Hay escritores que deben su fama a una obra que a la larga se vuelve contra ellos hasta convertirlos en mera fuente de consignas. Por ejemplo: “No hay mujer que no adore a un fascista”. Por ejemplo: “Morir / es un arte, como todo. / Y yo lo hago excepcionalmente bien”. Fue el caso de Sylvia Plath y de Ariel, el libro cuyo manuscrito tenía en el escritorio de su casa londinense cuando en la madrugada del 11 de febrero de 1963, con 30 años, dejó preparado el desayuno para Frieda y Nicholas, de dos y un año, metió la cabeza en el horno y abrió la llave del gas. Justo 10 años antes había sobrevivido a otro intento de suicidio en su casa de Boston. Tras una recuperación a base de electroshocks, consiguió una beca para Cambridge y allí conoció al padre de sus hijos, el también poeta Ted Hughes. Dado que estaban separados pero no divorciados cuando se quitó la vida, él se encargó de ejercer como albacea literario de Plath, cuya obra publicada en forma de libro se limitaba entonces al poemario El coloso (1960) y a la novela autobiográfica La campana de cristal, editada bajo el pseudónimo de Victoria Lucas pocas semanas antes de que su autora se matase.
Hay escritores que deben su fama a una obra que a la larga se vuelve contra ellos hasta convertirlos en mera fuente de consignas. Por ejemplo: “No hay mujer que no adore a un fascista”. Por ejemplo: “Morir / es un arte, como todo. / Y yo lo hago excepcionalmente bien”. Fue el caso de Sylvia Plath y de Ariel, el libro cuyo manuscrito tenía en el escritorio de su casa londinense cuando en la madrugada del 11 de febrero de 1963, con 30 años, dejó preparado el desayuno para Frieda y Nicholas, de dos y un año, metió la cabeza en el horno y abrió la llave del gas. Justo 10 años antes había sobrevivido a otro intento de suicidio en su casa de Boston. Tras una recuperación a base de electroshocks, consiguió una beca para Cambridge y allí conoció al padre de sus hijos, el también poeta Ted Hughes. Dado que estaban separados pero no divorciados cuando se quitó la vida, él se encargó de ejercer como albacea literario de Plath, cuya obra publicada en forma de libro se limitaba entonces al poemario El coloso (1960) y a la novela autobiográfica La campana de cristal, editada bajo el pseudónimo de Victoria Lucas pocas semanas antes de que su autora se matase. Seguir leyendo
Hay escritores que deben su fama a una obra que a la larga se vuelve contra ellos hasta convertirlos en mera fuente de consignas. Por ejemplo: “No hay mujer que no adore a un fascista”. Por ejemplo: “Morir / es un arte, como todo. / Y yo lo hago excepcionalmente bien”. Fue el caso de Sylvia Plath y de Ariel, el libro cuyo manuscrito tenía en el escritorio de su casa londinense cuando en la madrugada del 11 de febrero de 1963, con 30 años, dejó preparado el desayuno para Frieda y Nicholas, de dos y un año, metió la cabeza en el horno y abrió la llave del gas. Justo 10 años antes había sobrevivido a otro intento de suicidio en su casa de Boston. Tras una recuperación a base de electroshocks, consiguió una beca para Cambridge y allí conoció al padre de sus hijos, el también poeta Ted Hughes. Dado que estaban separados pero no divorciados cuando se quitó la vida, él se encargó de ejercer como albacea literario de Plath, cuya obra publicada en forma de libro se limitaba entonces al poemario El coloso (1960) y a la novela autobiográfica La campana de cristal, editada bajo el pseudónimo de Victoria Lucas pocas semanas antes de que su autora se matase.
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