Luisgé Martín, autor del libro sobre José Bretón: “No volvería a escribir ‘El odio’. Por el daño que ha causado a Ruth Ortiz y por el daño que me ha causado a mí”

El autor publica el ensayo ‘Desde el odio’, en el que disecciona el proceso de gestación y la polémica de su libro en 2025  

A mediodía del 12 de marzo del año pasado, el escritor Luisgé Martín (Madrid, 64 años) recibió a EL PAÍS en su casa en Madrid para hablar de El odio, el libro que iba a publicar sobre el crimen de José Bretón, quien en 2011 asesinó a sus dos hijos, Ruth y José, en un caso que conmocionó a España y visibilizó la violencia vicaria. Inspirado por otros proyectos literarios como El adversario, de Emmanuel Carrère, o A sangre fría, de Truman Capote, Martín llegaba a entablar conversación con el asesino convicto. Esa misma tarde se publicó un extracto del libro, los medios comenzaron a desmenuzarlo y se supo que Ruth Ortiz, madre de los niños, no había sido consultada ni avisada sobre un contenido que la revictimizaba. Ortiz pidió detener la publicación del libro por intromisión ilegítima del derecho al honor, la intimidad y la propia imagen de los menores fallecidos. Aunque un juzgado rechazó paralizar la venta del libro, la editorial Anagrama decidió (tras un primer apoyo inicial) congelar su publicación. En todo el país se abrió un debate sobre los límites éticos de la literatura.

En este tiempo de depresión y reflexión, Martín ha escrito Desde el odio, que publica la editorial Altamarea, un ensayo que desmenuza el proceso de gestación y la polémica de su anterior libro, y disecciona los males que, cree, atenazan hoy la libertad de expresión en España. El libro no es un acto de contrición: carga contra los medios, las redes sociales, parte del ecosistema editorial, parte del feminismo. También reflexiona sobre su propia culpa, su dolor y el daño causado. Un año y ocho meses después, Martín recibe de nuevo a EL PAÍS en su casa. Confiesa, con la voz entrecortada, que jamás había estado tan nervioso antes de una entrevista. Confiesa, también, ser una persona muy distinta de la que era a comienzos de 2025. La voz, temblorosa, no gana aplomo hasta mitad de la entrevista.

Pregunta. Hace año y medio usted mantuvo con EL PAÍS su primera, y única, entrevista sobre El odio. ¿Cómo de distinto es el hombre que hoy se sienta en este mismo sofá?

Respuesta. Completamente distinto. Bueno, completamente distinto a los sesenta y pico años quizá ya no se puede ser; pero sí muy distinto. Me he enfrentado a muchas reflexiones acerca de cosas como los límites de la creación, y me he enfrentado también al dolor derivado de todo lo que ocurrió. Te encuentras con una persona que, aunque intenta evitarlo, está mucho más asustada y tiene una relación con la literatura más cauta. Lo cual creo que es malo. Y te encuentras a un hombre asustado por la sociedad en la que vivimos.

P. ¿Cómo han sido estos meses?

R. Yo he tenido dos periodos graves, sobre todo el segundo, de depresión.

P. ¿Ese segundo periodo es cuando se echan atrás las editoriales [un grupo de sellos que quería retomar el proyecto de publicar El odio de forma colectiva el pasado invierno desistió de hacerlo]?

R. Sí, el segundo es entre noviembre y mediados de febrero de este año, y fue el verdadero pozo. Ahí ya sí que estuve medicado por un psiquiatra. Hubo una época en la que, a mi edad, por primera vez desde los 25 años, me encontraba con que no tenía quien publicara mis libros, y eso era algo que me hacía perder pie. Ahora he vuelto a encontrar editor, editores, las cosas empiezan a normalizarse, y estoy viviendo unos nervios que no vivía desde que empecé a publicar. Quiero que Desde el odio suponga un punto y aparte, pasar definitivamente página.

