A los padres y madres se les olvidan dos cosas cuando sus hijos llegan a la adolescencia. La primera es que ellos también fueron adolescentes. “El cerebro ha borrado el tipo de adolescentes que éramos y eso nos impide empatizar con los momentos vitales que ellos están atravesando”, asegura Pilar Cebrián (Zaragoza, 46 años), psicóloga, creadora de contenido —tiene 175.000 seguidores en Instagram y 124.000 en TikTok— y autora del libro Querido hijo, me caes fatal (Oberon, 2026). Es su primer libro y una guía para que los progenitores afronten esta etapa vital lo mejor posible. “Los queremos mucho y queremos protegerlos a muerte, pero cuando más nos necesitan, en ese momento de reseteo en el que no saben quiénes son ni dónde encajan, es cuando más les exigimos”, reconoce esta madre de dos adolescentes, de 13 y 15 años.
En su libro ‘Querido hijo, me caes fatal’, la también creadora de contenido explica cómo afrontar una etapa en la que los padres deben trabajar en mejorar la comunicación familiar y acompañar a sus hijos, que necesitan comprensión, límites y autonomía
A los padres y madres se les olvidan dos cosas cuando sus hijos llegan a la adolescencia. La primera es que ellos también fueron adolescentes. “El cerebro ha borrado el tipo de adolescentes que éramos y eso nos impide empatizar con los momentos vitales que ellos están atravesando”, asegura Pilar Cebrián (Zaragoza, 46 años), psicóloga,creadora de contenido —tiene 175.000 seguidores en Instagram y 124.000 en TikTok— y autora del libro Querido hijo, me caes fatal (Oberon, 2026). Es su primer libro y una guía para que los progenitores afronten esta etapa vital lo mejor posible. “Los queremos mucho y queremos protegerlos a muerte, pero cuando más nos necesitan, en ese momento de reseteo en el que no saben quiénes son ni dónde encajan, es cuando más les exigimos”, reconoce esta madre de dos adolescentes, de 13 y 15 años.
La segunda cosa que se les olvida a los progenitores es entender la adolescencia como una etapa. “Si nuestros hijos tuvieran una gastroenteritis y nos vomitaran encima yendo al baño, lo entenderíamos como el síntoma de una enfermedad. Pero cuando nos pegan un grito al aire o tienen una pataleta, no lo entendemos como un síntoma de adolescencia”, ejemplifica. Para Cebrián, es importante comprender esta etapa y potenciar “una comunicación receptiva en ambas direcciones”. “Los padres tienen que entender y levantar un poco el pie del acelerador”, subraya.
PREGUNTA. ¿Qué recomendaría, corregir una conducta en el momento o esperar a que se calme la situación? ¿Cuándo funciona mejor?
RESPUESTA. Ni una ni otra. Prevenir. La adolescencia se puede prevenir desde que son pequeñitos. La comunicación es la clave para que no vaya a más o no genere conflictos mayores. Si desde pequeños hemos abierto un canal de comunicación con ellos, cuando lleguen a esta etapa en la que no se entienden ni ellos mismos recurrirán a nosotros.
P. Cuando el padre tiene la sensación de que todo lo que dice está mal, da igual lo que diga, ¿qué hace?
R. En lugar de exigirle al adolescente que me entienda, igual tengo que cambiar el mensaje, las formas o el momento. No tienes que obligarle a que te cuente nada, sino buscar espacios donde pueda comunicarse. Tenemos que ser los mejores estrategas en esta etapa de la vida de nuestros hijos. Porque, por un lado, tenemos que practicar la manipulación y, por otro, la cara de póker. Si cuentas que al hijo de una amiga le han pillado con un vapeador, el adolescente va a entrar en esa conversación porque se va a ver reflejado y no se va a sentir atacado ni se va a cerrar en banda. Practicar la cara de póker implica que nos van a contar cosas que no nos van a gustar un pelo. No podemos evitar que fume, vapee o se tome una copa. Lo que hay que hacer es darles la oportunidad de contárnoslo y explicarles lo que podamos sin sonar a sermón.
