría nunca acabar con ese espacio que emerge entre un individuo y su ser amado. Por mucho que lo verbalicemos, gritemos o convirtamos en grafiti, nunca llegaremos a ser del todo el uno con el otro.

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 Entre el “te quiero” y el “te quiero mucho” se podría construir una civilización entera. Añadir “mucho” al “te quiero” es, paradójicamente, restarle peso y acortar distancias. Por eso, los desconfiados, añaden siempre el “mucho” detrás, para no dejar de decir “te quiero”, sin decirlo del todo. Anne Carson explicaba en el ensayo sobre el amor y el deseo, Eros dulce y amargo (Lumen), que intentar darle un valor lingüístico al amor y ponerlo en palabras, no lograría nunca acabar con ese espacio que emerge entre un individuo y su ser amado. Por mucho que lo verbalicemos, gritemos o convirtamos en grafiti, nunca llegaremos a ser del todo el uno con el otro. Seguir leyendo  

Entre el “te quiero” y el “te quiero mucho” se podría construir una civilización entera. Añadir “mucho” al “te quiero” es, paradójicamente, restarle peso y acortar distancias. Por eso, los desconfiados, añaden siempre el “mucho” detrás, para no dejar de decir “te quiero”, sin decirlo del todo. Anne Carson explicaba en el ensayo sobre el amor y el deseo, Eros dulce y amargo(Lumen), que intentar darle un valor lingüístico al amor y ponerlo en palabras, no lograría nunca acabar con ese espacio que emerge entre un individuo y su ser amado. Por mucho que lo verbalicemos, gritemos o convirtamos en grafiti, nunca llegaremos a ser del todo el uno con el otro.

Pero, la generación zeta, que es más optimista que Carson, dice mucho “te quiero”. No “te quiero mucho” o “tkm”, no. “Te quiero”, rotundamente, “te quiero”. Tras hablar con decenas de jóvenes nacidos entre 1997 y 2012, hay una conclusión más o menos clara: lo utilizan para mostrar su amor hacia otra persona, pero también para agradecer, para despedirse o como sustituto de “qué ocurrente eres”: “Tía, es que te quiero”. Lo dicen en alto, por escrito y en redes sociales. En espacios más íntimos, pero también en contextos sociales. Lo dicen heterosexuales, homosexuales y bisexuales. Todo el mundo, todo el rato. “Me gusta decir ‘te quiero’ con tranquilidad, con fluidez, no es firmar una hipoteca, es solo presentarte disponible a darle amor al de enfrente”, explica Valme Pardo (28 años). “Una amiga y yo tenemos una colección de ‘te quieros’ o ‘te amos’, no me acuerdo cual” reconoce Leonora O’Brian (27 años). El juego empezó en una cena en casa de unos amigos, “una dijo ‘te quiero 1’ y ahora debemos de llevar más de 200 ‘te quieros’”.

Según un artículo académico titulado Emotion Expression and the Locution ‘I Love You’: A Cross-Cultural Study de los profesores de comunicación Richard Wilkins y Elisabeth Gareis, publicado en International Journal of Intercultural Relations en 2006, decir “te quiero” se ha ensalzado y, por ende, también devaluado. Han pasado ya veinte años de aquel análisis y el “te quiero” (que no es garante de amor) no ha hecho más que reproducirse y esparcirse como pequeñitos ratones en celo. Y, si el lujo vive de la escasez, cualquier gesto o emoción que se transforme en rutina o hábito deja automáticamente de ser un acontecimiento.

“Vivimos en un momento de emotividad absoluta”, explica la psicóloga y divulgadora Inés Barcénas “que nos guiemos tanto por las emociones tiene un poco que ver con algo de infantilismo”. Bárcenas no niega la importancia de reconocer lo que sentimos en cada momento, pero, cuando nuestras decisiones y movimientos vitales se guían exclusivamente por la emoción, corremos el riesgo de no construir relaciones y vínculos profundos. “¿Quiénes se guían exclusivamente por emociones?: los niños pequeños”, zanja.

“Lo digo porque la gente tiene que ser feliz” explica a S Moda Paula Rodríguez (18 años) “siempre está bien que te digan que te quieren. Me sale. Me despido y digo: ‘te quiero, ¿vale?’ Es como una muletilla”. Pablo Vos (23 años) se suma a esta idea: “Lo utilizo con mis amigos, con mi pareja -obviamente lo utilizo con la que más- y con mi familia. Cuando se lo digo a determinados amigos es como “macho, joder, cómo te quiero” o “cómo me gusta que estés en mi vida”.

No hay vergüenza, no hay tabú. A diferencia de generaciones anteriores, los jóvenes de hoy han sido educados en entornos donde expresar los sentimientos se percibe como algo positivo y donde las competencias emocionales ocupan un lugar más relevante en lo social. Hubo una generación de padres para quienes el amor rara vez se verbalizaba, sino que se demostraba insistiendo en que terminaras los deberes o enseñándote trucos prácticos para la vida como cambiar la rueda de un coche, hacer croquetas o construir una mesa.

Uno quiere un poco como ha visto querer y poco a poco va a intentando querer minimizando daños. “Yo lo que pienso es que hay una constante comparación en redes sociales con otras parejas y con otras formas de querer”, explica Pablo Miño (21 años) “como que, si no haces esto, está mal, si no le regalas lo otro, es porque no quieres a tu novia… al final hay constantes comparaciones y juicios que no llegan a ninguna parte y muchas veces terminan dañando la relación por dudar de lo que no hay que dudar”.