P. ¿Renuncia a publicar El odio?

R. No, no renuncio a publicar El odio. Digamos que sé que El odio se va a acabar publicando, aunque es posible que sea póstumamente. Porque El odio, al final, tristemente, se ha convertido en un libro maldito. Solo hay que ver el precio que alcanzan los pocos ejemplares que hay en internet… Cuando se desinflame todo, quizá dentro de muchos años, alguien dirá: lo voy a publicar.

P. ¿Cómo vivió la tarde en que estalló el escándalo?

R. Esa tarde en concreto… Yo recuerdo que al principio lo viví todo con una cierta irritación, que empezó a virar en incomprensión, en perplejidad, en desconcierto. Tres días después me desenganché de teléfonos y redes, porque era una cosa omnipresente que estaba en la televisión todo el rato. Durante dos meses tuve otro número de teléfono. Lo viví con perplejidad absoluta. No entendía nada. Me había pasado por la cabeza que Bretón intentara parar el libro, porque lo detestó, pero jamás se me pasó por la cabeza lo contrario.

P. ¿Qué fue, según usted, lo más injusto que pasó entonces?

R. Yo creo que lo más injusto fue que todo el país estaba debatiendo sobre un libro que habían leído 100 personas en el mejor de los casos. Y luego, lo que realmente estaba creando el escándalo eran esas horas de televisión, de radio, de medios repasando el crimen con todos los detalles morbosos, convirtiendo de nuevo a Bretón en el protagonista de la sociedad española. Pero resulta que el culpable era alguien que había escrito un libro. Me convertí probablemente en la persona más odiada del país. En la segunda, después de Bretón. Me acusaron de asesino, de cómplice de la violencia vicaria, de intentar enriquecerme, de todas esas barbaridades.

P. Hay una frase que concreta su tesis: “Se produjo una revictimización real al tratar de evitar una revictimización imaginada”.

R. Sí. Dijeron: Este libro va a hacer sufrir a Ruth Ortiz, así que vamos a poner todos los elementos para que sufra más. La reconstrucción constante del caso, las fotos de los niños en bucle en la televisión…

P. ¿Tiene alguna noticia de Ruth Ortiz?

R. No, noticias directas de Ruth Ortiz no he tenido. Las noticias que yo tenía de Ruth Ortiz eran las que tenía a través de los medios de comunicación.

P. ¿No sintió que le podía estar causando un dolor?

R: Sí, claro, pero sabiendo eso: que se le estaba revictimizando al tratar de evitar una revictimización imaginada.

P. ¿Pero no se sintió culpable de todo lo que estaba pasando con ella?

R. Bueno, me pude sentir culpable porque al final el origen está ahí, en mi libro, lo que pasa es que no es una culpa que yo vaya a aceptar, y de hecho lo digo en el ensayo: no es una culpa que yo acepte porque el problema no está en que yo escriba un libro, no está en que yo conciba un libro. Pero, evidentemente, si tú me preguntas ahora si pudiera retroceder ahora tres años, lo tengo claro.

P. ¿Volvería a escribir el libro?

R. No, no volvería a escribirlo. Por el daño que ha causado a Ruth Ortiz y por el daño que me ha causado a mí. Me he dado cuenta de los mecanismos del mundo, de la sociedad en la que vivimos, de que no puedes luchar contra ellos y, entonces, es mejor alejarte de todo ese sufrimiento. Pero no acepto la culpa de que fuera yo el que causó ese dolor.

P. ¿Se arrepiente de no haber informado a Ortiz en su momento?

R. Sí, me arrepiento, eso lo reconocí en su momento. Si me hubiera empeñado más, hace un año y ocho meses, en localizar a Ruth Ortiz para informarle, no sé si lo hubiera conseguido. Pero sí, debería haberlo hecho con más ahínco del que lo hice.

P. ¿Cree que habrían cambiado las cosas?

R. Espero que sí, porque ella hubiera tenido claro, creo, cuáles eran mis intenciones, que no tienen nada que ver con las que se dijeron.

