Hay una palabra del español centroamericano que al escritor Sergio Ramírez le resuena por estos días. Es cabanga, un dolor tibio, ligado a la geografía del istmo donde Ramírez nació. La cabanga llega cuando la tarde cae de golpe sobre los tejados de barro, las copas de los salvajes árboles, ilumina con sus reflejos dorados las enormes flores del trópico y baila acompasada con las brisas del Gran Lago. Y con ella viene la ausencia, en este caso forzada, al país al que se le niega el regreso, la Nicaragua de ese acento melódico, que no pronuncia la S, que colapsa las palabras, que suena a tambor o gota gruesa de lluvia, que trata de vos al otro, que acentúa los verbos, la tilde sonora del país que parece susurrarle: “Vení, regresá”.
El premio Cervantes reflexiona en Panamá sobre su ingreso en la Real Academia Española, la riqueza del habla centroamericana y la “cabanga”, esa nostalgia profunda que marca su obra desde el destierro
Hay una palabra del español centroamericano que al escritor Sergio Ramírez le resuena por estos días. Es cabanga, un dolor tibio, ligado a la geografía del istmo donde Ramírez nació. La cabanga llega cuando la tarde cae de golpe sobre los tejados de barro, las copas de los salvajes árboles, ilumina con sus reflejos dorados las enormes flores del trópico y baila acompasada con las brisas del Gran Lago. Y con ella viene la ausencia, en este caso forzada, al país al que se le niega el regreso, la Nicaragua de ese acento melódico, que no pronuncia la S, que colapsa las palabras, que suena a tambor o gota gruesa de lluvia, que trata de vos al otro, que acentúa los verbos, la tilde sonora del país que parece susurrarle: “Vení, regresá”.
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