Para un lector imaginativo no existen barreras, todo le está permitido. Puede romper la ley de la gravedad y toda clase de cadenas morales que le impidan ser libre, porque leer es como volar, es como navegar con el viento a favor. Las páginas de un libro abierto son las alas de un ave listas para llevarlo en su vuelo por selvas, desiertos, cordilleras de vuelta al paraíso y también a la Luna, a Marte, sin abandonar el sofá. El lomo de un libro es la quilla, y las tapas abiertas son los costados de un barco que puede convertir al lector en explorador de mares nunca antes navegados, en capitán de piratas, en ballenero, en náufrago en una isla desierta, que, siempre acaba siendo la isla del tesoro. Con esa navegación o con ese vuelo puede remontar las aguas del curso del tiempo y volver a las dulces praderas de la inocencia, pero en ese retorno hacia el pasado cualquier lector puede detenerse en aquellos días que uno recuerda como los más felices de su vida. Te preguntas cómo eran aquellos días. Por mi parte, los llevo muy asociados al placer de la lectura, que para la gente de mi generación fue a menudo un placer pecaminoso, pero a su vez nada tan excitante como que un librero amigo te abriera la trastienda donde se hallaban a tu merced los libros prohibidos por la censura. En cierto modo, la dictadura tenía una ventaja, puesto que bajo su férrea moral eclesiástica cualquier placer se convertía en un arma de combate por la libertad. Qué maravillosos pecados aquellos que consistían en sentirse rebelde bañándose desnudo a la luz de la luna, navegando en aquel velero con los amigos bajo el sonido del viento en las velas y la voz de Melina Mercouri en alta mar. Para cometer pecados tan maravillosos como aquellos había que ser joven y tener la carne muy apretada. La lectura es un don apacible que te permite volver al paraíso a cualquier edad. Pero el lector puede que ahora encuentre allí bajo el árbol de la ciencia la serpiente que le tentará con la otra manzana de la inteligencia artificial.
Llevo los días felices muy asociados al placer de la lectura, que para mi generación fue muy a menudo un placer pecaminoso
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Llevo los días felices muy asociados al placer de la lectura, que para mi generación fue muy a menudo un placer pecaminoso


Para un lector imaginativo no existen barreras, todo le está permitido. Puede romper la ley de la gravedad y toda clase de cadenas morales que le impidan ser libre, porque leer es como volar, es como navegar con el viento a favor. Las páginas de un libro abierto son las alas de un ave listas para llevarlo en su vuelo por selvas, desiertos, cordilleras de vuelta al paraíso y también a la Luna, a Marte, sin abandonar el sofá. El lomo de un libro es la quilla, y las tapas abiertas son los costados de un barco que puede convertir al lector en explorador de mares nunca antes navegados, en capitán de piratas, en ballenero, en náufrago en una isla desierta, que, siempre acaba siendo la isla del tesoro. Con esa navegación o con ese vuelo puede remontar las aguas del curso del tiempo y volver a las dulces praderas de la inocencia, pero en ese retorno hacia el pasado cualquier lector puede detenerse en aquellos días que uno recuerda como los más felices de su vida. Te preguntas cómo eran aquellos días. Por mi parte, los llevo muy asociados al placer de la lectura, que para la gente de mi generación fue a menudo un placer pecaminoso, pero a su vez nada tan excitante como que un librero amigo te abriera la trastienda donde se hallaban a tu merced los libros prohibidos por la censura. En cierto modo, la dictadura tenía una ventaja, puesto que bajo su férrea moral eclesiástica cualquier placer se convertía en un arma de combate por la libertad. Qué maravillosos pecados aquellos que consistían en sentirse rebelde bañándose desnudo a la luz de la luna, navegando en aquel velero con los amigos bajo el sonido del viento en las velas y la voz de Melina Mercouri en alta mar. Para cometer pecados tan maravillosos como aquellos había que ser joven y tener la carne muy apretada. La lectura es un don apacible que te permite volver al paraíso a cualquier edad. Pero el lector puede que ahora encuentre allí bajo el árbol de la ciencia la serpiente que le tentará con la otra manzana de la inteligencia artificial.
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