P. Pero en el ensayo dice: “El arte no puede depender nunca del consentimiento o del rechazo de las víctimas”.

R. Lo sigo defendiendo con más encarnizamiento. El dolor no puede estar en el Código Penal. No podemos poner un juez ante la tesitura de decidir quién sufre y cuánto sufre. Por lo tanto, el dolor de las víctimas, que es no solo respetable, es comprensible, es sagrado, exige que la sociedad acompañe en lo que pueda y proteja en lo que pueda, pero no puede convertirse en una forma de medir.

P. Se reclama víctima. Dice: “El castigo social que recibí fue devastador y me parece legítimo, precisamente en este contexto, afirmar y dar cuenta de mi condición de víctima”.

R. Hace dos meses, justo cuando se anuncia el lanzamiento del libro, ya hubo medios que dijeron que iba a ser una mierda porque lo que yo iba a hacer es hacerme la víctima. Dije, ¿dónde vivimos? ¿Por qué no tengo yo derecho a contar mi dolor? ¿Por qué no tengo yo derecho a contar que durante meses realmente lo único que quería era morirme? ¿Por qué? Si es verdad. ¿Por qué cuando muestras vulnerabilidad resulta que quieres victimizarte? ¿Dónde estamos? ¿Qué queremos? Bueno, aquí todo sirve para… Todo es una excusa para azuzar el odio.

P. ¿No teme también que de alguna forma Ruth Ortiz sufra ahora porque este ensayo va a traer de nuevo el caso a la actualidad?

R. No, porque en este libro no está el crimen en el centro.

P. En el libro reparte muchas culpas, pero ¿cuál es la suya?

R. En el fondo, de lo que me doy cuenta es de que lo que a mí no se me perdonó es que hablara con Bretón. Que le pintara como un… como un humano. Es decir, la gente quiere que a asesinos como Bretón se los retrate con pelos por el cuerpo, con cuernos y garras. Y desgraciadamente, esos seres no existen. Pero lo que sí existen son los asesinos de sus hijos. Que son personas en algunos casos tremendamente vulgares. Y yo no sé si Bretón es el más vulgar, pero la persona que yo me encontré es tremendamente vulgar. Yo sostengo en el libro que él no es un psicópata en sentido estricto, pero psicópatas, estamos rodeados de ellos. De psicópatas que no asesinan a sus hijos, pero que te hacen la vida imposible, que les da igual todo, que te estafan… Esa idea de humanizar al monstruo en un libro, en una película, en una obra de arte… el espectador tiene miedo, cuando lo ve, de identificarse de alguna manera con él. Y eso es lo que hace que reaccione agresivamente.

P. ¿Ha vuelto a tener relación con Bretón? ¿Ha vuelto a hablar con él?

R. No. Y, además, prefiero. Fíjate, cuando lo pienso, lo aparto enseguida de mi cabeza. No sé lo que la vida me traerá, pero no he vuelto a tener ninguna relación, ni él la ha intentado. Después del escándalo hubo un mes en el que él me llamaba continuamente, pero luego ya dejó de llamarme y nunca más lo ha hecho. Ni me ha escrito, ni me ha llamado, ni nada.

P. Entonces, cuando estalló el escándalo, ¿hablaron del revuelo?

R. No, no; no llegamos a hablar. Yo no le cogía el teléfono. En aquella época no hablaba con mi madre, como para hablar con José Bretón. No, no volvimos a hablar más.

P. Es muy beligerante con el feminismo en un capítulo.

R. Con un sector del feminismo.

P. Dice que en una parte del feminismo “ha habido un desplazamiento de la igualdad al dogma, de la crítica de estructuras a la culpabilización ontológica del hombre, de la justicia a la administración moral de la indolencia”.

