La unión entre Prime Video y Juan Gómez-Jurado era casi inevitable. Ansiosos por acaparar grupos enormes de lectores a quienes arrastrar al universo audiovisual, los de la plataforma de Amazon no tenían mejor candidato, por mucho que saliera de su tendencia, casi monocultivo, de dirigirse a un público menor de 20 años. El resultado es Reina Roja, serie que adapta la saga de ficción criminal a partir del título de la primera novela (más de dos millones de ejemplares vendidos) y que ha estrenado este otoño su segunda temporada.
La unión entre Prime Video y Juan Gómez-Jurado era casi inevitable. Ansiosos por acaparar grupos enormes de lectores a quienes arrastrar al universo audiovisual, los de la plataforma de Amazon no tenían mejor candidato, por mucho que saliera de su tendencia, casi monocultivo, de dirigirse a un público menor de 20 años. El resultado es Reina Roja, serie que adapta la saga de ficción criminal a partir del título de la primera novela (más de dos millones de ejemplares vendidos) y que ha estrenado este otoño su segunda temporada. Seguir leyendo
La unión entre Prime Video y Juan Gómez-Jurado era casi inevitable. Ansiosos por acaparar grupos enormes de lectores a quienes arrastrar al universo audiovisual, los de la plataforma de Amazon no tenían mejor candidato, por mucho que saliera de su tendencia, casi monocultivo, de dirigirse a un público menor de 20 años. El resultado es Reina Roja, serie que adapta la saga de ficción criminal a partir del título de la primera novela (más de dos millones de ejemplares vendidos) y que ha estrenado este otoño su segunda temporada.

Cuesta contar un argumento tan conocido, pero para los recién llegados: Antonia Scott es una mujer inteligente, la más inteligente del mundo, y forma parte de un programa internacional de agentes muy especiales. Tiene en Jon Gutiérrez a su escudero, al hombre que le abre las puertas de la realidad, al policía de verdad. Un gay que vive con su madre (menuda señora) y aporta humanidad al conjunto. Los dos protagonizan una serie que es puro espectáculo, que en sus extremos lleva el tono a lo mejor de James Bond: malos malísimos, buenos inteligentes, hábiles y sufridores, escenarios espectaculares y diversión. Sí, esa palabra no es pecado.
Victoria Luengo no parece Victoria Luengo porque ya es Antonia Scott. Su trabajo con el lenguaje corporal, con esa mirada al suelo, cara convulsa, herida o perdida, a veces decidida, depende del momento, es de premio. Y cuesta volver a las novelas sin imaginar a Jon Gutiérrez como Hovik Keuchkerian, grandote, elegante, la réplica perfecta de la frialdad de Scott. Él aporta el humor, esencial en su justa medida, que equilibra el relato. Uno de los grandes rasgos de las novelas de Reina Roja lo construye esta pareja peculiar y casi imposible de investigadores; y aquí ese enlace se enriquece y se convierte en una extensión del universo literario. En esta temporada, que adapta la segunda novela, Loba Negra, se descubre un secreto que redefine toda la trama y la relación de Scott con Gutiérrez. Los cientos de miles de fans de los libros saben de qué hablamos, pero tanto si se conoce el desenlace como si no, la pareja interpretativa lo lleva al límite. Y merece la pena.
John Le Carré solía decir, en su enfrentamiento mítico con Ian Fleming, que James Bond no era tanto un espía como una especie de aventurero, un gánster internacional, un asesino a sueldo del Estado. Subrayaba así su escasa moral y su licencia para matar. En el caso de las reinas rojas, y de esta en concreto, podría ocurrir algo parecido, aunque Scott sea un personaje con una moral sólida, pero ahí está Jon Gutiérrez para equilibrar y humanizar con perlas como: “Para ser la mujer más inteligente del mundo, la estás cagando mucho”.

En el argumento se entra muy rápido. Hay una trama de mafiosos rusos en la Costa del Sol, en la que sobresale Adriana Torrebejano en el papel de Lola Moreno, la mujer de un criminal de medio pelo con mucho que decir en esta historia. No la pierdan de vista. Todo eso funciona y dota al desarrollo de la acción que necesita, pero lo interesante es lo que transcurre por debajo, quién es Loba Negra, quién ha puesto en peligro el programa internacional de reinas rojas (ya les decía, James Bond), quién quiere matar a Antonia Scott. La propia protagonista se encuentra de nuevo en crisis, paradójicamente enganchada a la droga que limita sus poderes, que la acerca a una normalidad que no conocerá nunca. La serie hace bien en respetar todas esas claves del abecedario narrativo que maneja Gómez-Jurado en sus libros.
Los sueños o las ensoñaciones de Scott suponen un pequeño bache en el camino —ya saben lo que decía Henry James: “cuenta un sueño y pierde un lector”— pero son muy escasos y no hacen daño. Ahí influye el pulso del director Koldo Serra, impecable además en las escenas de acción, caracterizadas por esa fuerza visual que siempre ha defendido, y quien, además, adereza la narración con homenajes al mejor cine.
Por supuesto, es un thriller con todas las letras, de manera que cuando parece resuelto queda lo mejor. O lo más emocionante, que es la mercancía que predomina en esta ficción criminal, en papel y en la pantalla. No entrará en las listas de las series del año; no es su liga. Allí encontraremos otras mejores (y varias más aburridas), pero son seis horas de diversión en un mundo en el que hacen falta. El final deja todo listo para la tercera temporada. Que siga el espectáculo.
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