Para la psicóloga Inés Bárcenas, conviene dar tiempo a que las nuevas generaciones maduren antes de extraer conclusiones definitivas sobre su manera de relacionarse. “La vida te va enseñando cosas”, explica. Con los años llegan las pérdidas, las enfermedades propias y ajenas o la muerte de personas cercanas, experiencias que obligan a detenerse y comprender mejor el valor y la complejidad de los vínculos. A esas edades, sostiene, todo sigue estando “en plena efervescencia”. Además, vivimos en un momento social en el que la adolescencia parece haberse extendido hasta límites insospechables. “La propia sociedad fomenta que sigamos siendo adolescentes hasta la médula”, añade.

Yasmin Hamze (25 años) envía un audio reflexionando sobre el “te quiero” mientras se hace el skincare (la rutina facial) “para no pensármelo demasiado”, apunta. “Estamos como muy saturados y sobre estimulados porque andamos todo el día con el móvil viendo noticias horribles. Entre guerras, crisis de medio ambiente, hambruna, horror y falta de humanidad, decirle a alguien que le quieres es como compensar un día duro”.

I luv ya

Parte de esta transformación puede explicarse por dos fenómenos paralelos: la facilidad que ofrecen las nuevas tecnologías para expresar afecto de forma constante a través de mensajes, notas de voz o publicaciones en redes sociales y la influencia global de la cultura popular estadounidense. España, tradicionalmente más contenida en este terreno, se va pareciendo cada vez más a Estados Unidos donde el “te quiero” dejó de reservarse para momentos excepcionales y aparece con frecuencia casi como un acto reflejo, incluso como excusa “pero te quiero, ¿eh?”.

Leonora, además de tener una lista de “te amos”, dice utilizarlos de la misma manera que hacen los americanos “en plan ‘ay, te amo, jajaja’”. Aunque para ella, decir “te quiero” tiene muchísima más carga emocional que decir “te amo”, comparte esta percepción con amigos de otros países o contextos culturales donde el “te amo” o el “te quiero” puede implicar un grado de compromiso o intensidad emocional mucho mayor.

Algunos encuestados coinciden en que esta mayor facilidad para expresar afecto también tiene su reverso y aseguran haber sido víctimas de love bombing (bombardeo de amor): una avalancha de muestras de cariño, especialmente al inicio de una relación, que genera una intensa sensación de hiperconexión. “Es una especie de envoltorio afectivo” añade Bárcenas. “Pero las relaciones son más complejas, la mayor expresión de amor reside en esa capacidad de estar al lado del otro de manera incondicional, más allá de decir ‘te quiero todo el rato’ es aguantar a tu amiga cuando la quieres matar”.

Carmela Fernández, de 27 años, se considera una persona cariñosa y utiliza distintos apelativos según el grado de confianza que tenga con cada persona. “A lo mejor llamo ‘mi chica’ a una persona que he visto seis veces en mi vida y que es mi compañera de trabajo. ‘Mi cielo’ sí lo empleo con gente con la que igual no tengo tanta confianza, y ‘mi amor’ o ‘mi tocino de cielo’ a la gente a la que quiero realmente”, explica. Sin embargo, reconoce que no utiliza el “te quiero” con la misma facilidad. “Es cierto que me he criado en un entorno en el que afortunadamente el amor no ha faltado nunca. Ha faltado el dinero, pero el amor no, y el amor sincero de verdad, o sea, nada impostado”.

¿Mucho “te quiero” es un mal “te quiero”?

La psicóloga Inés Bárcenas pone en valor que vivamos en una sociedad donde el lenguaje emocional ocupa cada vez más espacio, pero advierte de que las palabras, por sí solas, no sostienen ningún vínculo. “No basta con decir ‘te quiero’”, resume. El afecto, sostiene, tiene que ir acompañado de presencia, atención y cuidados concretos. A su juicio, la fortaleza de una relación depende más de estar cuando las cosas se complican, de encontrar espacios compartidos y de construir una relación de confianza. “El mayor gesto de amor”, explica, “es poder decirle a alguien: te has comportado como una mierda de persona, pero estoy aquí y vamos a ver cómo arreglamos esto”.

“Siento que la gente de esta generación no se quiere atar a nada real”, cuenta Fernando Gómez (29 años). “La gente de nuestra generación tiene una sensación de juventud eterna. Han cambiado las prioridades, ya no hay una lista de tareas que cumplir antes de los 30 (casarte, comprar una casa y tener hijos). Hay muchas más posibilidades y nadie quiere morirse sin haberlo hecho todo. Como si relacionarnos de una manera más profunda o humana con el resto nos impidiese hacer todo aquello que ambicionamos”

Fernando cuenta que utiliza el “te quiero”, sobre todo, a modo de despedida y de quedarse tranquilo cuando les dice “adiós” a sus padres. Por otro lado, “nunca he dicho “te quiero” a una persona con la que haya mantenido una relación sexoafectiva. “También porque creo que nunca he llegado a ese punto con nadie. Y si te digo la verdad, me asusta. Me asusta querer decirlo y que no se reciba como pienso que se debería recibir”.

Aunque la generación Z celebre la vulnerabilidad, analice (o sobreanalice) los vínculos y verbalice los sentimientos como ninguna otra antes, hay algo que no ha cambiado: el miedo a que, tras un “te quiero”, la respuesta sea un incómodo “gracias”.

 EL PAÍS

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