La corresponsal de TVE en París recupera en un libro las memorias de su abuelo, que pasó por el presidio franquista acusado de “adhesión a la rebelión”, y reflexiona sobre la relación con la memoria
Comida putrefacta, hacinamiento, frío, suciedad, tortura y fusilamientos. En 1937, en un pequeño pueblo de Guadalajara, ocho personas acusaron falsamente al abuelo de Mavi Doñate (Zaragoza, 1971) de “adhesión a la rebelión”. Gabriel Herranz Fuertes pasó un infierno de cuatro años en las duras cárceles del primer franquismo. Ya en democracia, antes de morir, escribió un cuaderno relatando sus vivencias. Doñate, periodista, corresponsal de Televisión Española en París, antes en China (de donde se trajo el libro Bajo la mirada del dragón despierto), ha recuperado aquel texto, investigado los alrededores de la historia y reflexionado sobre lo que significa para las generaciones actuales la Guerra Civil. Todo se lee en Cuéntame el olvido (Plaza y Janés).
Pregunta. ¿Por qué tardó tanto en leer el diario de su abuelo?
Respuesta. Esperaba a estar preparada. Me lo dio mi abuela a mediados de los noventa y pasaron años: lo había hojeado y sabía que era duro. Cuando llegué a Francia, conocí a nietos de exiliados republicanos y vi el orgullo que sienten por su historia.
P. Entonces se sumerge.
R. Sí, y me van surgiendo preguntas. La principal era cómo había llegado esta historia a los descendientes de los ocho acusadores. ¿La conocen? ¿Qué les han contado? ¿Se ha transmitido algún tipo de animadversión política?
P. ¿Y bien?
R. Encontré, al entrevistarles, una mezcla de desinterés y desconocimiento (no les culpo, yo tuve mucho tiempo el diario sin leer). Alguno me preguntó a qué venía sacar esto ahora. Fueron entrevistas complicadas, porque son gente con la que he crecido verano tras verano, compartiendo fiestas, los primeros cigarros, los primeros amores.
P. Entonces, ¿estamos preparados?
R. Quizás cierto silencio u olvido pudo ser necesario en los primeros compases de la democracia, cuando todo estaba más reciente. Ahora, ¿es beneficioso o perjudicial? No lo sé. Me parece maravillosa la postura de mi abuelo: él tuvo que seguir viviendo, perdonó e intentó no permear odio en sus hijos y nietos, para que se diera la reconciliación. Pero aplaudo a las familias que están poniendo denuncias porque sus familiares se tuvieron que exiliar. Si no sabemos de dónde venimos, no podemos avanzar.
P. En el diario de su abuelo hay hambre, violencia, tortura.
R. Es un texto muy duro, y eso que mi abuelo no lo escribe con demasiado dramatismo. Yo me tuve que poner en modo periodista, adquirir cierta distancia. Pero conforme iba haciendo las entrevistas e investigando la guerra, me fue afectando más y más. Es difícil salir indemne de ahí.
P. Muchos jóvenes no están muy enterados del franquismo. Otros quieren volver ahí.
R. Por eso creo que es necesaria la labor de historiadores como Julián Casanova, Nicolás Sesma o Mercedes Yuste. Se dice que Franco hizo pantanos, pero se podrían haber hecho dentro de una democracia. Muchos no recuerdan la falta de libertad de expresión, de todo tipo de libertades y derechos. Hay mucha mitificación y mucho desconocimiento.
P. Esto de que un sector de la población prefiera un sistema autoritario que garantice lo material, conecta con China, donde usted fue corresponsal.
R. En China no se entiende que cada pocos años haya unas elecciones y quede todo en suspenso. No añoran la democracia porque nunca la han tenido. Han pasado del hambre a un gran desarrollo económico. El Partido Comunista dice: para nosotros la democracia es que los ciudadanos vivan bien. Ese mensaje ha calado, y el avance es real.