R. La idea de que el patriarcado nos sirve para culpar a todo es algo que está instalado en el fanatismo feminista y que está haciendo mucho daño al feminismo. Porque al final, cuando el patriarcado sirve para todo y es culpable de todo, quiere decir que no sirve para nada y no es culpable de nada. Y eso yo creo que es sobre todo una lacra para el feminismo. Yo, con todas mis torpezas, soy un hombre abiertamente feminista, creo que todavía quedan muchas cosas por hacer en la igualdad, en la violencia de género, que vivimos en una sociedad en la que el feminismo nos ha hecho mejores y ha construido una sociedad mejor. Pero yo creo que hay un fanatismo feminista que es supremacista, y que lo que al final defiende es que las virtudes están del lado de la mujer y la masculinidad es tóxica.

P. Llega a decir que determinado feminismo “ha dejado de tener postulados políticos para tener postulados pseudorreligiosos”.

R. Yo creo que eso lo pensamos muchos. Mira, y esto quiero que quede muy claro, jamás hubo la intención de nada que tuviera que ver con despreciar a Ruth Ortiz. La decisión era otra, era una decisión literaria que tenía que ver con meterme en quien a mí me interesaba, era Breton. Pero no por despreciar a Ruth, ni a los hermanos de Bretón ni a nadie. No, no hablé con ellos por ninguna otra razón que no fuera por una decisión literaria.

P. ¿Cómo sintió que reaccionó la comunidad literaria?

R. Yo con la comunidad literaria tuve problemas con tres personas, y el resto de la gente que yo conocía estuvo de mi lado. Poca gente se atrevió a apoyarme en voz alta o a escribir una columna, pero recibí un montón de mensajes privados de apoyo.

P. ¿Por qué cree que el clúster de editoriales finalmente no publicó el libro?

R. Para mí fue muy… perplejizante. No me esperaba que se echaran para atrás. No me esperaba ese miedo. Pero lo entiendo: ¿para qué se van a meter en este lío que no saben dónde va a llegar? Pero yo creo que los ecosistemas editoriales tendrían que tener un plus de valentía respecto al ecosistema farmacéutico, o al de los ingenieros o a cualquier otro. Tiene que ser un punto de choque, de apertura. Tendrían que ir un poco a la vanguardia, pero parece que se han contagiado también un poco de este miedo que nos atenaza.

P. ¿Qué lecciones ha sacado de todo esto?

R. La lección es que estamos viviendo en un momento espantoso, que todo esto es coherente con todo lo que está pasando, con esa vuelta a las emociones y al prefascismo. Que ahora mismo el debate político no tiene nada de racional: es todo irracional, está basado en emociones. Que estamos dedicados como sociedad a odiar, que vivimos en la mentira permanente y que cada vez es más imposible reconocer la verdad, que la hipocresía campa ya por todos los lados, que las redes sociales han abierto a la imbecilidad a cualquier persona y que hay muchísima gente que habla y pontifica de cosas de las que no tiene ni idea. Y que el puritanismo está creciendo, porque se ha incorporado parte de la izquierda: esa izquierda regañona, que te dice cómo tienes que vivir, qué es lo que tienes que hacer, qué lenguaje puedes y no puedes usar. Ese puritanismo es asfixiante.

P. ¿Se arrepiente de haber escrito El odio?

R. No me arrepiento del origen del libro. Es decir, sigo creyendo que un libro sobre un asesino como Bretón merece la pena ser escrito. No creo que yo tuviera que haber hecho otro libro, el libro que otros querían. Pero, vistas las consecuencias, no lo habría hecho. Este ensayo, a diferencia de El odio, lo quiero defender. Lo estoy empezando a defender hoy aquí. Pero quiero que en el momento en que esto pase, no borrarlo de mi cabeza, porque eso es imposible, y mucho menos de mi corazón, pero sí que haya un final de etapa.

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​Luisgé Martín, en su casa de Madrid, el 18 de septiembre.

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Luisgé Martín, en un momento de la entrevista.Luisgé Martín, en su casa de Madrid, el 18 de septiembre. 

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