Antes de los años ochenta, los arboricultores, poco imaginativos, pasaban por alto el 95% de su materia de estudio; casi nadie prestaba atención a las copas de los árboles. Entonces, en 1978, una joven botánica apasionada desde siempre por los gigantes verdes y obsesionada por las hojas llegó a Australia con una beca para estudiar los bosques pluviales. Venida de regiones templadas, esta neófita no sabía casi nada de los trópicos. Durante su primera visita a una selva en Australia, levantó la vista y contempló unos árboles de la altura más vertiginosa que hubiera visto nunca y pensó: “Ay, madre, ¡no veo la copa!”. Esa botánica patidifusa era yo.
Antes de los años ochenta, los arboricultores, poco imaginativos, pasaban por alto el 95% de su materia de estudio; casi nadie prestaba atención a las copas de los árboles. Entonces, en 1978, una joven botánica apasionada desde siempre por los gigantes verdes y obsesionada por las hojas llegó a Australia con una beca para estudiar los bosques pluviales. Venida de regiones templadas, esta neófita no sabía casi nada de los trópicos. Durante su primera visita a una selva en Australia, levantó la vista y contempló unos árboles de la altura más vertiginosa que hubiera visto nunca y pensó: “Ay, madre, ¡no veo la copa!”. Esa botánica patidifusa era yo. Seguir leyendo
Antes de los años ochenta, los arboricultores, poco imaginativos, pasaban por alto el 95% de su materia de estudio; casi nadie prestaba atención a las copas de los árboles. Entonces, en 1978, una joven botánica apasionada desde siempre por los gigantes verdes y obsesionada por las hojas llegó a Australia con una beca para estudiar los bosques pluviales. Venida de regiones templadas, esta neófita no sabía casi nada de los trópicos. Durante su primera visita a una selva en Australia, levantó la vista y contempló unos árboles de la altura más vertiginosa que hubiera visto nunca y pensó: “Ay, madre, ¡no veo la copa!”. Esa botánica patidifusa era yo.
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