P. Muchas veces, para que los hijos no sufran, los padres tienden a la sobreprotección…
R. La sobreprotección es un síntoma de egoísmo paterno. Los sobreprotegemos con la excusa de que los queremos mucho y no queremos que les pase nada, pero también porque lo vamos a pasar mal si les ocurre algo, y preferimos que no lo hagan. Y lo peor de todo es que se genera lo que en psicología se llama la profecía autocumplida. Tengo tanto miedo de que le pase algo a mi hijo que le sobreprotejo tanto que evito que tenga herramientas que le van a proteger el día de mañana. Si nosotros les protegemos y les decimos lo que va a pasar, ellos no lo viven y no son capaces de encontrar sus propias herramientas. Queremos evitarles algo que va a generar el día de mañana un mal mayor.
P. Cuando un padre se equivoca y pide perdón, ¿esta acción resta autoridad?
R. Al revés. No solo no resta autoridad, sino que suma humanidad. Los adolescentes tienen que dejar de percibirnos como el poli malo, que siempre reprocha y que siempre ordena. El principal problema que veo en la relación de padres con adolescentes es el ego. El ego y el orgullo de ambas partes. Si tú dices: “Perdón, soy humana, me he equivocado, mañana lo haré mejor”, ya está. Los chavales aprenden por el ejemplo, por la observación, por lo que se llama aprendizaje vicario. Entonces todo lo que ven en nosotros lo van a repetir. Si ven en nosotros la humildad, ellos lo van a repetir.
P. ¿Cómo se lidia con la falta de empatía de los adolescentes?
R. Hay que saber que un adolescente medio que se precie tiene un déficit de empatía y un superávit de egoísmo. Esto es así. Entonces, no van a empatizar. Son el centro del mundo y sus necesidades básicas son las que tienen que estar cubiertas por encima de cualquier otra persona. Entonces ahí tenemos que pactar, entenderles como egoístas y ser nosotros los empáticos. Hay que entender que es una fase que se pasa. Dura unos cuatro años y medio, cinco años, y todos los valores que hemos inculcado previamente son los que luego quedarán.
P. Hay muchos padres que piensan que a ellos no les va a tocar una mala adolescencia…
R. No. De una manera o de otra, la adolescencia es un desafío. Porque igual tu hija es buenísima, pero de repente encuentra un novio que la descompensa un poco y entonces se vuelve una depresiva total en su cuarto, llorando, escuchando música. Es que parece que la adolescencia solo sea el conflicto y el desafío. Pero la adolescencia es la ansiedad ante los exámenes, la autoexigencia, los trastornos de alimentación, las envidias, las adicciones, las amistades… Es que nuestros adolescentes están programados para sufrir en esa reprogramación. Todos la van a pasar.
P. ¿Y cómo se les puede ayudar a desarrollar esas herramientas para gestionar todo lo que les pasa durante la adolescencia?
R. Entrenando. Tenemos que entender la adolescencia como una etapa de aprendizaje, en la que nosotros podemos ser buenos maestros si sabemos jugar bien la partida. Y tenemos que asumir que es normal que nos enfademos, que haya conflictos y que no todo salga perfecto. El error está en querer adolescentes perfectos o en querer ser padres perfectos. Esto es algo que, además, se está potenciando mucho en redes sociales con esa idea de la crianza perfecta: parece que todos los niños tienen que ser un primor.
P. ¿Cuándo deberían los padres dejar de pensar que una conducta es simplemente la adolescencia y empezar a plantearse que puede haber un problema detrás?
R. Cuando no conseguimos encontrar una explicación para ese comportamiento dentro de lo esperable en la adolescencia o cuando aparece un cambio que nos llama especialmente la atención. Por ejemplo, tu hijo puede ser un borde, pero si de repente empieza a tener conductas violentas, rompe cosas o desarrolla una falta de tolerancia a la frustración que antes no tenía, ahí tenemos que prestar atención. Pero prestar atención no significa someterle a un interrogatorio. Significa observar, estar cerca y dejarle pequeñas miguitas de pan para que pueda acercarse y contarnos lo que le ocurre. Podemos hacerlo de una manera natural, por ejemplo, aprovechando una comida o una cena, comentando algo que hemos leído o planteando una situación que sabemos que puede estar viviendo. La clave es que sepa que estamos ahí. Y por eso es tan importante escucharles, incluso cuando lo que nos cuentan nos parece una tontería. Si validamos esas pequeñas cosas, estamos construyendo una conexión que hará que acudan a nosotros cuando les pase algo importante.
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