P. ¿Pero?
R. Pero es un régimen en el que, de repente, desaparece gente. Y se sabe tres años después que es por publicar unas fotos. Hay un control absoluto mediante, por ejemplo, el sistema del crédito social. Xi Jinping [el presidente chino] manda mucho, pero quien realmente manda sobre ti es tu comité de barrio. Se funciona desde abajo. Es muy siniestro.

P. La discreción de su política exterior contrasta con la de Estados Unidos.
R. Un funcionario chino me decía que el peor insulto que les pueden decir es “colonizadores”. A ellos eso les suena a los europeos que íbamos a machete allí donde pisábamos. Ellos se ven como los que llevan el progreso y la riqueza. Luego hay que leerse la letra pequeña, porque hay contrapartidas. Y en China no se respetan los derechos humanos.
P. Hay pena de muerte.
R. En un reportaje contaba cómo llevaban por los institutos a personas que iban a ser ajusticiadas horas después por narcotráfico, para dar ejemplo a los chavales.
P. Digamos que, si te portas “bien”, puedes vivir bien.
R. Por eso no se habla de muchas cosas: es mejor callar y seguir adelante. Y el nacionalismo ha permeado mucho. Tengo amigos que para nada son seguidores del Partido Comunista o de Xi Jinping, pero para ellos China siempre será lo mejor.
P. ¿Cómo fue el cambio como corresponsal a Francia?
R. Me tuve que reprogramar. Ejercer el periodismo en China es una tortura, las dificultades que te ponen son muy grandes… Así que llegué Francia y no recordaba que en Europa la gente acepta las entrevistas. Me encontré con un volumen de trabajo, no me daba la vida. Y luego Francia, aunque sea un país vecino, también es un país complejo. No por estar más cerca se parece tanto a nosotros. Creo que siempre se tardan dos o tres años en comprender las claves de un país.
P. La historia de los países está en los libros, pero para conocer la historia de las familias hay que escarbar mucho.
R. Hay un libro maravilloso de Elena Ferrante, La vida mentirosa de los adultos, que habla sobre el contraste entre la imagen que percibes y las historias que hay detrás. Quizás seamos una generación que solo nos hemos interesado por hablar con nuestros mayores cuando nos vamos haciendo nosotros mismos mayores. Es ley de vida, cuando eres adolescente vives un periodo en el que rechazas lo familiar. Te das cuenta de que estás madurando cuando te entran las ganas de saber.
P. Dice que en la guerra no hubo buenos y malos, sino “víctimas y verdugos”.
R. Esto entronca con la polémica sobre si la guerra “la perdimos todos”. Yo creo que la guerra la perdieron los que la perdieron y lo sufrieron durante 40 años. Porque para muchos la guerra no acabó en el 39: los exiliados, los fusilados, los represaliados, los que se tuvieron que callar. Esto es así. Pero también contemplo la historia de esa población atrapada en un conflicto que no entendía ni esperaba. Los que un día estaban en un baile y al día siguiente pegando tiros.
P. Habla de “verdugos sociales”.
R. Sí, hubo verdugos sociales, como los que acusaron a mi abuelo. Pero a saber cómo nos hubiéramos comportado nosotros en la guerra, porque ahora, si tenemos unos valores, es fácil pelearlos en democracia. No como en China, donde el vecino de al lado te puede delatar.
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Comida putrefacta, hacinamiento, frío, suciedad, tortura y fusilamientos. En 1937, en un pequeño pueblo de Guadalajara, ocho personas acusaron falsamente al abuelo de Mavi Doñate (Zaragoza, 1971) de “adhesión a la rebelión”. Gabriel Herranz Fuertes pasó un infierno de cuatro años en las duras cárceles del primer franquismo. Ya en democracia, antes de morir, escribió un cuaderno relatando sus vivencias. Doñate, periodista, corresponsal de Televisión Española en París, antes en China (de donde se trajo el libro Bajo la mirada del dragón despierto), ha recuperado aquel texto, investigado los alrededores de la historia y reflexionado sobre lo que significa para las generaciones actuales la Guerra Civil. Todo se lee en Cuéntame el olvido (Plaza y Janés).











